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La riqueza espiritual del pueblo mapuche

Por: Miguel Jesús Pedreros Sj.


Un compañero jesuita me contaba una vez una pequeña anécdota. Se encontraba en un encuentro de pastoral indígena, en el que se reunían jesuitas y laicos con comunidades indígenas. Uno de los temas era cómo la Iglesia podría ayudar a las comunidades en sus diferentes procesos políticos, culturales y religiosos. En un momento, una mujer de una de las comunidades presentes dijo: “siempre hablan de cómo la Iglesia puede ayudarnos, pero nunca hablan de cómo los pueblos originarios pueden ayudar a la Iglesia”.


Desde ese momento, no he podido parar de pensar en esto. Sin duda no es algo nuevo, desde la experiencia y la teoría uno tiene claro que en el mundo indígena latinoamericano hay mucha riqueza y que podemos aprender mucho de ellos. Sin embargo, hay momentos en la vida en que uno hace “click”, en que todo encaja. Justamente, que la mujer haya hablado de ayuda y no solo de aprendizaje me abrió una ventana distinta desde donde pensar nuestra relación con los pueblos originarios.


Nuestra matriz colonial nos dificulta tener una actitud que no sea paternalista, nos cuesta dialogar a la par con nuestros pueblos hermanos, solemos creer que llevamos la solución, que hay que explicarles a las comunidades indígenas como organizarse, como luchar. Creemos que son solo ellos los que necesitan ayuda, sin reconocer que es nuestra sociedad la que necesita ayuda para no morir a manos de nuestro propio sistema de vida.


Como muchos otros, mi llegada a la temática mapuche partió por lo político, por los DD.HH, por la toma de conciencia de que hay un pueblo que ha sido negado, invisibilizado y violentado. Que ha sufrido la usurpación de sus tierras, la pobreza impuesta por nuestro modelo extractivista, el racismo heredado de la matriz colonial y la negación de sus demandas, consideradas a veces improcedentes, idealistas o absurdas.


Pero con los años y gracias a la posibilidad de visitar el Wallmapu y de aprender un poco de la historia mapuche, uno aprende que hay algo más detrás de los DD.HH. Que no se trata de una lucha política al estilo occidental, es decir, no es solo una guerra de ideologías políticas racionalistas. El nuevo movimiento mapuche tiene que ver con la fidelidad a un modo de vida propio de su pueblo, que tiene una raíz espiritual.


Lo dice Hector Llaitul en ese atrapante libro-entrevista junto a Jorge Arrate, titulado “Weichan”, que la lucha mapuche es una lucha espiritual. Para ellos, defender el bosque no es solo consecuencia de un deber ético, sino, un deber espiritual. Cuando se interviene de manera abusiva la tierra, se dala a los ngen que habitan y mueven la naturaleza. Cuando se defiende un rio o una cuenca de agua, se defiende al ngen que lo habita. Del mismo, no todo lugar es apto para todo uso. Hay lugares rituales, que no deberían ser utilizados de forma urbana o productiva. Hay un lugar propio para construir viviendas, un lugar propio para plantar, etc. Eso tiene que ver con la armonía entre el paisaje y el hombre.


Mientras el mapuche se sabe configurado por el territorio y el paisaje, tratando de convivir en relación con el mundo que lo rodea, el mundo occidental se ha desarrollado bajo el paradigma de la dominación y el sometimiento. Es el hombre el que configura el paisaje y no al revés. Es la mano del hombre la que transforma todo, sin importar la armonía del mundo viviente. Así funciona nuestra sociedad capitalista.


El küme mongen mapuche implica otro modo de vida. Y es que su punto de partida es diferente. No parte desde el hombre, sino, desde el territorio habitado por espíritus y energías. Hay un mundo material, un mundo espiritual y un mundo energético. Es una nota antropológica común en los pueblos latinoamericanos. Así, la relación que se establece con el mundo es, de algún modo, más integral. No hay separación definitiva entre materia y espíritu. No hay lugar para una visión instrumental de lo viviente.


Es por eso que no se puede intervenir la naturaleza sin pedir permiso, porque el mundo circundante tiene vida, es una entidad con la que se dialoga. Del mismo modo, el rol de las y los machi es ritual, pero también medicinal. Las plantas ayudan al cuerpo, pero también a las energías y permiten que el espíritu se proteja o se libere de aquello que le hace mal.

De hecho, si hay algo central en la vida espiritual del mundo indígena, es la sanación. De ahí el valor de las propiedades medicinales de las plantas, de ahí la preocupación por el sano uso de la tierra, porque todo lo que atente contra la naturaleza, también afecta al espíritu humano y por lo tanto, al cuerpo, a la salud.


En efecto, dentro de muchos puntos comunes, el rol sanador de Dios resulta ser un lugar de encuentro entre dos espiritualidades distintas, pero complementarias. El mundo mapuche puede ayudarnos a recuperar la figura de Jesús sanador. ¿Cómo olvidar que la mayoría de los milagros de Jesús son sanaciones del cuerpo y el alma? Es una dimensión que hemos olvidado, a veces por el miedo a caer en lo mágico, en lo chamánico y otras por reducir la acción de Dios al mundo interior y restarle eficacia en el mundo material.


Jesús tenía rasgos de taumaturgo, de curandero, la teología actual lo reconoce. Es sobre todo en San Marcos donde esa dimensión sanadora se deja ver con toda su ritualidad. Jesús sana leprosos, sordomudos, ciegos. Pone barro en los ojos del no vidente, saliva en los oídos del sordo, etc. Si además agudizamos la mirada y entendemos que la expulsión de demonios también tiene que ver con el cuerpo, porque este se enferma a causa de la acción de los malos espíritus (otro punto de contacto con el pueblo mapuche) entonces podemos entender el rol ritual de las machi, la importancia de los rituales de la siembra, las rogativas alrededor del canelo, etc.


Si existe un mundo espiritual, entonces este debe tener una concreción material. Los espíritus y las energías actúan sobre lo material y la materia afecta los espíritus y las energías. Y es esto lo que nos recuerda el pueblo mapuche con su modo de vida. Nos ayuda a reconectarnos con el cuerpo, nos ayuda a pensar la salud mental desde sus efectos en el cuerpo y en la capacidad de ser plenos y felices. Nos puede ayudar a mirar a Jesús como el sanador de nuestra vida y a nosotros, sus seguidores, como seres sanados con vocación sanadora.


Demos gracias al pueblo mapuche, que nos ayuda a recordar el fondo espiritual de nuestra vida, de nuestras luchas, de nuestro mundo. Una ayuda que también exige apertura, libertad para transformar aquello que la propia sociedad occidental ha desfigurado de nuestra fe y a aprender cuestiones nuevas. También hay novedad en la fe de otros pueblos y es hora de aceptarla, aunque eso signifique transformar nuestra propia fe.

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