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Khristian Briones: Una historia de inserción en un país de prejuicios

“Tenía doce años cuando empecé a ir al pool. Al principio era solo para jugar, esperaba a que se curaran los adultos para ganarles”. Así comienza su relato Khristian Briones. “Un día, cuando estaba jugando me ofrecieron, la probé y me gustó”, y desde ese día comenzó a consumir Pasta Base, “y ahí me cambió la vida altiro”, agrega.


Desde ese punto, y con trece años, comenzó una historia de delincuencia, violencia y drogas que lo hicieron pasar por el Sename y la cárcel, pero que hoy, veinte años después, lo tiene como director de la Fundación Dimas, que busca insertar a ex internos en la sociedad, para que no tengan que seguir viviendo lo que una vez él vivió. Esta es su historia.


“Mi historia es muy parecida a la de muchas personas que están en la cárcel, a la gran mayoría”, recuerda Khristian. Tenía menos de un año cuando fue abandonado por su padre, del cual nunca más tuvo recuerdos. Su madre, meses después, encontró trabajo en el sur y tuvo que partir. Quedó a cargo de sus abuelos.


Infancia Por razones que no entiende muy bien aún, cuando entre 6 y 7 años decidieron irse de la población donde vivían, a la media agua de una tía, cerca de Lo Valledor. Era un ambiente precario, muy violento y con harta delincuencia, y como recuerda Khristian, este fue el primer lugar en el que vio a personas robando, frente a él.

Como relata, cuando pasaban los camiones con verduras, las personas del campamento se lanzaban a sacar cajas de verduras, y viendo eso comenzó a entender que, “la delincuencia empezaba por carencia, por la desigualdad, por la pobreza, por falta de alimentos”, y por eso años más tarde lo comenzó a replicar. Menos de un año estuvieron en el campamento cuando volvieron a la población de la que provenían. En ese lugar, y ya con catorce años, Khristian cayó en la pasta base, y desde ahí su vida “cambió altiro”, recuerda. “Empecé a robar para conseguir más droga. Conseguirla era fácil, pero hacer la plata para comprar era lo difícil. Al principio robaba espejos de micro y después los vendía, pero después fui aprendiendo y me empecé a meter dentro de las micros”, relata Briones.


Caer en la droga fue sinónimo de estar todo el día en la calle. Sus abuelos, con el tiempo, se aburrieron de buscarlo y se hizo normal que durmiera fuera de la casa. “Al principio me daba miedo la calle, robar, pero con la necesidad de conseguir más droga se me quitaba todo”. Uno de esos días, mientras caminaba solo por la calle, aparecieron dos carabineros y “me agarraron para darme ´protección’, se supone, y ahí ingresé por primera vez al Sename”.

Sin embargo, esa primera vez no duró mucho. En menos de una semana ya había vuelto a la calle. Su hermano, ya había estado en el Sename, sabía cómo salir, así que cuando se encontraron dentro del centro, de inmediato comenzaron a elaborar su plan de escape.


Durante los siguientes dos años, Khristian pasó más de quince veces por centros del Sename. Según su relato, más que ayudarlo “me enseñaron la delincuencia, me hice violento, porque los problemas los arreglaban a puros combos. En el Sename yo aprendí a ser choro”.


Juventud


Cumplió 16 años y los centros del Sename comenzaron a quedar atrás. Su edad significaba entrar a centros de reclusión, “como una cárcel, pero para menores de edad”. Cambió el lugar, pero no la dinámica. Se siguió escapando, lo siguieron agarrando. Así llegaron los 18 años, edad en que finalmente podría entrar a la cárcel. Paralelamente el nivel de los delitos también se había elevado. De las micros había saltado al robo de autos.


Fue en uno de esos asaltos, manejando un auto recién robado, con el conductor en el maletero, cuando en el espejo retrovisor comenzaron a asomarse luces de patrulla que lo perseguían. Un par de choferes de micro, que estaban en el semáforo donde Krhistian y su compañero ejecutaron el hurto, avisaron a carabineros. “Mi compañero alcanzó a arrancar, pero yo no. Me agarraron y caí preso por primera vez”. Al igual que en el Sename esa primera vez no duró mucho, pero esta vez no arrancó. Un escrito bajo fianza fue la llave para salir.


Pero su vida no cambió. En menos de un mes ya estaba preso de nuevo por un delito similar. En esa ocasión le englobaron ambas causas y pasó siete años en la cárcel. En ese reingreso se dio cuenta de que era un ambiente conocido. Se reencontró, incluso, con ex compañeros del Sename y lo que conoció durante los años en los centros. Todo eso le ayudó a instalarse rápidamente como el “jefe” de la calle 15 de la Penitenciaría.


“Era un contexto muy distinto, mucho más violento y yo, como era choro, tenía que demostrarlo peleando”, recuerda. Esa actitud le valió terminar con más de 20 puñaladas, y más de un 30% de su cuerpo quemado, por una molotov que entró a su pieza. En ese ambiente, además, probó drogas que no había consumido. “Probé el crack, me inyecte a la vena drogas que no tenían ni nombre, todo eso por doquier dentro de la cárcel”.


Tras cumplir los siete años de condena volvió a su casa, a su población y a los lugares donde había comenzado a consumir, pero con una idea diferente. Tenía ganas de cambiar, quería trabajar. “Pero me di cuenta de que no podía trabajar casi en ningún lugar porque tenía antecedentes. Intenté limpiarlos, pero al final siempre faltaba algo, me peloteaban de aquí para allá, y me frustré”.


