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Al lado del camino


Por: Cristián Viñales SJ


Hemos visto más de una vez y desde distintos ángulos, el vídeo que nos muestra a un joven, de 16 años, siendo arrojado desde el puente Pío Nono al río Mapocho, también las fotos que lo exponen inconsciente en las aguas del río. Pese a que nos hemos ido acostumbrado a la violencia, lo que veíamos parecía más propio de una partida de Fortnite o Free Fire que la vida real. En Instagram, Facebook y Twitter, se multiplicaban las imágenes.


Experimentamos preocupación, consternación y rabia por lo sucedido, sentimientos genuinos y esperables, qué duda cabe, aunque muchas veces puedan ir acompañados de una cuota de morbo o atracción “pornográfica” a la violencia.


Hoy sabemos que quien empuja a la víctima es otro joven, un poco mayor, 22 años, un carabinero que cumplía labores de represión, ordenadas probablemente por un oficial desde la tranquilidad de su oficina. Aunque coherente con la historia de nuestro país, resulta paradójico que quienes tienen la facultad de dar las ordenes, quienes hacen las interpretaciones oficiales de los acontecimientos, quienes tienen en su poder el dar curso a las demandas del pueblo, en ningún caso son quienes pisan la “arena” que hoy por hoy es plaza de la Dignidad. Lamentablemente, estos carabineros, sin muchos recursos para la paz, educados en la violencia, en gran medida también son víctimas, al mostrarse sin mucha opción, como lacayos de una porción pequeña de la sociedad. Hoy vemos que el joven carabinero, responsable inmediato de su actuar, está siendo juzgado, como corresponde, por un tribunal. Mientras podemos seguir preguntándonos ¿Dónde están los verdaderos responsables?


El gendarme mal pagado recibe el golpe del privado de libertad, el carabinero raso recibe el piedrazo y la cajera explotada los insultos del consumidor estafado. Así, en algún momento de nuestra historia, el pobre terminó dando la cara en nombre de quien la fue ocultando ¿En nombre de quién, la cajera recibe los insultos? ¿En nombre de quién el carabinero golpea y empuja a su vecino? A primera vista me resulta tentador identificarme con las víctimas, quizás, porque en el fondo me aterra el murmullo que delata mi presencia cómoda y escondida tras del rostro valiente de los pobres. Quizás por eso me siento tentado a compartir compulsivamente estas imágenes, como queriendo gritarle al mundo: ¡Soy del bando de los buenos! ¡Por favor, no vayan a pensar lo contrario! Esta violencia burda que vemos en las redes, violencia con nombres de víctimas y victimarios, ciertamente amerita nuestra preocupación, pero no puede transformarse en la cortina de humo que nos distraiga de la violencia estructural y de nuestra participación en las soluciones.


En medio de todo esto, que estamos viviendo como país ¿Qué actitud podemos tomar nosotros/as como cristianos? El Papa Francisco en la recientemente publicada Encíclica Fratelli Tutti, ocupando la imagen que nos regala la parábola del Buen Samaritano menciona algunas pistas, nos dice: “La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos. Enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo […] todos tenemos algo de herido, algo de salteador, algo de los que pasan de largo y algo del buen samaritano.” Probablemente todos creemos o queremos ser el buen samaritano, pero sabemos que no es tan así, que los personajes conviven en constante tensión en nuestra conciencia. Sin embargo, ante el sufrimiento del caído, simplemente hay dos tipos de personas: “las que se hacen cargo del dolor y las que pasan de largo”. Creo que podemos descubrir infinitas, sutiles y online versiones actuales de: “pasar de largo”, con elaboradas justificaciones, igual que los sacerdotes de la parábola.


Como el herido, al costado del camino, el joven arrojado del puente, es el signo visible de la desidia social y política donde los conflictos y saqueos van dejando marginados. Jesús apela a lo mejor del espíritu humano, a una respuesta que brote desde el amor, que nos mueva a dejarnos interrumpir por la necesidad del otro, entregando, como el buen samaritano, nuestro tiempo, dones y recursos, por la construcción de una sociedad digna, sin esperar que sea otro quien se detenga, sin juzgar desde lejos a quienes no se detuvieron, sin hacer porno del hermano caído, simplemente dejando emerger con fuerza, un criterio fundamental, la vocación común: La humanidad. El buen samaritano justo iba pasando por allí ¿Fue suerte? ¿Coincidencia? No sabemos y tampoco importa, porque todos los días nosotros podemos preguntarnos ¿Por dónde voy pasando? ¿A quiénes veo heridos al lado del camino? ¿Qué actitud voy a tomar?



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