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La ciudad somos todos

Por: José Yuraszeck S.J., capellán del Hogar de Cristo


La desigualdad y la segregación son excluyentes: nos arrinconan en barrios, en colegios, en grupos de amigos, en trayectorias de vida que no se cruzan. Propiciemos encuentros transformadores más allá de los límites del lugar que ocupas en la ciudad.


Hemos ido naturalizando distintas facetas de la desigualdad y hoy como que la aceptamos sin cuestionarla. La segregación urbana se ha ido agudizando. El desinterés por la memoria viva de los mayores también. Para qué decir del desprecio generalizado por la sabiduría de los pueblos originarios. Todas ellas son conductas que favorecen y perpetúan la desigualdad.


En algunos lugares de la ciudad se puede vivir desconociendo lo que pasa en otras. Particularmente en las comunas más ricas, cuesta mucho salir de la burbuja: ojos que no ven corazón que no siente, dice el saber popular. La ceguera permite el convencimiento de que Chile es como el metro cuadrado que te rodea, creando una especia de país aparte.


Grandes desigualdades existen también en los salarios, que son consecuencia de un mercado del trabajo precario para grandes mayorías. En las fronteras de la exclusión el problema es más dramático, pues ¿quién emplea a una persona en situación de calle, con discapacidad mental o problemas de consumo, o proveniente de una población crítica situada en la periferia?


La mayor longevidad de vida se está convirtiendo en una medida de inequidad, porque ser viejo y pobre es un drama. Es elocuente que sólo el 6% de los adultos mayores experimenta pobreza monetaria contra el 21% que es pobre multidimensionalmente. Y para qué hablar de la soledad, el abandono, la sensación de descarte. Los mayores de 80 años tienen la tasa más alta de suicidios del país. En el otro extremo de la vida, estamos entre los países con menos años de educación inicial, cuando es en esta etapa donde es posible realmente emparejar la cancha.


Hoy no es tan fácil naturalizar la violencia hacia las mujeres, pero existen sectores donde esos movimientos reivindicativos no son tema. Ni siquiera se perciben. Se habla de quiebres familiares, adicciones, trastornos mentales para explicar la situación de las personas en calle, pero poco se sabe del 16% de las personas en situación de calle que son mujeres, unas 2.400 personas, de las cuales casi un tercio fue víctima de violencia intrafamiliar. Y la violencia que viven en las calles día a día es brutal.


Quedarse impávido frente a realidades como las antes expuestas no sólo es indolente y cruel, resulta además poco visionario. La causa del Hogar de Cristo propone generar una agenda cultural de transformación de las mentalidades que excluyen y, para esta tarea, los jóvenes son claves. El padre Hurtado no aceptaba que se perpetuaran las rutinas de la exclusión y se lanzaba a la calle a rescatar a todo el que pudiera ayudar, en especial a los niños. Ese ejemplo es el que hoy siguen nuestros casi 40 mil voluntarios, muchos, jóvenes, como tú, pero requerimos muchos más.


En cada uno de los programas del Hogar de Cristo somos testigos de historias de dignidad, de belleza, de heroísmo y vale la pena involucrarse para que nuestros acogidos recuperen sus derechos y la vida digna que les corresponde como seres humanos. Lo nuestro no es teoría, es práctica: bajemos la velocidad, veamos. Recorramos nuestros barrios a pie, con todos sus rincones, los luminosos y los más sombríos. No hay nada más enriquecedor que relacionarse, conocerse y quererse, y reconocer que ciudad somos todos. Ojalá encuentres tu lugar en ella.

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