• Tiempo Magis

Una vez en el pesebre

Por: Cristián Viñales sj


En el n°114 de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola nos invita a contemplar el pesebre de Belén, haciéndonos como un “pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos y sirviéndolos [a María, José y al Niño] en sus necesidades como si presente me hallase.” Es decir, el santo nos propone contemplar el pesebre, no como quien toma palco y distancia, sino reconociéndonos parte e implicados en lo que allí acontece. He querido entonces, asumir el desafío que nos propone y compartirles lo que ha sido, la experiencia de estar un ratito dentro del pesebre.


Una vez en el pesebre, no hay mucha luz, un par de velas parece ser todo. El lugar no es muy amplio, tampoco alto, debo inclinarme para caminar. En un rincón descubro a la joven pareja, la angustia y el cansancio los parecen acompañar. Al intentar aplicar los demás sentidos, mi piel queda expuesta al frio de la noche, en cuanto al olor, la presencia de los animales y al querer escuchar siento el murmullo del dolor digno de María y la fidelidad de José. Rápidamente me doy cuenta que el pesebre es un lugar increíblemente incómodo para estar. Rápidamente, el nacimiento de Jesús ha quedado despojado de cualquier fantasía barroca.


Una vez en el pesebre, como me sugiere Ignacio intento colaborar, pero no veo muchos paños limpios y el agua es escasa, entonces, con algo de lucidez, decido tomar la mano izquierda de María, quedarme a su lado e intentar no estorbar. Recuerdo el villancico que entona: “Noche de paz, noche de amor”, percibo la radicalidad del amor mutuo en aquella pareja, se siente el amor ansioso de una madre por el hijo que ya viene, pero ¿paz? Más bien silencio y soledad. El parto no se hace esperar. Lágrimas y temor en ambos, yo con ellos, impotencia e inquietud para el rostro de José, dolor y sangre para María. De pronto, el niño en sus brazos, es varón, parece sano, nada más importa y ahora sí: Paz.


Una vez en el pesebre, movidos por una ilusión llegan los pastores, me permito ver pastoras también, gente del corazón de Israel, sus rostros gastados por una historia desconocida para mí. A otro lado, de lejana procedencia, guiados por la ciencia, llegan los famoso reyes magos, descubro: ni reyes, ni magos. Se torna evidente la diversidad en el lugar, pobreza y riqueza, nacionales y extranjeros, judíos y paganos, escépticos y creyentes, reunidos allí. De pronto también veo a los animales, sonríen junto a los demás, son parte, en aquel mezquino pesebre converge alegre toda la creación.


Una vez en el pesebre, me pregunto ¿Por qué Dios quiere nacer aquí? Miro a los pastores y algo voy comprendiendo, el nacido es uno de ellos, parido desde las entrañas de un pueblo peregrino, pobre y olvidado. Su nacimiento allí es un acto de justicia, concreción de una promesa, esperanza sostenida en los pesebres del mundo, entonces, veo a los otros visitantes y entiendo que ese niño además es patrimonio universal. Siento una alegría profunda, por mi Dios contracultural. Elije lo débil, elije lo pobre, elije nacer en medio de extranjeros, elije la suerte de los sufrientes, elije los lugares en los que nadie quiere estar.


Una vez más en el pesebre, mis quejas se diluyen. Resuenan como nuevas las palabras de Ignacio: … mirándolos, contemplándolos: me siento invitado a descubrir y gozar el misterio de un Dios que irrumpe, como esperanza sostenida en medio del dolor y la oscuridad. Luego: sirviéndolos en sus necesidades: yredescubro mi lugar, ser instrumento de justicia y paz como esclavito indigno en los pesebres de mi sociedad.