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TU VIDA… ¿LA HACES O TE LA HACEN?

Ya te habrás dado cuenta de una cosa clave: la vida personal, o la haces o te la hacen. Así de simple. Todos sentimos que a veces nos comen los impulsos, que actuamos por lo que otros esperan de nosotros, que el sistema nos arrastra, en fin, hacemos lo que no queremos y no hacemos lo que queremos. Dejándonos llevar terminamos sintiéndonos sin carácter y con una libertad debilitada. Pero también hemos tenido otros momentos en que sí vivimos conscientes de lo que hacemos, en que sí elegimos según opciones propias y libres, y que vamos viviendo como protagonistas de la propia vida.

Discernimos no solo cuando debemos dar un gran paso o tomar una difícil decisión. También discernimos cuando vivimos cotidianamente, buscando “elegir” el modo de vivir según lo de Dios.

Para vivir en serio necesitamos discernir. Esta es la habilidad de distinguir lo que nos pasa, todas esas tendencias o inclinaciones a una cosa u otra, de la que tenemos la posibilidad de tomar o dejar, de elegir o rechazar. Ahora bien, discernimos no solo cuando debemos dar un gran paso o tomar una difícil decisión. También discernimos cuando vivimos cotidianamente, buscando “elegir” el modo de vivir según lo de Dios. De hecho, en esta vida cotidiana es donde se juega el partido, donde se va construyendo la capacidad de tomar luego las grandes decisiones de la vida.


¿Cómo discernir la vida diaria? En lo que sigue presentamos algunas ideas para animar esta actitud de discernimiento. Ojalá te ayude alguno de estos puntos para practicarlos en tu día a día.


Uno: discernir es “poner en crisis”. Someter a juicio nuestra vida cotidiana y el estilo de vida que llevamos es muy importante. Pues lo que consideramos lo más rutinario y natural tal vez no lo sea tanto: la vida y la salud, la familia, los amigos y vecinos, la casa donde vivo, la universidad y el lugar de trabajo, los aprendizajes, la palabra compartida, quienes nos transportan y alimentan día a día… la realidad suele enmascararse para nosotros, y por eso a veces sentimos que nuestro mundo se vuelve artificial. Discernir el día a día, la manera en que me relaciono con las personas y lugares que frecuento, y descubrir que las cosas podemos usarlas o cederlas para que sea de provecho a otros, esto es decisivo. Si no quebramos nuestra cotidianidad en este punto, lo más seguro es que caigamos en la desolación, siendo llevados por una vida sin sorpresas, sin sabor. Cegada nuestra sensibilidad, nos habrá nublado la ideología de la indiferencia que tan fácilmente criticamos en los otros. Pregúntate: ¿Qué deberías “poner en crisis” en tu vida, porque ello está siempre ahí? ¿Cómo te llama a vivir el Creador de todas las cosas?


Dos: discernir el ideal y la realidad. Vivir entre lo que nos gustaría hacer y lo que terminamos haciendo en la práctica, esto es parte de la condición humana. Son dos cuestiones con las que convivimos y necesitamos discernir siempre, porque una vida práctica sin grandes deseos puede hacernos vivir de modo automático y sin cuestionamientos; y por otra parte, los idealismos sin decisiones concretas nos pueden mantener en una eterna adolescencia. Necesitamos los sueños nobles, ellos nos levantan y nos mueven, los que se ajustan y cambian con el tiempo. Pero también necesitamos ver cómo vivimos en la realidad, cuáles son nuestros hábitos y modos de vida, que tal vez no se condicen con lo que esperamos. Tenemos equivocaciones y límites, y ello hace de nuestra vida algo real. En todo caso, el “Dios siempre mayor” nos impulsa a soñar, y ensayar una y otra vez esos sueños, cualquiera que ellos sean. ¿Cuáles son tus sueños? ¿A quiénes conoces que los han concretado? ¿Cómo dejar los lamentos y comenzar de nuevo?


Tres: salir del propio mundo interior. La espiritualidad es una manera de mirar el mundo exterior. Prestamos atención a lo que pasa dentro de nosotros, pero cuando nos dedicamos demasiado a ella nos puede enredar en sus maneras de explicar las cosas. El discernimiento no es pura interioridad, sino más bien nos ayuda a mirar con ojos distintos –con ojos de fe, esperanza y amor- lo que nos rodea, lo que ocurre en la realidad, en la sociedad, en los demás. Un verdadero discernimiento nos mueve a sumarnos a lo que Dios ya está haciendo en el mundo. Por eso la vida interior no nos ensimisma ni nos quita energía, sino que ayuda a ordenarla y la cambia, haciéndonos más capaces de tomar decisiones audaces saliendo a servir. Quien discierne cotidianamente vive entre el coraje y la sabiduría, combinación propia de una auténtica espiritualidad. ¿Cómo es tu vida interior? ¿Va dinamizando tu vida, te llama al magis? ¿Qué pasos más radicales te invita a dar en tus búsquedas?


Cuatro: el discernimiento cuenta con Espíritu. Cuando en cada noche nos damos una “pausa” y hacemos oración, nos disponemos a escuchar a Otro. Ahí no estás solo, sino con el Espíritu de Dios que te muestra lo que no has visto aún. El ha estado activo y presente en este día, y ha dejado “signos” que podemos reconocer en este espacio de discernimiento. El quiere lo mejor para todos, y sacará lo mejor de ti mismo/a. El te llevará más allá, hará posible destrabar lo que está habituado a estarlo. Contar con El es clave en tu camino. Pregúntate si vas siguiendo sus pasos, si vives con sus actitudes, si actúas con sus sentimientos, donde te toque estar. Este es el corazón de un discernimiento cotidiano. ¿Te sabes conducido por el Espíritu de Dios en tus caminos? ¿Crees que puede hacer contigo cosas nuevas y más sólidas cada vez, por medio de tus decisiones?


Qué no te hagan la vida, hazla tú. Pero de fondo, con contenido, con valor. Ojalá alguna de estas palabras te activen y te muevan. Si no sabes cómo empezar, ¡pide ayuda! Nadie nace sabiendo. Si encuentras algo valioso, tómalo. Y eso lo vas haciendo hábito en tu vida, verás cuánto te irá haciendo un hombre, una mujer de discernimiento. “¿Qué haría Cristo si estuviese en tu lugar?”