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Más allá de los muros


Por: Ignacio Tobar, voluntario en la cárcel


Quienes hayan entrado a una cárcel probablemente coincidirán conmigo al describir esta experiencia como cruda, impactante, incluso incómoda. Pasa, quizás, que cuando uno da por sentada su libertad, la tranquilidad, un espacio en el cual desenvolverse; es difícil imaginar que se pueda vivir cercado, a oscuras, en permanente estado de alerta. Cuesta, entonces, asimilar que otras personas añoren cosas tan básicas como sentir el calor del sol, correr u oler las verduras de una feria libre. A muchos no nos parece natural vivir así y, sin embargo, es la realidad de más de diez millones de personas en el mundo, y más de cincuenta mil en Chile.


La cárcel es para mí una pregunta permanente, ¿cómo es posible llegar a esto? Para ser sincero, no tengo muchas respuestas. Sí una sensación profunda de perplejidad.

Hace poco una exposición artística sobre la vida cotidiana dentro de una cárcel se titulaba ‘Los Muros de Chile’ y creo que en su nombre refleja bien los efectos de la encarcelación: la creación de barreras entre la sociedad y quienes han caído al sistema carcelario. Son las barreras físicas las más evidentes (las murallas, las rejas, el alambrado), pero también están los muros del estigma, la discriminación, la anulación de los vínculos más importantes (familia y amigos) y una ruptura radical en la propia biografía.


La cárcel es sin duda un espacio complejo. Los problemas que la cruzan tienen tantas posibles explicaciones como consecuencias. No es un tema para abordar a la ligera, con soluciones mágicas, con agendas, ni leyes cortas. Los muros de las cárceles, esos muros que no son físicos, se construyen con los mismos ladrillos que la desigualdad económica, la marginalidad y más recientemente el tráfico de drogas. La separación tajante del exterior con el interior existe, pero también se reproduce la violencia que experimentamos como sociedad ‘libre’, fuera de los muros. Reconocer esta violencia es dar un paso en el ‘ver’ este problema. Pero no se debe perder de vista que la violencia cuando afecta a uno, nos afecta a todos, y detrás de cada delito hay una víctima, cuyas vulneraciones no son justificables. No se trata entonces de desconocer esto, sino más bien, de mirar con empatía y comprensión el panorama amplio. Asumir que todos estamos implicados cuando un hermano o hermana delinque, porque somos parte de la misma familia humana y nos duele cuando un miembro de este cuerpo sufre (1 Corintios 12:26).


Por eso es inquietante el actual contexto social y político. Cuando distintos sectores, y no sólo en Chile, repiten los discursos de la ‘mano dura’ (pena de muerte, disminución en la edad de responsabilidad penal, en fin… el ‘populismo punitivo’); debemos recordar a Francisco en su mensaje a las mujeres de San Joaquín: ‘La seguridad pública no hay que reducirla sólo a medidas de mayor control sino y, sobre todo, edificarla con medidas de prevención, con trabajo, educación y mayor comunidad’. De esta manera, pensar que la seguridad y la violencia se responden con más cárcel, no se condice con una mirada cristiana, ni tampoco con la realidad.


La evidencia nos muestra que cuando una persona ingresa por primera vez a la cárcel, las posibilidades de que siga delinquiendo se multiplican.En Chile sin embargo, las cifras de encarcelamiento no pararon de crecer durante la década pasada y la culminación de esta ‘inflación carcelaria’ ocurrió en 2010, cuando alcanzamos una cifra récord de personas en el sistema penitenciario. Una triste coincidencia: el incendio de la cárcel de San Miguel coincide con este momento.


Es un deber entonces, recalcar que -al día de hoy- las condiciones de vida en las cárceles siguen siendo muy precarias. Se estima que las cárceles chilenas tienen poco más de un 110% de ocupación, aunque la cifra es algo engañosa porque en algunas cárceles la sobrepoblación alcanza el 247%. Mientras algunos programas insisten en exhibir la vida de los privados de libertad desde el morbo y el juicio, poco se hace por mostrar las condiciones inhumanas en que sobreviven.


A pesar de todo, desde los espacios en que me ha tocado ‘abrazar la cárcel’ me hace más sentido la frase del papa en San Joaquín: hay que ‘testimoniar que la vida triunfa siempre sobre la muerte’; pues aun en estas adversas condiciones, puede florecer lo mejor de la condición humana. En las personas que he conocido, que se han abierto a un encuentro horizontal y desprejuiciado, he aprendido que siempre se nos regala la oportunidad de dignificar al otro, aprender que no se puede cambiar el pasado, los errores ni los delitos; pero que la misericordia de Dios -que todos estamos llamados a poner en movimiento- restaura, y nos restaura a todos. También, he atestiguado la acción salvadora de Dios y su espíritu, en el grupo de personas que han elegido como apostolado el acompañar a los presos y presas. Vale la pena -en momentos en que mirar la crisis nuestra Iglesia nos provoca más bien intranquilidad y dolor- saber que la fidelidad de Dios también se manifiesta en ese compromiso de frontera.


Seguramente, en el encuentro gratuito con las personas privadas de libertad, o en el abrazo que cada uno de nosotros puede dar a la cárcel -sin instrumentalizar al otro, reconociéndolo como un hermano, reconociendo las diferentes necesidades de cada uno- nacerá la consciencia de que es necesaria una mirada más amplia y generosa, con los ojos de Jesús. Después, la manera de relacionarnos con nuestra libertad adquiere otro cariz, el rol que desempeñamos al reproducir o detener el ‘populismo punitivo’ se nos hace más evidente, los discursos que niegan la dignidad del hermano o la hermana presos nos parecen inaceptables.


Queda mucho por hacer, no cabe duda. Visibilizar esta realidad ya es un paso enorme, y es una tarea de todos. Involucrarnos en la mejora del sistema carcelario es comprometerse a tener ojos abiertos, ser signo profético de la salvación de Dios, combatir las lógicas de muerte que se presentan en nuestras realidades, revisar en qué estamos fallando y ser ‘artesanos de paz’.

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