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María, ¿ícono feminista?

Por: M. Soledad Del Villar, teóloga.


Como todos los años, la comunidad católica se prepara para vivir el tradicional Mes de María. Un mes completo en que celebramos a la mamá de Jesús, quizás la santa más venerada en el Cristianismo. Una de las características de este mes, es que promueve un tipo de oración eminentemente laical. Son laicos, y especialmente mujeres laicas, las que sostienen la celebración del mes de María en casas y colegios, capillas y parroquias. Algo de María atrae a las mujeres, que las hace reunirse, orar, y celebrar. Sin embargo, la figura de María y su culto esta atravesado también por conflictos y ambigüedades. No todas las mujeres nos sentimos cómodas celebrando a la Virgen-Madre. Especialmente después de estos años de despertar feminista, nos preguntamos si Ella es aún un modelo para nosotras.

¿Puede la mujer mas exaltada de la historia de la Iglesia ser un icono feminista? Sí y No. Comencemos por el No. Para muchas mujeres la María de los altares es un modelo problemático. Ella es Virgen y Madre, un imposible biológico para cualquier mujer. Los dogmas marianos dicen que mantuvo su virginidad antes, durante, y después de parto. Se casó, pero nunca tuvo relaciones sexuales. Parió, pero sin dolor. También dicen que María es el único ser humano libre de pecado original. Que no murió, sino que ascendió directamente a los Cielos. Para proteger la divinidad de Jesús, se ha elevado la humanidad de María, hasta hacerla irreconocible como mujer. Un simulacro, una mujer con un cuerpo de yeso, siempre virgen, siempre joven, impoluta, perfecta. Hemos caído en una especie de docetismo Mariano, que exalta demasiado a la Reina de los Cielos, hasta hacernos perder a María, la humana, la mujer. Y al hacerlo, convertimos a María en un modelo inhumano para las mujeres. Inhumano porque limita nuestra sexualidad a la maternidad como único destino. Inhumano porque nos distancia de nuestro cuerpo tal como es, con sus ciclos, sus dolores, sus placeres y sus gozos. Inhumano, porque nos roba de la humanidad de María, para convertirla en un ideal inalcanzable, sometida al deber-ser de distintas sociedades patriarcales.


No obstante, las mujeres de fe nos resistimos a quedarnos solamente con el simulacro. Sabemos que detrás de la exaltada María de los altares, se esconde la mujer de carne y hueso, nuestra hermana, que vivió y sufrió lo que viven y sufren tantas mujeres de pueblo.

Esa María cercana sobrevive bajo los mantos y coronas, como la mujer decidida, que en lo íntimo de su cuerpo y corazón, quiso decirle Sí al Dios de la Vida. Esa María, la joven madre soltera acogida por José, la valiente mujer que se aventura sola en los caminos de Galilea para acompañar a su prima Isabel. La que le enseño a Jesús a creer y predicar a un Dios “que derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes.” La mujer que junto a su hijo convierte el agua en vino, invitando a la fiesta. La que permanece al pie de la cruz y espera esperanzada la resurrección. La que abre espacio una y otra vez al Espíritu-Ruah, para que actúe con su fuerza salvadora y liberadora en medio del mundo. Esa es la mujer que la religiosidad popular celebra y exalta, la mujer a quien podemos confiarle tanto nuestras alegrías y esperanzas como nuestras penas, dolores y vergüenzas. Esa mujer, sin duda, puede ser todavía un ícono para tantas mujeres que hoy buscan liberarse de las cadenas del deber-ser patriarcal, y encontrar caminos de humanización para ellas y para los demás.


María puede ser entonces un ícono feminista, si seguimos la invitación de Gabriela Mistral, que nos invita a mirar a María bajar desde las congeladas alturas en la que la hemos situado, para que como el agua, haga fértil el valle de nuestra vida.


Ha bajado la nieve, divina criatura, el valle a conocer.

Ha bajado la nieve, mejor que las estrellas. ¡Mirémosla caer!

Viene calla-callando, cae y cae a las puertas y llama sin llamar.

Así llega la Virgen, y así llegan los sueños. ¡Mirémosla llegar!

Ella deshace el nido grande que está en los cielos y ella lo hace volar.

Plumas caen al valle, plumas a la llanada, plumas al olivar.

Tal vez rompió, cayendo y cayendo, el mensaje de Dios Nuestro Señor.

Tal vez era su manto, tal vez era su imagen, tal vez no más su amor.



Que María, verdadera hermana nuestra, mujer de carne y hueso, siga señalándonos el camino que conduce a nuestra dignidad y liberación. Que con ella aprendamos a seguir a su hijo Jesús, con la valentía, alegría y rebeldía necesarias para seguir buscando en nuestra historia el Reino de Dios y su justicia.


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