Convicciones, no certezas
- Nicolás Tirapegui

- hace 1 hora
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La necesidad de certezas sobre el futuro pareciera ser uno de los males de nuestra época. Más aún cuando ese futuro se entiende necesariamente como éxito. En las redes sociales y en narrativas cada vez más transversales pareciera que alcanzar el prime, ese supuesto punto cúspide de la realización, depende solo de adoptar un par de hábitos, tomar un par de vitaminas, estar unos minutos al sol, leer una lista de libros o viajar a ciertos lugares. El mejor físico, el mayor saber, la más alta velocidad, el más temprano madrugar o el más vulgar poseer, todo depende de ti. Es fácil y está en tus manos lograrlo.
Y más allá de lo perverso detrás de cómo la individualización y algoritmización nos empujan a este vacío, cabe preguntarse: ¿Cómo saber realmente a dónde debo ir? ¿Cómo responder ante tal bombardeo de posibilidades y ante la supuesta bendición del más alto acceso a bienes, facilidades y oportunidades que ha visto el ser humano? El ejercicio manualístico o instructivo excede mis pretensiones y más aún mis posibilidades. Sin embargo, a partir de lo que a mí me ha tocado, sobre todo en la práctica educativa, creo que el compartir ciertas convicciones puede ayudarme a mí y a otros a dibujar un posible sentido.
Primero que todo, me parece injusta la caricaturesca idea que se nos adjudica a los jóvenes de que “se aburren y se van”, “se enojan y se taiman”, pues, hoy en día, esa lógica la veo como independiente de la edad. Con todo, sí creo que, como jóvenes, no debemos tomar decisiones trascendentales a partir de lo anecdótico. Esa es mi primera convicción. Una clase que me gustó en IV° medio o una carrera “en la que me ven” los de mi círculo no necesariamente debe determinar lo que voy a estudiar o mi lugar de trabajo. Una clase o intervención fallida, no significa que soy mal educador y que me tengo que dedicar a otra cosa. Un acompañamiento a un estudiante que recae una y otra vez en la misma falta que dio lugar a esa ayuda, no la invalida. Un enojo o disputa con amigos, colegas o superiores no marca el fin de esa relación.
Con lo anterior no apunto a una apatía estoica, donde nada me mueva ni conmueva, sino a ser capaces de detenerse cuando pasan esas cosas y comprobar si ese camino más largo -hacia atrás y sobre todo hacia adelante- merece ser perturbado mayormente por esos sucesos. Es decir, la invitación es a evitar que momentos, personas o acciones aisladas definan procesos que son más amplios. Es la suma y enredo de lo anterior lo que nos muestra un horizonte. Es en el caminar, poniendo atención a todo sin cerrarse a nada, que se va develando el hacia dónde ir.
Otra convicción surgió en mi lugar de trabajo, donde me crucé con el concepto de la rabia justa o la justa ira, de Paulo Freire, que me gustó mucho. A partir del trabajo con tantos profesionales comprometidos, comencé a vivir y a apropiarme de ese concepto. Sentíamos que, en medio de tanta producción y acumulación de capital, era imposible no conmoverse y dejarse afectar por la vivencia de los que quedan fuera.
Al convivir y trabajar con esas realidades invisibilizadas de violencia, narcotráfico, exclusión, faltas de oportunidades, vulneraciones y tantas otras injusticias, genera una rabia brutal. La pobreza y deshumanización no es bonita, no es romántica, es dolorosa, perturbadora y enfermiza para quien la padece y quien la comparte. Pero si nos quedamos en la rabia solamente, podemos estancarnos, haciendo infructuosa cualquier denuncia. El desafío que sentimos junto a mis colegas, entonces, fue buscar, proponer y luchar por los espacios donde esa indignación se pueda traducir en acción. Creo profundamente en eso.
Al final, pienso que la interrogante que nos hacemos todos sobre a dónde ir o qué decisiones tomar para continuar el camino, no tiene certezas ni un destino claro; tiene, más bien, convicciones sobre las cuales actuar. Para mí, el no dejarse perturbar por lo anecdótico y buscar donde la rabia se pueda convertir en transformación fecunda, son dos de las principales. Como católicos, el ejemplo de Jesús nos guía y se renueva día a día en tantos otros: en los Hurtados, en los Puga, en los Díaz, Sebastianes, Pamelas, Villalobos, Canales, y un largo etcétera que alimentan una fe profunda que nos dice que “donde abunda el peligro, crece lo que nos salva.”




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