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La Iglesia y los micromachismos: nuestro rol como mujeres laicas

Por: Loreto Drogett


Durante muchos años he participado en una iglesia que ha sido como mi segundo hogar. En ella, he vivido diversos momentos que han influido en mi espiritualidad, incrementando mis ganas por llevar a cabo todo lo que Cristo nos enseña día a día. Sin embargo, hubo un momento en que, desde mi experiencia, pude sentir lo internalizada que está la cultura machista en la iglesia, sintiéndome negada por el sólo hecho de ser mujer. Sentí como mis ideas no eran tomadas en cuenta, pero que al momento en que un hombre la repitiera, era aceptada de inmediato. Cómo nos comentaban sobre nuestra vestimenta, sobre ese “short muy corto” o “ese escote muy pronunciado”. Cómo debíamos escuchar consejos de cómo actuar ante los demás, ser señoritas y mantenernos al margen, además de recalcarnos la idea de “madre y esposa”, como algo único a lo que debemos aspirar en la vida.


Todo esto comenzó a hacer ruido en mi cabeza, no entendía cómo, en un lugar donde siempre hablamos del amor al prójimo y el bien común, se daban ese tipo de situaciones hacia nosotras, tan injustas, tan desiguales. Llegué a la conclusión de que todo esto surge en base a los “micromachismos” que normalizamos y pasamos por alto desde la cotidianeidad. Actos que están profundamente internalizados en la cultura, pensamiento y costumbres de la sociedad, que dejan ver la dominación que, históricamente, han impuesto por sobre nosotras, dejándonos al margen de todo lo que tiene que ver con la toma de decisiones o bien, la participación en los espacios de poder por el hecho de ser mujeres. Estos actos, además, dan a conocer el privilegio que se les otorga a los hombres, ya que, querámoslo o no, tienen mayores facilidades al momento de expresarse y decidir.


Es este motivo el que me incentivó a cuestionarme todo aquello en que nos hemos basado al momento de construir nuestra iglesia, quedando nosotras siempre al margen o bien, siendo exclusivamente “madres” o “esposas” con tal de cumplir el rol que se nos asigna. Nos anulan. Nos ignoran. Nos minorizan. Y ya es suficiente.


Creo que es momento de comenzar a formar una iglesia desde la equidad, en todos sus aspectos. Es necesario que a las mujeres se nos afirme por lo que somos: personas en igualdad de derechos, que queremos dar nuestra opinión desde nuestra perspectiva y que esta debe ser incluida en los distintos espacios de poder. Merecemos ser reconocidas dignamente, sin distinciones de género, cuerpo u orientación sexual: por lo mismo, es necesario afirmar, también, que nuestros cuerpos deben ser respetados y que somos libres de decidir. Creo que tod@s dentro de la iglesia deben cuestionarse su posición en ella, desde los más altos mandos hasta cada uno en su propia comunidad, con tal de desarrollar ese espacio de justicia e igualdad que tod@s esperamos formar.


La Iglesia somos todas y todos, y no está de más recordar, que Dios también es mujer: somos parte de su creación, a su imagen y semejanza y, por lo mismo, debemos caminar junt@s desde la dignidad, la diversidad y la igualdad de derechos y condiciones en todo ámbito, para así construir una iglesia que nos acoja a tod@s, tal como habría hecho Jesús.