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Mi historia: el lugar donde Dios me sale al encuentro

Marina Vázquez ACI
hace 10 minutos
3 min de lectura

Antes de poder construir nuestra propia historia o decir quiénes queremos ser, ya pertenecemos a una historia. Tenemos una familia, un país, una cultura, una manera de relacionarnos, heridas, dones, vínculos, oportunidades y también carencias que no escogimos.


Puede suceder -y, de hecho, sucede- que echamos la vista atrás y encontramos cosas en nuestra historia personal que no nos gustan, que ojalá no hubieran sucedido. O miramos añorando que otras tantas si lo hubieran hecho, porque la vida de otros nos parece mejor.

Creo que Dios quiere salirnos al encuentro precisamente ahí: en esa historia que nos precede, en la vida concreta que hemos tenido y no en la versión ideal que a veces nos gustaría. No nos pide tener todo resuelto para comenzar a caminar con Él. Nos encuentra como somos, con lo que traemos, con nuestras luces y sombras.


Quizás por eso, preguntarnos “¿quién soy?” exige también preguntarnos “¿de dónde vengo?”. No para quedarnos mirando al pasado, sino para ver qué lugar queremos darle a esa historia en nuestra vida. Porque, querámoslo o no, aquello que hemos recibido nos habita.


No elegimos todo lo que nos pasó, pero sí podemos comenzar a elegir qué hacemos con ello. Y ojo, esto no siempre es fácil. Soltar puede doler, porque incluso aquello que nos hizo daño puede haberse vuelto familiar. Elegir algo nuevo supone, a veces, dejar atrás formas conocidas de vivir, de relacionarnos o de comprendernos. Sin embargo, la libertad también consiste en reconocer que nuestra historia nos ha marcado, pero no tiene por qué determinar por completo nuestro futuro.


Con esto quiero decir que nuestra historia no es una sentencia, pero tampoco es un borrón y cuenta nueva. Puede ser el lugar desde donde comenzar a elegir y, sobre todo, el lugar donde dejar que Dios actué. Porque Dios, en este camino, no es un espectador. Es quien nos acompaña y nos ayuda a mirarla con verdad y misericordia. Nos enseña a reconocer lo bueno que hemos recibido, a poner nombre a lo que nos duele y a descubrir que no estamos condenados a repetir aquello que nos ha limitado.


Pero, mira, esto no se hace en un rato. Aprender a aceptar nuestra historia es un camino que dura toda la vida. No es que un día, de repente, lo entendamos todo y hagamos las paces con cada cosa que hemos vivido. Más bien, poco a poco, de la mano de Jesús, vamos conociéndonos mejor, comprendiendo de dónde venimos y aceptando también lo que la vida nos trae y las decisiones que vamos tomando.  Bueno, toca madurar ¿no?


A mí me parece que nuestra historia importa tanto, porque es en este terreno concreto donde nace nuestra vocación. Dios no llama a alguien distinto de nosotros, ni espera que nos convirtamos en una versión perfecta. Nos llama con nuestra historia, nuestros dones, nuestros límites y nuestra capacidad de amar: para ser felices, no perfectos.


Discernir la vocación, no es descubrir una especie de camino secreto en el que, si elegimos bien, nada nos dolerá. Discernir es aprender a reconocer, en medio de nuestra historia concreta, dónde podemos amar más y entregar mejor la vida que hemos recibido.


Y, claro, elegir habitualmente implica optar por algo y, también, renunciar a algo. Podemos quedarnos mirando lo que pudo haber sido o abrazar, con todo lo que trae, la vida que tenemos delante. No se trata de vivir “a la carta”, tomando de nosotros solo aquello que nos acomoda. Se trata de hacernos cargo de nuestra historia: agradecer lo que nos dio vida, dejar a Dios transformar lo que necesita ser transformado y soltar aquello que ya no queremos seguir cargando.


Al final, no elegimos de dónde venimos, pero podemos elegir cómo relacionarnos con nuestra historia y qué hacer con ella. En ese camino, ya te adelanto que Dios no nos espera al final, cuando por fin seamos quienes creemos que deberíamos ser. Nos acompaña hoy, en nuestra historia real, invitándonos a recibirla, integrarla y convertirla en una vida elegida y entregada con libertad.

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