Somos para…
- Cristian Viñales SJ

- hace 2 días
- 3 min de lectura
La pregunta por la identidad siempre vuelve a nosotros: ¿quiénes somos realmente? ¿Que nos define? Muchas veces imaginamos que la respuesta se esconde en algún rincón profundo de nuestro interior, como si existiera una esencia pura esperando ser descubierta. Entonces comenzamos a quitar capas: los roles que ocupamos, las expectativas que heredamos, los miedos que aprendimos. Buscamos llegar a un núcleo definitivo, algo estable que podamos llamar “yo”. Pero, mientras avanzamos en esa búsqueda, detrás de cada capa no encontramos una esencia aislada, sino otra relación, otra memoria, otro vínculo. O quizá, movidos por el espíritu de la posmodernidad, creemos que la identidad es algo que elegimos desde un menú de posibilidades, como si dependiera exclusivamente de nuestra libertad individual. Y, sin embargo, una y otra vez descubrimos que no nos construimos solos.
Somos hijos e hijas de una historia, de una lengua, de afectos que nos preceden. Aprendemos a nombrarnos a partir de quienes nos miran, de quienes nos aman o nos decepcionan, de aquello que elegimos conservar y de lo que dejamos atrás. Nuestra identidad emerge en la forma en que vamos habitando el mundo. Esto no significa que no exista una profundidad en nosotros. La hay. Pero esa profundidad no se parece a una piedra inmóvil escondida bajo capas. Si seguimos descendiendo, llegaremos efectivamente a algo fundamental, a un principio, pero no como una esencia cerrada sobre sí misma. Lo que encontramos en el fondo es una relación originaria, una orientación trascendental que sostiene nuestra existencia desde siempre. Aquí el “Principio y Fundamento” de San Ignacio de Loyola ilumina de manera especial nuestra pregunta. En los Ejercicios Espirituales, Ignacio afirma que: “hemos sido creados para alabar, hacer reverencia y servir a Dios”, y que todo lo demás debe ordenarse según ese fin.
La intuición de Ignacio contiene una comprensión profunda de lo humano. No somos primero una identidad acabada que luego entra en relación con el mundo, ni tampoco quedamos definidos por las inclinaciones de nuestra libertad individual. Desde siempre, somos para... Somos, aquello que buscamos y deseamos. No permanecemos intactos a través del tiempo; estamos siempre “siendo”, en la medida en que aquel “para” que llevamos grabado, va tomando forma y moviliza nuestra vida. Por eso, resulta insuficiente reducirnos a etiquetas o buscar definiciones en nombres, profesiones, ideologías o categorías sociales. Porque, aquello que nos define permanece siempre abierto al infinito. Somos criaturas del Creador.
Siendo más claros, lo más propio nuestro es ese amor trascendental desde el cual venimos y hacia el cual estamos orientados: un amor que se despliega de manera única en cada vida. Nos enfrentamos constantemente a situaciones que van revelando aspectos desconocidos de nosotros mismos. A veces descubrimos fortaleza donde imaginábamos fragilidad; otras, reconocemos límites que no queríamos mirar. Y es así, en medio de todo, como nuestra relación con Dios va tomando forma y despliegue. Solo su amor es permanente (1Cor 13): no pasará jamás, y estamos invitados a permanecer en Él. ¿Y nosotros? ¿Que somos?: “Un disparo a la eternidad. Mi existir, un suspiro entre dos eternidades”, como escribía en su diario espiritual San Alberto Hurtado. Somos la manera en que amamos, elegimos y caminamos, porque en el fondo, en cada movimiento que nace de nuestros deseos más profundos, buscamos a Dios. Y tal vez conocernos verdaderamente no signifique encontrar un núcleo definitivo, sino ir reconociendo, una y otra vez, hacia dónde se inclina el corazón.




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