Atreverse a dar cringe
- Agustín Barrera

- hace 2 días
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La Psicología ve la identidad como uno de sus conceptos centrales, definiéndose como “El cuento que nos contamos sobre nosotros mismos”. Sin embargo, en estas últimas décadas ha ocurrido un fenómeno que ha sido más normalizado que entendido, pues nuestras generaciones invierten la mayoría de su tiempo en contar el cuento sobre sí mismos a otros, ¿Tenemos un espacio para contárnoslo a nosotros?
Elegimos nombres, fotos y descripciones distintas con las que retratarnos ante cientos de personas en varias aplicaciones, graduando distintos aspectos según si queremos orientarlo a nuestras amistades, espacios laborales, desconocidos, etc. La pregunta que hacemos para elegirlas cambia, no buscamos, aunque queramos hacerlo, quién soy, sino quién quiero que vean.
Es en este contexto que Instagram se llena de fotos en distintas playas para marzo, pero de recapitulaciones semestrales en junio, con interludios cada fin de mes para las personas que compartan más. Lo que estamos viendo pues es una aparente estandarización de la identidad donde quien no calce es pasado por alto, no porque haya una fuerza activa que busque censurarle, sino que una fuerza interna, una cultura del cringe.
Esta palabra -que es un anglicismo para referirse al sentimiento que provoca la vergüenza ajena-, todopoderosa para muchos jóvenes, no suele aparecer en los comentarios de las publicaciones que se suban ni en los mensajes internos, sino que en la mente de quién quiere hacer algo distinto a lo que ve en las redes que corresponde para su edad.
“No quiero dar cringe” pasa a ser una excusa para no explorar lo que, en las décadas antes de este cambio, significaba tener 20 años. Hacer política en espacios públicos, comprometerse con voluntariados, dedicarle un espacio de conexión espiritual a la misa, etc. Pasan de emocionar a intimidar por no ser las tendencias que brillan en reels, porque no entra en la rutina de subir una foto estudiando, en el gimnasio y carreteando en la noche, con el infaltable reposteo de algo con lo que se está de acuerdo pero que no dijo uno, para que se sepa que alguna opinión sobre el mundo hay, pero sin querer ser uno quien la escriba o diga.
La invitación contracultural que nos hace San Ignacio pasa, en un contexto muy distinto a la que fue realizada, a ser fundamental. Sus Ejercicios Espirituales se plantearon siempre como una práctica contemplativa desde la cual se puede conectar con lo divino a través de la reflexión, tanto proyectiva como introspectiva. La identidad se construye no como una serie de etiquetas que se le agregan al nombre, sino como el punto desde el cual se traza la línea para unir al Yo con aquello que lo trasciende.
Hoy en día nuestras responsabilidades se han digitalizado, y muchos creemos que es imposible retirarnos el tiempo necesario para cubrir estos Ejercicios. Sin embargo, un estilo de vida contemplativa y activa es más que posible. El único interruptor que se debe cambiar es el del miedo a dar cringe. Vivir en contemplación no es sólo estar observando en silencio -aunque dicho ejercicio en sí no deja de ser importante-, sino que ser capaz también de dedicarle unos minutos al día para escribir nuestros pensamientos, para preguntar sobre las vidas de quienes nos rodean y, si es que así lo queremos, proyectar nuestra identidad al mundo, pero desde lo genuino, desde nuestros propios espacios de pasión y no desde la tendencia que más destaque en los algoritmos.
Cuando tu cabeza te dice “No quiero dar cringe”, lo que siente es ansiedad, un sentimiento primitivo desarrollado para evitar el peligro. Es tu deber hacerle ver que está segura viviendo un estilo de vida que no siempre condice con la del resto, porque es tuya. Cuando finalmente actúes por tu postura política, te comprometas con ese voluntariado, le dediques ese espacio a la misa, notarás que la ansiedad inicial ya se habrá disipado, y lo que quedará será una profunda sensación de conexión y trascendencia irremplazable por los bloques inamovibles de la rutina.
Porque conocerte, conocer al mundo y conocer lo trascendental jamás será una tendencia en las aplicaciones que más usamos. Pero no por eso lo vas a dejar de lado. No por eso dejarás de atreverte a dar cringe.
Agustín Barrera, 20 años, estudiante de Psicología.




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