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¿Rasgamos vestiduras por todos los muertos?

Por: Antonia Monserrat Burgos, CVX Secundaria Hornopirén.


En distintos libros de la Sagrada Escritura aparecen relatos de personas que rasgan vestiduras ante situaciones que son indignantes, injustas o dolorosas. En los últimos días hemos visto cómo gran parte de los chilenos rasgamos vestiduras por la muerte de George Floyd, un hombre afroamericano que fue asesinado a manos de la policía. En los canales de televisón mostraban las imágenes de las diversas protestas en E.E.U.U., en las redes sociales circulaban cientos de imágenes negras con el hashtags #blackouttuesday, en nuestros hogares reflexionamos sobre el abuso de poder, la discriminación y el racismo.


Si bien nos encontramos al otro lado del mundo, sentimos mucha indignación por este asesinato, pero ¿por qué los chilenos no rasgamos vestiduras de la misma forma por la muerte de Camilo Catrillanca, Joanne Florvil, o por el asesinato del Werken Alejandro Treuquil?


La reciente muerte de Alberto Alejandro Treuquil Treuquil se enmarca en la persecusión histórica y sistemática por parte del Estado chileno al pueblo mapuche. El Low We Newen al que pertenecía Treuquil se encontraba situado por fuerzas represivas del estado chileno desde el 13 de mayo de este año. Treuquil fue baleado junto a otras tres personas (uno de ellos menor de edad); se está investigando a los responsables del asesinato. Pero pareciera que cuando se trata de una persona mapuche el chileno guarda silencio, en los canales de televisión casi no apareció la noticia de la muerte de Alejandro, en redes sociales pocas fueron las imágenes negras con la estrella de la bandera mapuche y con el hashtags #justiciaparaalejandrotreuquil, y la conversación en la sobremesa seguramente no ronda en torno a la persecusion que sufre el pueblo mapuche y en particular sobre esta muerte.

¿Por qué los chilenos silenciamos la realidad que viven los pueblo originarios? ¿por qué guardamos silencio sobre las condiciones de hacinamiento que sufren miles de migrantes? ¿discriminamos? ¿nos preocupamos de unos pocos? ¿somos racistas? La acogida que le damos a quienes llegan de E.E.U.U. o Europa ¿es la misma acogida que le brindamos a los venezolanos, haitianos o bolivianos?


Recordemos el trato que se le ha dado a algunas inmigrantes: Por un lado Joanne Florvil, mujer haitiana que fue brutalmente golpeada en una comisaría por funcionarios de carabineros, le negaron un traductor y el día 30 de septiembre de 2017 murió a causa de una golpiza que, según los uniformados, se dio ella misma. Por otro lado, Monise Joshep, también haitiana, murió esperando atención en un servicio de salud, a pesar de haber llegado con signos vitales bastante alterados. En cuanto a Rebeca Pierre, compatriota de ambas, habría muerto dejando a un hijo huérfano porque se le negó la atención en el Hospital Félix Bulnes, aun estando embarazada. Louis Fritzne fue apuñalado en el terminal pesquero de Lo Espejo por un compañero de trabajo mientras lo insultaba y nadie hizo nada al respecto. No olvidemos que hace tan solo unos meses se realizó en la capital una marcha contra los inmigrantes, organizada por movimientos de ultra derecha.


Las personas tenemos tendencia a señalar con alevosía los errores de los demás, pero ignoramos los nuestros por vergüenza o soberbia. ¿Por qué simplemente no tratamos a los demás –sin importar su origen– de la misma forma en que nos gustaría que nos traten a nosotros? Ah, qué cliché suena, ¿cierto? Es una frase que estamos constantemente escuchando desde pequeños por parte de nuestros padres, abuelos, profesores, etc. Pero si la escuchamos en repetitivas ocasiones, ¿por qué nos cuesta tanto acatarla? Creo que es una pregunta que no tiene respuesta concreta o, en su defecto, simplemente no tiene respuesta, ya que somos tantas personas con diferentes formas de razonar y pensar que sería casi imposible llegar a solo una conclusión. Pero sería tan fácil como respetar a nuestro prójimo, porque es solamente eso lo que debemos hacer. No suena tan difícil, ¿cierto?

Sentémonos un momento en nuestro hogar y pensemos qué haría Jesús en nuestro lugar: ¿cómo actuaría él con las personas provenientes de África o de nuestros países vecinos? ¿ayudaría él a las personas de Haití para entender nuestro idioma? ¿se burlaría de la forma de vestir del mapuche? ¿discriminaría a personas que solamente vienen a buscar una nueva oportunidad para sus familias? ¿se reiría de los chistes racistas y xenofóbicos que realizamos? Esta violencia la vemos desde niños. De manera personal veo que se ha normalizado por años la discriminación desde los mismos colegios.


Yo creo firmemente que Jesús nos llama a ser jóvenes cristianos “jugados” por los más necesitados, él espera que llevemos adelante la bandera de lucha de tantos discriminados y silenciados de nuestra sociedad. Jesús nos enseña a amar, y este amor significa ser concientes de que todo ser humano sólo por el hecho de serlo, posee una dignidad, y esa dignidad la debemos cuidar y defender. De eso se trata comprender que todos somos hijos de Dios y que, por ende, todos somos hermanos.


Probablemente Jesús también rasgaría vestiduras por las muertes de Camilo, Alejandro, Joanne, Monise, Rebeca y Louis. Se indignaría y nos llamaría la atención con la misma pasión que mostró al expulsar a los mercaderes del templo. Esa humanidad de Jesús es la que debemos imitar como sociedad, apoyando, ayudando y defendientdo a todas las personas por igual, porque aquí nadie es mejor que el otro y nadie vale más que el resto.


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