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Iglesia y Derechos Humanos: un desafío pendiente

Por: José María Jarry, profesor de historia.


El 11 de septiembre es una fecha que reabre heridas y nos confronta con un tiempo oscuro de nuestra historia. Conmemorar un año más del día que dio inicio a una dictadura que se impuso en Chile por 17 años nos hace traer al corazón cientos de personas que fueron perseguidas y que incluso perdieron sus vidas a manos de un régimen que hizo de la violencia, la tortura, el asesinato y la desaparición una práctica sistemática para instalarse en el poder. A lo largo de la década de los 70-80 se suceden en América Latina una serie de golpes de Estado y levantamientos militares en el marco de la Doctrina de la Seguridad Nacional, estrategia de política exterior de los Estados Unidos durante la guerra fría que tenía por objetivo detener la influencia del bloque Soviético en la región, financiando golpes de Estado e interviniendo políticamente en el continente. Esta realidad suscita en muchas y muchos la necesidad de levantar la voz y resistir de distintas formas el avance de regímenes autoritarios, surgen así voces desde las iglesias tanto católica como protestantes que van a condenar el accionar de las dictaduras militares, como Herder Cámara en Brasil, Enrique Angelelli de Argentina, el Cardenal Silva Enríquez y Helmut Frenz (pastor luterano) en Chile, Manuel Bugarín en Paraguay, Sergio Méndez Arceo en México y tantas mujeres y hombres en sus comunidades de base, colectivos y agrupaciones por la defensa de los DDHH en todo el continente. De esta manera, muchas personas de iglesia y parte del clero, religiosas/os y episcopado se arriesgaron a levantar la voz y actuar por la defensa de la vida y la restauración de la democracia. Así se generaron instancias como el Comité Pro Paz, la Vicaría de la Solidaridad y diferentes movimientos contra la tortura que fueron fundamentales para ayudar a asilar personas, investigar y denunciar al régimen, pero también para acompañar espiritualmente tanto a víctimas como a sus familias.


Vemos así que parte de la Iglesia alzó su voz ante los atropellos, pero esto no es algo solamente del siglo pasado. La vocación por los derechos y la dignidad ha estado siempre en quienes siguen y creen en el Evangelio. Durante la época colonial, los monjes dominicos Bartolomé de las Casas y Francisco de Victoria fueron cruciales para hacer ver a la Iglesia de aquel tiempo y a las empresas comendadoras que las prácticas e ideas que tenían sobre los habitantes de los territorios conquistados eran inhumanas, y sentaron las bases del derecho internacional y la economía moral. Generaron discusiones tanto en las colonias como en las universidades europeas que abrieron caminos de entendimiento y humanidad frente a la esclavitud y maltrato sistemático a millones de personas de los territorios anexados a la Corona. De la misma manera, si revisamos las Escrituras, también podemos encontrar verdaderas declaraciones en favor de la dignidad y los derechos de las personas, sobre todo de las más vulneradas de su tiempo. En el Antiguo Testamento podemos encontrar una dimensión profética del anuncio de la justicia para los oprimidos, del respeto a la dignidad, a la libertad e incluso al derecho de elegir gobernantes y no dejarse humillar por quienes ostentan el poder. En el Evangelio podemos encontrar todo el mensaje esperanzador y liberador de Jesús en su misión y anuncio del Reino y en el canto agradecido de María en el Magníficat, donde proclama que Dios “Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos”.


Son muchos pasajes los que ponen en relevancia la dignidad humana, y también diversos pontífices han escrito sobre el tema, desde la Encíclica Rerum Novarum escrita por el Papa León XIII en 1891 durante la Revolución Industrial, donde se criticaban las condiciones inhumanas de trabajo a la que estaban sometidas muchas personas, hasta Laudato Si' escrita por el Papa Francisco el año 2015, en donde resalta el derecho de las personas de vivir en un ambiente libre de contaminación y la denuncia de la depredación ambiental en los modelos de desarrollo económico. Aún con contradicciones, dolor causado y sombras, la Iglesia ha levantado la voz y en muchos casos dando la vida misma por la dignidad de las y los más vulnerados. ¿Pero podemos quedarnos con la historia y tener la sensación de tarea cumplida? Por supuesto que no, ya que la causa de los DDHH no se agota en la épica resistencia de hace cuarenta años.


Desde octubre del año pasado, Chile pasa por un proceso histórico de cambios sociales, protestas, y un espiral de violencia que nos dejó con 34 personas muertas, 359 personas con traumas oculares producto de perdigones disparados por Carabineros y una cantidad incuantificable de personas violentadas por apremios ilegítimos y torturas por parte de efectivos policiales y militares. Recordar esos intensos días de protestas es traer a la memoria como la solidaridad hacía frente a la represión, pero también la tristeza de una violencia institucionalizada que no conoce límites ni protocolos. Podemos preguntarnos con todo derecho entonces, ante tantas vulneraciones y evidente descontrol de las autoridades, ¿dónde está la Iglesia? No vimos, como antaño, a la Conferencia Episcopal en televisión, ni a obispos parados desafiando piquetes policiales, ni cartas o ruedas de prensa. No vimos la Catedral repleta ni oficinas del Arzobispado funcionando como centros de recolección de casos o coordinando abogadas/os para fiscalizar comisarías o tramitar recursos de amparo. Vimos a una Iglesia cotidiana, a hermanas y hermanos que comenzaban a juntarse en un principio tímidamente, inspirados por el recuerdo de algo que ya fue, pero a los que se les sumaban más personas e incluso alguno que otro capucha curioso que le sorprendía ver partir el Pan entre gases, balines y piedras.


La Iglesia que hoy lucha por los DDHH ya no es aquella que salía en los diarios y la televisión, es “la Iglesia de todos los días”, esa que se junta a compartir y reflexionar la Palabra, la que hoy en tiempos de pandemia se organiza para que a ninguna persona del pasaje le falte un almuerzo. ¿Hoy son tiempos de opulentas declaraciones por parte de nuestros pastores o antes bien es momento de ser humildes y aprender a escuchar? La corrupción, el abuso y la falta de confianza en las autoridades es una crisis que sabemos nos golpea con fuerza en las esferas civiles y eclesiales. Hemos comprendido que los gestos magnánimos no van a reparar las confianzas rotas, sino el trabajo en los territorios y un compromiso real por las luchas y sueños de un Chile que despertó. Hoy como laicas, laicos y religiosas/os debemos predicar con el ejemplo, ser una Iglesia en salida, comprometida con la dignidad del pueblo y hoy más que nunca en tiempos de muerte e incertidumbre, ser levadura en la masa. Saquemos de las vitrinas y los archivos esa Iglesia comprometida que tanto admiramos y hagámosla viva y actual.


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