Esa frustración, que fue creciendo durante tres meses de búsqueda, derivó en lo mismo de siempre. Khristian volvió a robar y ahora con nuevas técnicas. Sus años en la cárcel no solo le dieron popularidad, sino también nuevos conocimientos que ahora podía poner en práctica. Y así lo hizo.


Dos años tardó en volver a caer preso. El ambiente en la cárcel era casi el mismo de antes. Casi, porque a las drogas y las peleas se sumó un cambio que sería trascendental.

Conociendo el apodo de “el jefe” que tenía en su calle, el Padre Nicolás Vidal sabía que tenía pedirle permiso a Khristian para ingresar. Este accedió y a través de unos cigarros o un poco de plata, el religioso comenzó a ganar la confianza de Khristian y de otros internos.

En poco tiempo, Briones ya ayudaba al padre Nicolás en la organización de la misa y de las confesiones. Se había acercado a la fe. Fue la primera vez, según él mismo relata, que alguien entraba a preguntarles realmente cómo estaban. Recién cuando salió de la cárcel lo valoró.


Adultez


“Entonces, una vez que salí en libertad, lo empecé a buscar. Yo sabía que tenía una fundación, y sabía que no iba a poder solo, así que fui por su ayuda”, relata. Y lo encontró, comenzó a trabajar haciendo aseo en las oficinas de la fundación.


Las cosas avanzaron rápido. Mientras trabajaba conoció a su pareja, con quien se casó y tuvieron una hija, luego comenzó a trabajar en el mismo supermercado que ella y empezaron a vivir juntos. Todo iba bien, pero no por mucho tiempo.


Un año llevaba trabajando en el supermercado, cuando lo invitaron a una fiesta, y por la presión de sus amigos, y sus ganas de probar de nuevo, volvió a consumir drogas. De ahí en adelante, todo se fue en picada. Usó todos los recursos que tenía para conseguir más droga, llegaba tarde al trabajo, se despreocupó y lo terminaron despidiendo.


Pero un día, como dice, le llegó “una señal”. “Estaba en mi casa pegándome un pipazo de droga, mientras cuidaba a mi hija de un año. En eso boto el humo y siento que me abrazan las piernas, entonces veo como me miraba mi hija, y esa mirada me caló profundamente”. En ese instante se dio cuenta de que la droga, esa que cuando pequeño lo llevó a robar micros, “no me estaba dejando ser un buen papá, una buena pareja, un buen hermano”. Le pidió a Dios que lo ayudara a salir de ahí.


En esa oración recordó al padre Nicolás, y decidió buscarlo. “Quiero cambiar, quiero dejar la droga, es lo que no me permite salir adelante”, le dijo Khristian al Padre, y desde ahí, y durante un año, se internó en un centro de rehabilitación. Estaba tan sumido en la droga y en la “cultura delictual” que recién en ese lugar se pudo dar cuenta de que tenía inteligencia, iniciativa y liderazgo, “porque estaba lúcido, y me pude descubrir como persona”.


El resto de la historia avanzó rápido. Salió del centro, comenzó a trabajar, terminó cuarto medio e incluso estudió técnico en trabajo social. Comenzó a dar charlas en colegios, instituciones, y se hizo cargo de un taller dentro del centro penitenciario, el mismo donde años antes estuvo preso.


Las cosas se fueron dando y se comenzó a dar cuenta de que su caso era muy poco común, que era muy difícil salir de la “cultura delictual” que existe dentro y fuera de la cárcel. Una cultura que incluye normas, códigos, formas de actuar, un idioma, costumbres, todo. Y ahora Khristian quería ayudar a romperla.


Por eso es que hoy es el director de Fundación Dimas, que tiene como fin insertar a ex internos a la sociedad, a través de capacitaciones, puestos de trabajo y un seguimiento constante con la familia y el entorno. ¿Por qué inserción? “Porque estamos tratando con personas que nunca han estado insertas en la sociedad, que nunca han trabajado, que no tienen ni siquiera carnet. Son personas a las que hay que entregarles las herramientas que no tienen, y para ello hay que desculturizarlos de lo único que conocen, que son las drogas, la violencia y la delincuencia”.


Por eso es crítico en decir que esta idea, en Chile, no está siendo ocupada. “Nadie le dice a un ex interno: oye, tú eres parte de esta sociedad, tú tienes derechos, tú eres chileno, tú vales”, y por eso mucha gente se frustra y sigue delinquiendo, porque hoy, como asegura, el país se ha transformado en una sociedad vengativa, “que solo es capaz de cerrarle las puertas a quienes salen de la cárcel”.


Porque, como dice, “¿qué hace la sociedad? La sociedad invierte en cámaras, rejas, alarmas, más cárceles, ¿y vemos que la delincuencia baja? no, no baja, solo aumenta. La seguridad aumenta el delito, no la delincuencia”. Y por lo tanto, para él, la solución para combatir la delincuencia está en sacar al delincuente del círculo en en el que está.


Y, ¿cómo sacarlo de ahí?, para Khristian la respuesta es simple, y hoy con su fundación, y viendo su historia en retrospectiva responde: “con oportunidades, es la única forma de que la delincuencia no se arraigue, no se replique, y no aumente. Y eso, es responsabilidad de todos”.


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