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Identidad: lo que aparece en medio del desorden

  • Foto del escritor: Camila Schade
    Camila Schade
  • 2 jun
  • 3 min de lectura

Hay que tener cuidado al momento de enfrentarnos a la pregunta “¿quién soy?” y caer en la usual respuesta, que es enfocarlo solo desde lo que hago y a lo que me dedico. La respuesta completa es más profunda y requiere de la capacidad de aceptar nuestra realidad del modo que es.

Tenemos muchas formas de esquivar la respuesta, por ejemplo, centrarnos solo en los detalles de la existencia como responder únicamente sobre nuestros gustos, los grupos a los que pertenecemos, la familia de dónde venimos, o incluso, creer que somos nuestros valores y nuestra historia, los que parecieran ser partes fundamentales de quién soy. Sin embargo, somos mucho más.

La identidad es mutable. Te invito a que hagas el ejercicio de pensarte de niño/a y preguntarte, ¿eres la misma persona?... la respuesta tiende a ser sí y a la vez no, sabemos que lo fuimos, nuestra versión de pequeños no era un ser completamente distinto, pero tampoco somos exactamente los mismos; algo cambia con el paso del tiempo. En ese sentido, si una persona que se distingue por ser honesta, responsable o amable, un día miente descaradamente para sacar beneficio propio, ¿sigue siendo la misma persona?

Hay personas que se identifican de manera más integradora y flexible, mientras que otros de forma más rígida y cerrada. Las primeras comprenden que hay situaciones en las que pueden mostrarse absolutamente felices y días donde pueden estar abatidos, que pueden tener claridad sobre algunos temas y, al mismo tiempo, aceptar que no saben de otros. Por otro lado, hay quienes solo se permiten ser de un modo, comprendiéndose a sí mismos más estrictamente. Pueden y deben ser buenos hijos, o responsables, adecuados, exitosos, esforzados, entre otros. El peligro de esta visión de sí es rechazar comportamientos y modos, no sentirlos como propios o no reconocerse en las actitudes que no pertenecen a lo deseable.

Este rechazo lo aplicamos tanto para nosotros mismos como en los otros. Si, por ejemplo, despreciamos la “flojera” no la toleraremos ni para nosotros ni para los demás. Así, el descanso puede pasar a ser algo depreciable, conduciéndonos por la senda de una exigencia intransable o juzgando a otros gravemente por llevar una vida menos activa.

Entonces, ¿quién soy? ¿Cómo comienzo a responder?

Si hoy te resuena esta pregunta, es muy probable que hayas pasado o estés pasando por alguna experiencia desconcertante o, en términos psicológicos, desorganizante. Estas son más comunes de lo que podemos imaginar: son todas esas experiencias que necesitamos con urgencia darle sentido, que se sienten como una necesidad imperante de “procesarlas”.

Cada vez que vivimos esas experiencias en las que quedamos con esa sensación de “no puedo creer que esto haya pasado de este modo”, o cuando nos cansamos de sentir una especie de ruido interno, es un buen momento para mirarnos. Cuando las piezas que nos conforman están en movimiento es cuando con mayor claridad aparecen. Las cosas que suelen necesitar orden son las creencias sobre nosotros mismos, sobre los otros y sobre el mundo.

La identidad es como el guion que hemos construido de nuestra propia vida. Incluye el tema de nuestra existencia, las características de los personajes secundarios, las intenciones de los otros con nosotros, las principales tensiones, el qué esperar del mundo y de nosotros mismos, etc. Cuando este guion se descuadra, es momento de repensar si está bien diseñado o si responde realmente a lo que es, por sobre lo que deseamos que sea.

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