¿Quién soy?
- Tiempo Magis

- 8 may
- 2 Min. de lectura
¿Quién soy? Esta es una de esas preguntas que no envejecen. Aparece una y otra vez a lo largo de nuestra historia. Sin embargo, hoy parece una pregunta más urgente, más difícil de esquivar. Surge en la presión de elegir una carrera o trabajo, en el perfil que cuidamos en redes sociales, en los incómodos momentos de silencio. ¿Quién soy, en realidad?
¿Soy lo que dicen de mí? No es ese el camino a seguir. La respuesta no va a llegar desde afuera. Ni por los likes, ni por los comentarios de profesionales que pueden caracterizarnos como “superficiales, de cristal o no comprometidos”, ni tampoco por las etiquetas simplistas que nos ofrece una ideología predefinida. La pregunta por la identidad no se responde con estadísticas ni tendencias. Se responde haciendo un camino. No busquemos, entonces, una respuesta hecha. Más bien, pongámonos a vivir en contacto profundo con nuestra propia realidad.
¿Soy lo que sé de mí? Tampoco. Si bien es importante ese autoconocimiento, las fronteras de la pregunta por la identidad se hallan más allá de nosotros mismos. No es un proyecto puramente individual, sino que supone un contexto (una familia, una comunidad, un tiempo histórico) y también un fin, una dirección, un horizonte hacia el cual moverse. Lo que importa, en definitiva, es que la pregunta ¿quién soy? dialogue con otras preguntas: ¿para qué estoy aquí? ¿A quiénes me debo? ¿Cómo puedo servir a otros?
La tradición cristiana lleva siglos acompañando esta pregunta. No con respuestas fáciles, sino con una convicción profunda: nuestra identidad no se fabrica, sino que se descubre. Esto quiere decir que antes de cualquier planificación o proyecto, hay algo (que en realidad es Alguien) que nos precede y nos convoca. “Nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”, nos dice San Agustín, como si la frase la hubiera escrito para nosotros. En consecuencia, la pregunta ¿quién soy?, para los cristianos, nos instala como buscadores de Dios; como la cierva sedienta que busca corrientes de agua… (Sl 41,1).
Existe una palabra clave que puede ayudarnos a entender mejor el panorama: la vocación. Ella nos dice que la pregunta por la identidad comienza por un llamado. No un destino impuesto, sino una invitación a ser plenamente lo que uno es —con sus dones, sus heridas, su historia— al servicio de algo más grande. Lo central no es si ese llamado se expresa en el matrimonio, en la vida consagrada, en una profesión, en el servicio comunitario, en el arte, etc. Esos son medios. Lo central es descubrir esa fuente de vida y elegirla. A eso apunta el magis de San Ignacio: elegir no sólo lo bueno, sino aquello que más nos conduce a esa plenitud fecunda para la que fuimos creados.
¿Quién soy? Sólo Dios lo sabe. Pero la buena noticia es que podemos preguntarle y seguirle la pista. Saca tu bitácora, atento a las señales y lánzate a la aventura, que no estás solo(a) en el camino.




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