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La COP26 y nuestra respuesta a la crisis climática

Por Cristóbal Emilfork D. SJ


El inicio de la COP26 es una buena oportunidad para cuestionar el modo como personal y

comunitariamente estamos enfrentando la crisis climática que experimenta el planeta.

Me gustaría proponer tres aproximaciones que, creo, se relacionan directamente con nuestra condición de cristianos, y que podrían estar a la base de una respuesta que busque trabajar por mitigar el daño ambiental, así como adaptarnos a las nuevas circunstancias climáticas por las que atravesamos.


La primera arranca de la convicción de que el paradigma tecno-científico no puede ser la

única alternativa para resolver la situación actual. El mismo Panel Intergubernamental del

Cambio Climático ha estimulado la incorporación de otro tipo de saberes. Por ejemplo, se

está prestando atención creciente a las cosmovisiones indígenas y a su modo de entender la

relación con el medioambiente. Quienes seguimos a Jesús sabemos que, junto con las

herramientas que nos puede dar la ciencia, podemos sumar otros “saberes”, que -de hecho- en nuestra vida cotidiana, contribuyen a dar forma y sentido a nuestro actuar. En otras palabras, se trata de preguntarnos, ¿qué aporte distintivo nos da nuestra fe para abordar la actual situación medioambiental? Así, luego podremos plantearnos, ¿cómo ese aporte puede enriquecer nuestra respuesta frente al cambio climático?


Un segundo ámbito de reflexión tiene que ver con asumir una mirada crítica sobre la

excepcionalidad humana y el modo como el cristianismo ha contribuido a la generación de

una relación de dominio y explotación del medioambiente. Si bien las interpretaciones

contemporáneas de la primacía del ser humano han resaltado nuevas imágenes (en Laudato

Si’ el Papa Francisco destaca la figura del custodio o el administrador responsable, así como

el hecho de que estamos interrelacionados y formamos una comunidad con los otros seres que habitan el planeta), no podemos desconocer que es una tarea compleja afirmar la

preeminencia humana y, al mismo tiempo, sostener la hermandad de toda la Creación. Un

profundo ejercicio autocrítico nos permitirá estar especialmente atentos a posibles modos y

prácticas que perjudican -o no contribuyen- al cuidado ambiental, y que pueden estar

asentadas en malas comprensiones del rol que el cristianismo da al ser humano en la

Creación.


Finalmente, debemos realmente tomar en serio la urgencia de la situación. Asumir la

coyuntura crítica no se trata simplemente de “estimular” y “fomentar”, sino que, incluso,

exigir, para que la conversión ecológica integral a la que nos llama Francisco no sólo sea

personal, sino que también comunitaria. La preocupación ecológica ya no es una opción

profética.


A nivel macro, ello requiere que la Iglesia tome un rol diplomático fundamental para

promover que, sobre todo los países más industrializados, asuman su responsabilidad en la

situación actual; requiere que la Iglesia adopte globalmente políticas claras y transparentes

respecto de la relación que sus obras pueden tener con el mundo corporativo,

desvinculándose de aquéllas que no cumplan con los estándares ambientales. Requiere, en

resumen, explicitar que la responsabilidad empresarial es clave para lograr mejoras efectivas

en los procesos de descarbonización.


Asimismo, y a nivel local, requiere que toda parroquia, colegio, fundación y obra católica -

cualquier sea ésta-, adopte eficazmente (y desde sus particulares misiones) un modo de

proceder acorde con la crisis medioambiental. Requerirá, más individualmente, educarnos y

transformar nuestras prácticas. Si cambiarlas nos resulta difícil, entonces debemos aprender

cómo se hace para cambiar hábitos ya instalados. Si nos tomamos en serio la crisis ecológica, no hay otra alternativa.


Nos encontramos en un momento verdaderamente idóneo para recorrer este camino. Chile ha tomado conciencia y escuchado las graves injusticias que se han cometido en la historia del país. Si bien árboles, animales y glaciares no pueden marchar ni salir a la calle, ellos también están gimiendo y claman atención tras la opresión y el devastamiento que, como especie humana, le hemos infringido (LS 2).