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En constante aprendizaje

Foto del escritor: Vicente Arratia
Vicente Arratia
hace 11 minutos
2 min de lectura

Nací en Concepción el año 1999, viví los primeros años de mi vida en Lota para luego trasladarnos con mi familia (mi mamá, papá y hermano mayor) a San Pedro de la Paz, donde he residido desde entonces. Allí tuve el privilegio de estudiar en el Colegio San Ignacio Concepción, donde además de recibir una educación de calidad, tuve acceso a muchas oportunidades de voluntariado que me ayudaron a abrir los ojos a realidades muy diferentes a la mía. Tras mi paso por la educación media decidí entrar a la Universidad de Concepción a estudiar Astronomía (y posterior Magíster), motivado por una fascinación sobre el espacio que llevaba desde la primera vez que vi un póster del sistema solar en mi casa. 

 

Uno no elige a su familia y, la verdad, no sé si elegiría la que me tocó. Es verdad que mis padres son buenos ciudadanos y fueron responsables a la hora de inculcarme valores, encargarse de que nunca me faltara nada, y entregarme las herramientas necesarias para poder forjar un criterio propio. Sin embargo, también hubo muchos episodios no tan buenos, llenos de actitudes dañinas, que han marcado la forma en que me relaciono conmigo mismo y con los demás. Estas cicatrices, que son herencia de una cultura que normalizaba estas situaciones de violencia, siguen estando presente en muchas familias de nuestro país, de manera transversal.  

 

Ahora bien, todo esto no es motivo para paralizarse. De hecho, el aprendizaje y el cuestionamiento de lo establecido han sido cosas que han marcado mi desarrollo como persona. Mi historia me ha enseñado que uno puede aprender tanto por imitación como por contraste, idealmente buscando imitar aquellas cosas buenas que vemos en los demás y evitar aquellas que generan daño. Experiencias como lo sucedido en mi familia, mis relaciones con los demás, o las injusticias sociales de las que he sido testigo en los voluntariados, me han ayudado a construir una moral basada en el respeto de las personas, independiente de la condición en que se encuentren. En definitiva, me han ayudado a ser alguien más empático, a respetar la naturaleza y los animales, a saber querer a mi gente. 

 

Y algo parecido me ha ocurrido en cuanto a mis estudios. Recientemente decidí alejarme del mundo académico y la astronomía, donde estuve los últimos años de mi vida. La razón más práctica es por el acotado campo laboral. Pero también hay una razón más personal: la necesidad de sentir que mi trabajo genere un impacto palpable en el mundo y en las personas. Por mucho tiempo creí que mi vocación estaba en la ciencia, en buscar aportar a la humanidad desde el conocimiento sobre el universo. Sin embargo, haciendo examen de las experiencias que me han ocurrido, en mi vida familiar, escolar, de voluntariado (junto a la CVX y la espiritualidad ignaciana), me siento impulsado a virar hacia labores con más contacto humano, donde pueda armar comunidad junto a un equipo de personas unidas por un objetivo en común. Hacia allá me ha conducido este constante aprendizaje.  

 

 
 
 

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