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¿Qué decir?

Por: Vicente Jaramillo.


¿Qué decir a estas alturas? “¡Y si después de tantas palabras / no sobrevive la palabra!”, como nos profetizó Vallejos hace muchos años. Pareciera que debiese imponerse solo el silencio o la más completa indiferencia: “ah, se volvió a quemar un edificio; volvieron a pegarle a algún paco; otro más que perdió un ojo; la lucha continúa, no importan las víctimas, solo la lucha; todo es un complot de la izquierda radicalizada; fachitos pobres que no quieren perder sus privilegios; fuego a la yuta, ACAB, 1312; hay que matar a todos estos comunachos flojos”… Y de nuevo Vallejos: “¡Más valdría, en verdad, / que se lo coman todo y acabemos!”. ¿Qué decir?


Callar. La opción que muchos han tomado estos días, cansados de la verborrea asfixiante y brutal de Instagram, Facebook y uf… Twitter. Callar. Como lo ha hecho la Iglesia de un modo casi pornográfico, porque, ¿qué diría?, y si dijera algo, ¿quién la escucharía? Callar. Los que han seguido sus vidas como si nada pasara entre carretes, piscolas, trabajo, universidades, matrimonios, eventos y viajes. Callar. Los que – aun reventando sus redes sociales con sus opiniones – han callado la verdad de los demás. Callar. Todos nosotros sordos y ciegos que aun callando no sabemos escuchar.


¡Escuchar para recuperar la palabra, para poder volver a hablar! Escuchar que no es solo oído, sino piel, anteojo, lengua. Y así dejar de llenarnos de esos verbos baratos que se venden al por mayor en las paredes de la capital; empalagarnos de los sustantivos de la dulzura, la caricia, la ternura. Escuchar para reencontrarnos con la belleza del mundo y su herida de amor como diría la Mistral. Esa belleza que es esquiva, llega a ratos, casi nunca y medio tarde, pero que una migaja suya salva vidas y devuelve la dignidad. Esa belleza por la que uno se desvela, esa que se cultiva y trabaja, esa que se mendiga.


Y ella no es una idea abstracta ni una excusa para tapar todos los males sociales, políticos y de violencia de estos días. No, es mucho más que eso: es la canción precisa susurrada al oído, tarareada entre los bocinazos y las sirenas; es el atardecer rojizo sobre las montañas y la ciudad; es un jilguero bailarín cantando entre el cemento; es el niño riendo y jugando en el metro; es la noche estrellada que ningún incendio puede apagar; es la luna llena de estos días con un peumo al viento danzando sus hojas; son los cuentos y las risas, la sobremesa familiar. Es también el mar subiendo y bajando como un beso a la tierra; la curva de las caderas juntándose en una salsa al compás; un poema de Neruda bien declamado, de esos térreos y salinizados; la mirada de un amigo mientras la cerveza ya se acaba. ¡Porque de esos momentos vivimos!


Pero no sé si queremos encontrarnos con ellos en las grandes alamedas: fijarnos en los agapantos floreciendo, en las flores del laurel rosadas y blancas, las buganvilias estallándonos en la cara, los jacarandás haciendo su adviento, las añañucas y las macayas escondiéndose en los cerros.


Porque solo la belleza puede llegar a ser la paz de los enemigos, la alegría de los despojados, la empatía de los que están cómodos, la canción de los desesperados. Es la esperanza en medio de la oscuridad de la noche, Dios mismo escondido entre tanto polvo, sudor y llanto. Y dicen que Él no abandona, que sigue por ahí: habrá que buscarlo, levantar piedras, mover muros, abrazar desconocidos; pero está, existe. El punto es que no hemos querido mirarlo, porque estamos ciegos. Y tampoco hemos sabido escucharlo.


Suena a palabrería linda y floreada que dice poco y lo evade todo, pero es justamente lo contrario. Porque si Chile dormía y despertó a una pesadilla, ¿para qué despertar? Si salimos a la calle y lo único que miramos son seres decadentes, enfermos, injustos y depravados, ¿para qué avanzar? Si la vida es solo una gran mentira, una enfermedad, una depresión constante y sinsentido, ¿para qué continuarla? Si la naturaleza es solo una burla de lo que podría ser, y en ella ya no nos sentimos cómodos ni acogidos, ¿para qué la queremos? Al final, si la vida no es bella, ¿por qué hacer algo para mejorarla?


Y es que las cosas no son tan absolutas ni negras como a veces nos las pintan e incluso en el tirano hay algo de cómico, en el estafador algo de infantil, en el abusador algo de inocente. ¡Porque en todos lados hay belleza, en todos lados se puede encontrar a Dios! Y entre tanta palabra enredada, entre tanto video decadente, entre tanto grito y conchesumadre, sigue habiendo belleza, sigue habiendo esperanza, sigue habiendo algo que decir. Algo, aunque sea poco, como estas palabras. Algo, aunque sea un niño sin casa naciendo en un pesebre.


Y ese Dostoievsky que hace un par de siglos decía que “solo la belleza salvará al mundo”. Tal vez tenía razón.

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