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Sobre el origen de la violencia

Por: Cristián Viñales Sj.


Hace algunos años, en la Residencia SENAME que acompaño, luego de ser testigo de una fuerte pelea entre dos adolescentes y de haber intentado intervenir recibiendo patadas y salivazos, tuve una interesante conversación con la psicóloga del lugar. Ella sostenía que, para solucionar sus dificultades, la violencia siempre es el último recurso, sin embargo, ellos son constantemente violentos, justamente porque carecen de recursos. La violencia y los abusos en la primera infancia, se ha transformado en un medio válido para la supervivencia, era lo que veían y escuchaban, era aquello que padecían todos los días. Lo que a ella le correspondía hacer, es respetar al adolescente en medio de su propia violencia, la que esconde y lastima la verdadera humanidad. Entonces, la violencia siempre es entendible, cuando hacemos el esfuerzo de descubrir, más allá del gesto, el silencioso clamor que oculta.


El hombre es un lobo para el hombre”. En su obra El Leviatán (1651) Thomas Hobbes nos deja una de las líneas más conocidas en la historia de la filosofía política. En su estado natural el ser-humano establece una la lucha continua contra su prójimo, que se funda en el egoísmo, el miedo y la supervivencia. El único modo de romper esta situación, es el uso de la razón, que da origen al contrato social. La sociedad sería un momento segundo y el Estado resultante (Leviatán), el garante de la libertad y la propiedad individual, que de otro modo no es posible sostener.


Es a partir de los fundamentos puestos por Hobbes, que comienza a forjarse rápidamente aquello que conocemos como liberalismo y todas sus desviaciones posteriores. Entre las críticas a este filósofo, se suele mencionar que: el estado de naturaleza propuesto, solo existe en cuanto esfuerzo intelectual, pues el ser-humano situado, como los niños de la residencia, aún en su desarrollo más rudimentario, se presenta como ser-en-relación, de modo que la violencia es el momento segundo a la sociedad y no al revés. En simple: Para ser un niño violento, necesariamente primero fui niño en medio de otros.


No se debe celebrar la violencia de quienes, por estos días, en sus actos vandálicos, perjudican a los más pobres y opacan la lucha legitima del pueblo. Lamentablemente todo esto desvía el foco de quienes están en posición de tomar decisiones y retrasa los diálogos verdaderamente importantes. Sin embargo, estos comportamientos no deben ser entendidos como expresión de una naturaleza humana egoísta, al estilo Hobbes, sino como signo y resultado del daño profundo que la experiencia de vida en sociedad ha provocado. Entonces, para detener la violencia, necesariamente hay que enfrentar la abusiva inequidad estructural en que se funda:

“Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz.” (Evangelii Gaudium, 59)

Ahora ¿Qué entiende nuestra sociedad por violencia, cuando hay un sector de la población etiquetado como “violento” y otro sector que se percibe a sí mismo como los protectores de la sociedad? El Retail ha exterminado a los pequeños comerciantes, la minería y su uso indiscriminado de agua ha hecho desaparecer la pequeña agricultura, las AFP, las colusiones de las farmacias, las clasecitas de ética, el acceso a la salud, suma y sigue ¿No es esto violencia? O ¿Solo es violento aquello que no está amparado por la ley? No es considerado saqueo cuando la minería acaba con los ríos de todos los chilenos, pero si lo es, cuando masas de personas abordan un supermercado. Pretendo relevar la perversión y parcialidad de la ley, que califica de insurrectos a unos y macroempresarios a los otros, quienes además tienen influencia directa en la elaboración de la ley, cobijando la inequidad en las raíces de la sociedad.


Esta inequidad estructural, ha permeado la economía, la salud, la política y toda la vida social. Las relaciones sociales protegidas por la ley, perpetúan un estado de dominación de los pocos poseedores del capital sobre la gran mayoría trabajadora, tanto así, que, durante mucho tiempo, atrapados en un pacto social malamente construido, los ciudadanos hemos incluso ejercido una violencia silenciosa hacia nosotros mismos, donde la libertad se ha puesto a disposición de las demandas del capital, es decir, el consumo. En esta lógica, yo mismo creo ser el responsable de mi imposibilidad de consumo y esto es confirmado por los estímulos que me entrega la sociedad constantemente, que idealiza al sujeto exitosamente consumista. Es entendible entonces que esta explosión social tome en los saqueos, el horrible rostro del consumo desesperado y enfermo.


Hoy parte importante del pueblo de Chile, se para frente al Leviatán, gritando con fuerza y lucidez ¡Tú eres el responsable de la violencia que padezco! Los chilenos víctimas de la propia sociedad que se ha juramentado protegerlos, cansados de tanto, están dispuestos a asumir los riesgos y dolores de parto, para que pueda nacer una paz verdadera, que brota de la justicia y la equidad, que solo serán posibilitadas en un nuevo pacto social. Hoy, quienes han aguantado todo tipo de vulneraciones, para luchar apelan a aquello que no le adeudan a nadie, no se consume, Dios regala y jamás se les quitará: la Dignidad.