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Una justicia como Dios manda

Por Cristian Viñales SJ


Nadie puede amar a Dios de un modo directo si no es por un hecho extraordinario de exclusiva iniciativa divina. Esto, sencillamente porque a diferencia de nosotros, Dios no es una cosa más mundo sino el creador de todas las cosas. De manera que, en cuanto creaturas, solo podemos amar a otras las creaturas. Es cierto que algunos santos han dado testimonio de este encuentro privilegiado pero, para la mayoría de nosotros, un amor de esta magnitud solo subyace en los amores del mundo, en el día a día. De esta manera, no nos queda más que amar a Dios de modo indirecto o implícito. Para Simone Weil (Filósofa, activista política y mística francesa, de la primera mitad del siglo XX), junto a la amistad, la belleza del mundo y los ritos religiosos, el amor al prójimo es una de las formas del amor implícito a Dios, siendo las circunstancias y la vocación de cada persona lo que determine cuál será la que predomine en el corazón.


Jesús ante la pregunta por el mandamiento más importante (Mt 22, 34-40) hace que el amor a Dios y el amor al prójimo sean semejantes. Aún es más claro en Mateo 25, cuando Él mismo se identifica con los sufrientes del mundo: “tuve hambre y me diste de comer … les digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.”. Esta experiencia mística que nos vincula amorosamente con Dios de un modo implícito, se ha transformado en una poderosa convicción que abraza y transforma la vida entera. Así lo expresa con pasión San Alberto Hurtado:

El pobre suplementero, el lustrabotas… la mujercita de tuberculosis, piojosa, es Cristo. El borracho… ¡No nos escandalicemos! ¡Es Cristo!”.

“Que los detalles para dignificar al pobre sean lo más importante. Que Cristo tenga menos sed, que esté más cubierto gracias a ustedes. ¡Sí, que Cristo ande menos “pililo”, puesto que el pobre es Cristo!”

Ante esta convicción, la mística francesa se pregunta: “¿Quién puede ser benefactor de Cristo, sino el propio Cristo? ¿Cómo un hombre puede dar de comer a Cristo sino es elevado, aunque sea de forma momentánea a ese estado del que habla San Pablo, en que el hombre ya no vive en sí, sino que Cristo vive en él?” (Weil Simone, A la Espera de Dios, Trota Editorial, p. 88) Cualquiera puede dar pan al hambriento, sin embargo, no cualquiera presta la atención suficiente como para reconocer a Cristo en las personas despojadas de su humanidad. Son solo los ojos de Cristo capaces de ver a Cristo en los sufrientes del mundo.

Jesús, en el pasaje de Mt 25 que se mencionaba con anterioridad, no reconoce como solidarios, generosos, ni siquiera buenas personas a quienes alimentan al hambriento, sino que los llama: Justos. Esta es la misma palabra que ocupa San Pablo en la Carta a los Romanos (Rm 3, 20-31), en que con fuerza sostiene que nada puede hacer justo al hombre sino Dios, por medio de Cristo, quien es el único Justo. De esta manera, para los cristianos, la verdadera justicia viene de Dios y se identifica con el amor. Lamentablemente somos nosotros quienes hemos inventado y nos hemos convencido sobre la distinción entre justicia y amor, porque nuestra idea no-evangélica de justicia dispensa a quien posee de dar, transformado el acto de dar, en un frio ejercicio de autocomplacencia y poder. Ciertamente podemos estar ante un gesto moralmente bueno, sin embargo, evangélicamente mediocre.

Es conocida la frase de San Alberto Hurtado: “La caridad comienza donde termina la justicia”, refiriéndose a la noción humana de caridad y esbozando una crítica a quien da limosna sin ser capaz de dar lo mismo, pero en un sueldo justo. Quien da limosna no hace justicia, por el contrario, perpetúa la distancia entre quien da (superior) y quien recibe (inferior) y más complejo aún, incrementa el poder de quien da en la misma medida que incrementa la vulnerabilidad de quien que recibe. Solo un verdadero acto de amor es capaz de elevar a quien recibe, restituirlo en su dignidad, fortalecerlo en su humanidad, mientras que quien ama simplemente acepta la disminución de sí mismo en favor del otro. En la negación de uno mismo somos capaces de afirmar al otro y así aproximarnos más a la imagen plena de la humanidad, que se nos muestra en Cristo. “…quien siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios, al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo…”(Fil 2, 6-11).

Tanto Simone Weil como San Alberto Hurtado nos recuerdan que la verdadera justicia que nos muestra el evangelio, se funda en el amor al prójimo, amor que Dios comparte al ser humano y este lo retorna a Dios en el rostro del prójimo. Todavía más: es Dios, por medio nuestro, quien ama primero a los sufrientes del mundo, antes de que nosotros reconozcamos que de esta misma manera amamos a Dios. Como la viuda pobre del evangelio, no necesitamos entonces fortuna ni talentos, porque el más pequeño de nosotros, es capaz de hacer disponible su corazón para que Dios mismo, a través de él, pueda mirar, escuchar y amar a los sufrientes por medio de nuestro amor. Solo entonces acontece una justicia como Dios manda.