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El gran Sábado Santo de Occidente: la muerte de Dios

Semana Santa ya pasó, y los/as cristianos/as celebramos en nuestras comunidades la resurrección del Señor, con la alegría que se celebra una buena noticia. Sin embargo, esta semana, ¿tiene algo que decirnos más allá del periodo asignado por el calendario? ¿Acaso, la cena del Señor con sus discípulos, la pasión, la muerte y la resurrección, no son también signos que nos invitan e interpelan a pensar nuestra vida cotidiana, así como nuestra historia humana desde la pasión?


En el año 2013, el papa Benedicto XVI –hoy papa emérito– escribió unas meditaciones que tituló, La muerte de Cristo. El título no deja indiferente, porque si bien, en una lectura rápida puede sonar a un hecho ya conocido –al menos para los cristianos–, en una segunda lectura parece hacernos eco de una sentencia histórica, la muerte de Dios. La frase, la muerte de Cristo, podría sugerir que no nos cala tan profundamente en la actualidad, porque, culturalmente o por la vida de la fe de la Iglesia, sabemos que esa muerte tiene un final feliz. Sin embargo, la Muerte de Dios nos golpea, nos duele de otra manera, produciendo tantos efectos como consecuencias.


Leyendo estas meditaciones del papa emérito, el apartado más resonante –a mi juicio–, es el que se refiere al gran Sábado Santo de Occidente. Una potente metáfora, en la que expresa que Occidente, hace varios siglos, atraviesa por un gran y largo Sábado Santo: Dios está muerto, Dios está en silencio, guarda silencio, un silencio aterrador:


“Un siglo más tarde, en Nietzsche, hay una seriedad mortal que se expresa en un grito penetrante de terror: «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!». Cincuenta años después, se habla de ello con un distanciamiento académico y se nos prepara a una «teología después de la muerte de Dios», se mira alrededor para ver cómo se puede continuar y se anima a los hombres a prepararse para ocupar el puesto de Dios.

El misterio terrible del Sábado Santo, su abismo de silencio, ha adquirido en nuestro tiempo una realidad aplastante. Ya que esto es el Sábado Santo: día de la ocultación de Dios, día de esa paradoja inaudita que nosotros expresamos en el Credo con las palabras «descendió a los infiernos», descendió dentro del misterio de la muerte”.


En esta misma línea, el poeta alemán Jean Paul Richter en el siglo XVIII denunciaba con profundo penar en su obra, Discurso de Cristo muerto desde lo alto del cosmos diciendo que no hay Dios, que se auguraban siglos extraños, oscuros y difíciles para el hombre. Ya no lo acompañaría esa sombra sigilosa que recorría sus caminos de la infancia; que le hacia palpitar el corazón como un tambor con sentimientos profundos e insondables para su pecho. En este escrito –que se estructura como un sueño–, Jean Paul con estupor pone en boca de Cristo mismo, en la cruz, la inexistencia de Dios, con sus eventuales consecuencias para el ser humano. El discurso parte con una alegoría intensa: los muertos, que se han encontrado con Cristo en su muerte, le preguntan con un dolor inextinguible:


“-Cristo, ¿es que no hay Dios?

Y el respondía:

-No lo hay.

La sombra entera de cada uno de los muertos, no solo su pecho, se estremecía entonces violentamente, y aquel temblor iba dispersándolos unos a otros.

Y Cristo continuaba:

-He cruzado los mundos, he penetrado en los soles, he volado en compañía de las vías lácteas, por los desiertos del cielo; pero no hay Dios. Hasta donde llega la sombra del Ser, hasta allí he bajado, y he mirado en aquel abismo, y he llamado: «Padre ¿dónde estás?». Pero lo único que ha llegado hasta mis oídos ha sido el estruendo de la tempestad que nadie gobierna (…) sin ningún sol que los hubiese creado (…) y cuando he alzado la vista hacia el inmenso mundo, buscando el ojo de Dios, el mundo me ha mirado con sus cuencas; estaban vacías y no tenían fondo. Y la eternidad yacía sobre el Caos, y la roía y se rumiaba así misma. Seguid chillando, notas disonantes, dispersad con vuestros chillidos las sombras. ¡Pues Él no existe! (…) Todos nosotros somos huérfanos, ni yo ni vosotros tenemos Padre.


¿Qué tiene que decirnos este silencio aterrador de Dios? ¿Qué signo del tiempo se está manifestando con su silencio, con su aparente muerte?


Efectivamente, no podemos no reconocer este silencio, expresado en este Dios que parece muerto. ¿Dónde está Dios? La Iglesia parece en silencio, los creyentes parecen estar en silencio; las calles, las campanas, los espacios públicos, ya no son lugares donde se pasea Dios. Sus testigos se han debilitado, otros se han atrincherado. Y desde otras laderas, aparecen cuestionamientos. El escritor inglés, Julian Barnes –conocido por su ateísmo–, escribe: “Yo no creo en Dios, pero le echo de menos”. Otro escritor no creyente, el francés M. Houellebecq, escribe en su último libro, Serotonina, si acaso es necesario un Cristo que dé la vida por los seres humanos –en el contexto de una sociedad que tiene todas las señales para vivir humanamente, pero no lo hace–… Él cree que sí.


En definitiva, Benedicto XVI piensa que el Dios de la vida parece estar muerto y en total silencio en Occidente. Sin embargo –concluye el papa emérito–, el creyente sabe que Cristo, en el Sábado Santo, está en las manos de Dios, y la historia cristiana no termina el día sábado, sino que comienza con el domingo de la resurrección. Por lo tanto, lo que caracteriza al creyente es la esperanza de saber que, frente a la muerte, hay una última palabra, que es también la primera y promesa de Dios; la vida eterna que no es más que comunión con Dios en plenitud. Al Sábado Santo le sigue el Domingo de la confirmación de las promesas de Dios.


Y quizá esta muerte de Dios, este silencio suyo, sea necesario para depurarnos de todas sus falsas imágenes que nos impiden reconocerlo auténticamente como el Dios de la Palabra y de la vida, manteniendo la esperanza de que, en el silencio, Él habla y solo hay que saber estar alertas, como vigías en la noche.


Este Sábado Santo que atraviesa occidente es una gran oportunidad para escuchar a Dios con toda su misericordia, la cual se despliega inexorablemente en todo el ser del mundo, para que lo acojamos con la humildad que solo un corazón esperante puede recibir a su Señor; con la alegría y la esperanza de sabernos hijos del Dios que es Padre. Al igual que el poeta alemán, Jean Paul Richter, cuando luego de despertar de su sueño, se da cuenta que Dios no ha muerto y que su sueño solo fue una estremecedora pesadilla que lo ha despertado a la verdad de la filiación amorosa:


“Mi alma lloró de alegría de poder volver a adorar a Dios; la alegría y el llanto y la fe en Dios era mi oración. Y cuando me puse en pie, el sol brillaba a baja altura en el horizonte, detrás de las purpureas espigas hinchadas de grano, y lanzaba apaciblemente el resplandor de su luz crepuscular hacia la pequeña luna que, sin aurora, iba ascendiendo en la mañana. Y entre el cielo y la tierra desplegaba sus cortas alas al mundo perecedero, pero alegre, que igual que yo, vivía en presencia del Padre infinito. Y de la entera naturaleza que me rodeaba brotaban unos sonidos apacibles, parecían llegar de lejanas campanas que tocasen al atardecer”.


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