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  • Tiempo Magis

Adviento No se trata de devociones

por: Benjamín José Sáez Mardones



“El nacimiento de Cristo nos invita a enamorarnos profundamente de Él, a desear sentir como Él siente, y a sentir una profunda gratitud hacia aquel que es eterno benefactor nuestro”



Durante este tiempo de Adviento, la Iglesia Universal aguarda el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo; en todos los lugares del mundo los católicos estamos expectantes por la venida de Cristo pobre en Belén. La esperanza, virtud predilecta de este tiempo, anima a nuestros corazones a disponernos a la espera de forma comprometida, es decir, nos exhorta a esperar de forma activa, a esforzarnos por cultivar un corazón que sepa descubrir a Dios en medio de nuestra realidad social, a poner todos los medios para hacer de nuestra vida un pesebre para Cristo.


¿Quién viene a nacer en medio nuestro? Jesús, el Hijo de Dios vivo, aquel que con su vida y muerte ha de redimir a todo el género humano. Ciertamente, Cristo viene a nacer. El misterio de la Encarnación invade hasta el rincón más íntimo de la existencia humana. Es la creación la que engendra a su Divino Salvador. Una comprensión cabal del Adviento no debe limitarse a rememorar un hecho que aconteció hace cientos de años, y que hoy, en términos de una “real y efectiva” encarnación del Señor en el seno de la Virgen ciertamente no ocurre. No se trata de devociones. No se trata de decorar hermosos pesebres, ni de celebrar misas solemnes acompañada con órgano, ni de colmar de incienso los altares e imágenes, tampoco se trata de rituales con denominaciones extravagantes. Ciertamente la venida del Señor no se trata, en caso alguno, de devociones.


Pienso en profundidad, que la venida de Jesús en este tiempo litúrgico se consuma con la adopción profunda de su modo de proceder. Es su forma de mirar, de tocar, de sentir, de amar, que en este tiempo propicio se nos ofrece como invitación para hacer real y concreto el nacimiento de Dios en medio nuestro. El nacimiento de Cristo nos invita a enamorarnos profundamente de Él, a desear sentir como Él siente, y a sentir una profunda gratitud hacia aquel que es eterno benefactor nuestro.


La invitación en este tiempo de gracia y don es a percibirnos a nosotros mismos como hijos e hijas profundamente amados por Dios, y sostenidos en sus afectuosos brazos sintiendo el calor y la ternura de aquel que nos da la vida, y nos hace partícipes de su misión de redimir y salvar a toda la Creación. Aquella misión brota, no desde un compromiso social o político por muy noble que este sea, sino de un Amor entrañable a Jesucristo, y del deseo de tornar a Él todo el bien que tan gratuitamente nos ha obsequiado.


No es, en términos estrictos, una imitación de las acciones de Cristo, sino un deseo de tener sus mismos sentimientos para sí poder enfrentar la realidad con los ojos de aquel que nos mira con bondad y compasión infinita. Mirando desde los ojos de aquel niño de Belén podemos ver todas las cosas de manera diferente, y así ir ordenando nuestras acciones y, por ende, nuestro mundo, a aquel deseado desde siempre por la Trinidad.


Preparemos a Cristo la ofrenda más preciada a sus ojos: Una vida dispuesta a encarnar su modo de proceder, y a dedicar todo nuestro ser a salvar a quienes están abandonados y sufren. Esta es la verdadera y genuina venida de Dios: Dar libertad a quienes están atados con los grilletes de la injusticia. No ofrezcamos a Jesucristo plegarias vacías y extensas, no preparemos inmensas jaculatorias en idiomas extintos, no adornemos nuestros templos con hermosas telas y cirios, no hagamos nada de eso si nuestro corazón y nuestra vida no se han convertido en una pequeña y humilde cuna de paja presta a recibir al Niño Jesús.


Insisto: La venida de Cristo no se trata de devociones, la venida del Señor se trata de abrirnos al Amor transformador. Pidamos al Señor la gracia de que durante este tiempo de Adviento acojamos con libertad y enteramente el sentir de Jesucristo en nuestro corazón.


Que el Señor y su Madre Santísima los bendigan a todos y a todas.


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