¿Trincheras o caminos? El riesgo de una fe defensiva
- Yareth Salazar SJ

- hace 23 horas
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El último mes nos detuvimos a responder: ¿Quién soy? pero una vez que reconocemos nuestro reflejo, surge la siguiente pregunta: ¿A dónde voy?
Una anécdota de los convulsos años posconciliares es que un grupo de jóvenes jesuitas, viajando en tren, tiraron sus bonetes clericales por la ventana. Querían despojarse de los privilegios y el aparente aislamiento del pasado para ser ‘sal de la tierra’; querían disolverse en la sociedad para darle sabor desde dentro.
Curiosamente, si miramos algunas tendencias de nuevas generaciones, vemos un movimiento en apariencia opuesto, en que jóvenes eligen volver a usar el hábito o el clergyman. En un mundo secularizado donde lo religioso ha sido diluido del mapa o algo de costumbre, su acto es igualmente profético. No buscan recuperar antiguos privilegios, sino ser ‘luz del mundo’, señales visibles de un compromiso.
Esta tensión nos enseña algo importante sobre nuestro futuro: ¿A dónde vamos? Vamos hacia un horizonte que exige diversidad en el testimonio. La tentación sería convertir estas diferencias (los que quieren ser sal y los que quieren ser luz) en un campo de batalla ideológico. Pero el futuro con sentido no se construye desde la trinchera, eso es para las guerras. El camino hacia adelante implica caminar juntos, reconociendo que, frente a un mundo sediento de esperanza, ambas posturas sirven al mismo Evangelio. Nuestro destino común requiere que dejemos de juzgar lo externo con lo que el otro decide enfrentar el mañana, para empezar a discernir juntos los signos de los tiempos.
Igual de importante, nuestro trayecto hacia el futuro no es un viaje solitario, sino comunitario. En este camino están surgiendo continuamente nuevos movimientos pastorales, retiros y formas de vivir la fe. La respuesta a esa pregunta definirá hacia dónde va la Iglesia y nuestra espiritualidad. Si caemos en ver lo nuevo como moda o algo “choro”, caeremos en la superficialidad de consumir y desechar. Si los vemos como un riesgo, nos paralizará el miedo y nos encerraremos en estructuras caducas. Pero si los miramos como una oportunidad, entenderemos que el Espíritu Santo sigue soplando, abriendo rutas nuevas para tiempos inéditos. La clave está en el discernimiento: acoger la frescura y la fuerza de estas nuevas comunidades, asegurándonos de que mantengan la comunión en el Jesucristo de Nazaret.
Entonces, ¿A dónde voy? quizás hacia un futuro incierto, sí, pero no tenemos por qué ir a la deriva.
Saber quiénes somos es un primer paso. Ahora, sabiendo a dónde vamos, podemos abrazar la incertidumbre del mañana, donde nuestra fe, nuestra identidad y nuestro sentido de comunidad están llamados a escribir una historia de esperanza.




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