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  • Foto del escritorNike Muñoz

“Yo te digo: eres mi hermano y hermana" Sobre la Memoria y los Derechos Humanos a 50 años


En la historia de salvación de Dios y la persona, este, a quien Jesús nos invitaba a decirle Padre muy querido, siempre ha buscado la dignidad del oprimido, siempre como lo dijo Jesús buscó y elevó a los últimos, a quienes eran más pequeños, a los que siempre habían sido humillados y los hizo hijos e hijas y por consecuencia hermanos y hermanos, invitándonos siempre con su propio ejemplo a la corresponsabilidad. Dios siempre desde el comienzo buscó que seamos corresponsables, veamos la pregunta que le hace a Caín al principio de esta historia, “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4, 9) Y a 50 años nos podemos hacer la misma pregunta, ¿Dónde están nuestros hermanos y hermanas? O preguntarnos ¿Quiénes son nuestros hermanos y hermanas? Y hacernos esa pregunta de la hermandad y la corresponsabilidad, no va, sin quitarle el dolor profundo a los Detenidos desaparecido de nuestra patria, sino a reconocer nuestra humanidad, de que somos humanos y no cualquiera, sino hijos del Dios, padre y señor de la vida que, por tanto, tenemos la dignidad de ser creados a su imagen y semejanza y nadie por más bueno que sea, merece quitarnos esa dignidad.


La memoria a través de la historia humana ha sido un valor que ha dado identidad a los grupos sociales, es decir que sin la memoria no podemos construir identidad, social, cultural, no podemos construir comunidades que se identifiquen con mínimos comunes y como consecuencia de lo dicho es que los pueblos crean su Historia, dando así un valor único al pasado y a lo que vivieron los grupos humanos.

Para la historia Judeocristiana, la memoria ha sido un valor que se ha ido plasmando a través de la historia de salvación, sin los profetas sin esos hombres y mujeres que han dejado la huella de Dios, no sabríamos que Jesús es el salvador, que es el hijo de Dios en la tierra y que actuó y nos mostró a su padre y que sigue actuando y mostrándonos signos de esperanza que nos dicen casi a gritos que es posible cambiar la historia, que es posible hacer de este nuestro mundo, uno mejor y más dignos para todas las criaturas de Dios.

Que quiero decir, que la memoria como valor no lo podemos perder, no nos podemos hacer los tontos de que solo recordamos lo que nos interesa, lo que nos hizo feliz en su momento y que esos momentos feos, tristes o desoladores, no los tenemos que recordar. La memoria colectiva no la podemos negar, es parte fundamental de ser sujeto social que comparten una historia común. Los cristianos compartimos la memoria común de Jesús, hijo de Dios y salvador del mundo, que es lo que declaramos proclamamos, que alguien nos lo dijo cuando éramos chicos o en alguna catequesis.


En el Chile actual, pereceriera que los últimos 50 años de la historia presente no hemos sido capaces de reconocer la memoria colectiva de nuestro ser chileno, con ello negamos al mismo tiempo nuestra identidad, los dolores de la patria. Hemos sido tan ciegos en aquello (la memoria) que somos incapaces de preguntarnos el ¿Por qué nos encontramos aquí, el porqué hacemos lo que hacemos, y somos lo que somos? En por qué, siempre que llega el 11 de septiembre una fecha cargada de memoria, somos incapaces de comentar lo que sucedió, de hablarlo sin llegar a los golpes o desacuerdos. Es evidente que existen aquellos que se glorifican de los hechos y otros que sufren y siguen buscando a sus seres queridos. Quizás yo no seré el que revele la verdad histórica, pero si puedo ser el que les diga que no podemos seguir avanzando en la historia sin hacer memoria de lo que somos y por consecuencia que queremos ser.


El Cristiano lucha por la memoria y no la niega, lucha por buscar la verdad y no se calla, no podemos seguir avanzando siendo cristianos, si ocupamos estas acciones como principio de nuestra vida. Creo, por tanto, que debemos conversar y no llegar a los desacuerdos y mucho menos negar la historia, tenemos que ser capaces de cargar esa cruz del “¿Dónde están mis hermanos?”, de reconocernos hermanos, no tenemos que ser agentes de sufrimiento, sino de consolación, no tenemos que negar la existencia del otro sino ser promotores de la vida, no tenemos que ser negadores de la memoria sino impulsores de esta y creadores de la historia de la esperanza. Como decía al principio corresponsable de la memoria.


Al mismo tiempo respondiendo la pregunta “¿Dónde está tú hermano?”, esa corresponsabilidad hermanable que promociona Dios padre madre, es fruto de la dignidad del que nos creó a su imagen y semejanza y esa dignidad es la que no podemos perder de vista, y la que no podemos negar y hacernos los ciegos, si queremos construir un Chile en donde los mandamientos de Dios sean el principio y el fundamento, llega a ser un deber moral reconocernos hermanos y hermanas, sin distinción y es ahí en donde los Derechos Humanos toman cabida y se hacen ruta humana inspirada por Dios. Jesús dijo en el Juicio a las naciones “el que haga esto a mis hermanos más pequeños, a mí me lo hizo” (Mt 25, 40) y en el nuevo pacto es esta continuación de la historia corresponsable a la que nos invita el Dios de la Historia. Es, por tanto, deber del hermano que tienen la conciencia de hermanos hacer el bien a todo lo creado por Dios, indistintamente si hace el bien y el mal, indistintamente si es justo o no. En definitiva, debemos siempre cuidar la buena convivencia, debemos ser actores del buen trato, debemos ser actores de la hermandad, actores del nunca más, para que la dignidad humana prevalezca y las atrocidades que sabemos que ocurrieron en donde fue negado el principio de la dignidad humana no vuelvan a ocurrir. Debemos siempre cuidar y velar por nuestro sistema de convivencia.


En fin, toda la creación de Dios merece dignidad y la memoria y dignidad humana son los regalos del Buen padre que debemos siempre cuidar y proteger sin distinción, sin peros y mucho menos podemos hacernos los ciegos ante la crueldad cualquiera que sea y en todas las dimensiones que esta se encuentre y si es necesario luchar, tal como lo hizo Jesús tomar la cruz y caminar, para que nunca más ni en chile ni en ninguna parte del mundo olvidemos que somos hijos e hija del Dios padre y que construimos una misma historia de hermanos y hermanas y debemos cuidarnos entre nosotros y nosotras.


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