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La Iglesia que camina mucho, y corre muy poco

Por: Tomas Inzunza, Animador Confirmación Casa Juvenil La Cisterna.


“Entonces corrió, y fue a Simón Pedro y al otro discípulo, aquel al que amaba Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto. Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro.”


La sociedad chilena está pasando por fuertes momentos de reivindicación social, esto es algo que ya todos sabemos y que incluso nombrarlo es redundante. Hemos visto como a lo largo de nuestro país se han vulnerado los derechos humanos de las personas, como decenas de personas han muerto, centenares han perdido sus ojos a causa del mal uso de armas de disuasión y como millones han salido a manifestarse a favor de una mayor justicia social.


En estos acontecimientos hay muchas imágenes que han quedado en la retina colectiva de quienes viven en esta larga y angosta franja de tierra, comenzando por los estudiantes secundarios que con valentía mostraron su desacuerdo (solidariamente) con el aumento del costo del transporte público, posterior a esto veríamos a una señora de tercera edad golpeando con su bastón a otros jóvenes que realizaban la misma acción, lo cual fue el primer signo claro de la polarización que hoy Chile está viviendo. El 18 de Octubre, sin duda, se evidenció la rabia contenida de todas y todos los chilenos, tal día pudimos ver imágenes contrastantes, algunas de vecinos organizados en su barrio haciendo sonar sus ollas con la cuchara de palo con la que cocinan el almuerzo, y otras, de personas (que probablemente la sociedad chilena ha desamparado) cometiendo delitos como saqueos, daño a la propiedad pública y privada, etc.


Mientras los días han ido avanzando, hemos podido notar también, cómo este descontento se ha manifestado contra una entidad que en los últimos 30 años le ha fallado a Chile, mi amada Iglesia Católica, la cual en su jerarquía ha encubierto abusos de poder, de conciencia y sexuales, una iglesia que sin duda no ha logrado actualizarse a lo que la sociedad hoy nos exige, ser una iglesia del pueblo, con el pueblo y para el pueblo de Dios. Esto se evidencia simplemente al caminar por el centro de Santiago, decenas de templos con rayados que fuertemente critican a nuestra iglesia, los cuales muchas veces tendemos a enjuiciar o mirar con malos ojos, y es lógico, porqué a nadie le gusta que rayen su casa, pero creo que es tiempo de interpretarlo de una manera distinta, las personas que se manifiestan de esta manera sin duda que quieren ser oídas, son ovejas que inconscientemente necesitan de un pastor, y es nuestro deber escucharles, entenderles y acogerles.


En este contexto, he podido ver cómo la juventud católica chilena, ha quedado al debe en el real rol que debe cumplir como misioneros de Cristo, siendo meros testigos del desastre que está sucediendo en nuestro país, y no protagonistas de los cambios que hoy se deben propiciar, caminando lenta y aletargadamente, esperando que aparezca un nuevo mesías y solucione la situación que afecta a nuestra patria.


Basta con salir a las calles y ver como las iglesias a la par de los locales comerciales, que desde su fondo, forma y esencia deben ser totalmente distintos, están haciendo lo mismo, blindándose para que nadie pueda hacerles daño. Esto contrasta con la iglesia que debe estar al servicio del pueblo de Dios, la que abre sus puertas para que los feligreses interactúen, discutan y se organicen, la que no tiene miedo al cambio y manifiesta su postura clara ante los nuevos rumbos que el país debe tomar. Y normalmente este es un reproche que se le hace a la Conferencia Episcopal, pero ¿Qué tenemos que decir los católicos de base al respecto? ¿Qué tienen que decir los hijos de Dios que día a día asisten a colegios católicos, son parte de movimientos juveniles, celebran la eucaristía, trabajan en fundaciones o simplemente se dan un tiempo para leer la palabra del Señor?

Algo hay que decir. Algo hay que hacer.


Comenzando por pedir perdón a la sociedad chilena, un perdón real, por todo lo que se hizo y lo que no. Asumir una postura respecto a lo que hoy sucede en el país, no basta con comunicados. Ejercer acciones que vayan de acuerdo a la postura que se tome, siempre pensando en el humanismo cristiano como base fundamental.


En lo concreto, quisiera hacer un llamado a todas y todos los católicos, con un especial énfasis en los jóvenes, a que comencemos a correr al encuentro de Cristo, ese Cristo que vive en las poblaciones que día tras día amanecen bajo el flagelo de la droga y el narcotráfico, ese Cristo que espera horas y horas en la urgencia de un hospital público, el Cristo que por más mérito que tenga no podrá llegar a donde quiera porque nació en La Legua y no tiene las mismas oportunidades de los demás, el Cristo que necesitaba de un trasplante de hígado y le llamaron para trasplantarse días después de su funeral. Corramos a ese Cristo desamparado, hagámoslo sin miedo de lo que pueda pasar, de lo que nos puedan decir, de lo que nos puedan hacer, de lo que nos puedan quemar.


¿Chile despertó y nuestra iglesia aún duerme?