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Pistas y preguntas para nuestro recorrido laical en tiempos de crisis

Por: Germán Villarroel, Comisión Nacional de Pastoral juvenil CECH


En el último tiempo múltiples han sido los esfuerzos por desentrañar las causas, expresiones y alcances de esta crisis eclesial. Con un optimismo cauto, algunos leemos esto como un significativo primer avance; la toma de consciencia de una realidad muchas veces renegada, invisibilizada o derechamente encubierta.


Fieles anónimos, agrupaciones eclesiales, el Papa Francisco e incluso pastores que han minimizado la crisis hemos experimentado, a la fuerza, cómo la Verdad se ha ido abriendo camino a punta de la obstinada perseverancia de tantas víctimas. Como muchos y muchas, me he sentido avergonzado, asqueado y consternado. Sobre todo, me he sentido en comunión con ese dolor compartido que me excede. Antes de intentar cualquier discernimiento de nuestra crisis, con humildad me pongo de frente a estos crucificados por nuestra propia Iglesia y contemplando sus llagas me pregunto: ¿qué hemos hecho por Cristo? ¿Qué estamos haciendo por Cristo? ¿Qué debemos hacer por Cristo?


Frente a estas preguntas, y con la convicción que Dios opta por las víctimas y por su liberación, me he sentido animado a sumarme al discernimiento de algunas pistas de hermanos y hermanas. Así, de a poco, he ido elaborando intuiciones que podrían acompañar nuestro caminar laical hacia conversiones liberadoras en tiempos de crisis.


Queriendo tomar distancia de la dinámica de las grandes conclusiones y soluciones, compartiré mis intuiciones fundamentalmente a modo de pregunta, para desapegarme de la predica del púlpito y de sus mecanismos de clausura que interrumpen la interpelación y el discernimiento permanente. Esto no será un ejercicio de neutralidad, sino un acto que intenciona la discusión vía la interrogación políticamente orientada.


Comparto entonces estas tres intuiciones sin querer rumiar la desolación, pero sí queriendo habitarla con honestidad desde la incomodidad de la pregunta, para que la premura por la resurrección no nos impida pasar por el sepulcro y su vacío.


1. ¿Qué implica responsabilizarnos por la crisis?


A partir del argumento de que “todos somos Iglesia”, algunos han incurrido en una retórica defensiva que castra toda diferencia o crítica posible. Otros, han sostenido un argumento estadístico que se sirve de la tranquilizadora certidumbre numérica: “los abusadores son una minoría, el resto de los miembros buenos de la Iglesia no salen en los medios”. Un fenómeno similar ocurre en la particularización de los casos y sus responsabilidades, o en el exclusivo encapsulamiento de la crisis en el horror del abuso sexual a menores.


Más allá de lo correcto de estos argumentos y lo recto de sus intenciones, tras ellos puede camuflarse un grave engaño: el desvanecimiento de las responsabilidades políticas correspondientes al abuso y sus condiciones estructurales de posibilidad. De este modo, se tomaría un peligroso atajo frente a la densidad del abuso, erigido en toda relación que sutilmente deviene en la corrupción de lo más sagrado. Por tanto, sostener la interrogante por la responsabilización es querer asumir en serio que como bautizados queremos cargar con esta densidad del abuso desde lo político-estructural hasta lo privado-íntimo de nuestra vida eclesial, cuestionando, denunciando y anunciando en todos los niveles donde esté potencialmente extendido. ¿Cuáles son las responsabilidades políticas-institucionales en el circuito del abuso? ¿cuáles sus condiciones de posibilidad estructurales? ¿cómo nuestro actuar laical ha apoyado esas condiciones? ¿Cómo responsabilizarnos por nuestros propios modos de relacionarnos —en la esfera íntima, privada y comunitaria— los cuales no se eximen del cuidado por lo sagrado?


2. ¿Qué brotes de humanidad reconocemos como invitaciones frente al nuevo paisaje?


La crisis ha modificado el paisaje social donde interactuamos: hemos perdido credibilidad, patrimonio moral, influencias, privilegios, ¡y qué buena noticia! El retorno a nuestra constitución de fragilidad y dependencia como Iglesia puede ser un signo crucial de nuestros tiempos; un signo de gracia que nos invita a volver la mirada a Jesús. Que como Iglesia no demos el ancho frente a los abusos da cuenta de nuestras dificultades en el seguimiento de Jesús y, en consecuencia, de nuestras ineptitudes frente a la comprensión de su proyecto de humanidad.


Por lo tanto, nuestra crisis eclesial es una crisis de humanidad. El nuevo paisaje nos presenta la oportunidad de redescubrir en la sociedad secular —que solemos juzgar y despreciar— brotes de mucha de la humanidad que hemos condenado y desalojado. El misterio de la encarnación nos confirma que el sembrador ya salió a sembrar en esta tierra, por lo que para movilizar conversiones en esta crisis de humanidad podemos preguntarnos: ¿qué lecciones podemos aprender frente a la promoción de los Derechos Humanos con Comisiones de Verdad orientadas hacia la verdad y reparación? ¿Cómo leer y sumarse a los movimientos sociales animados por el Espíritu que anhelan nuevas formas de participación y organización? ¿Cómo nos interpelan las demandas que buscan redistribuir el poder de una manera más justa, transparente y democrática? ¿A qué conversiones nos moviliza la violencia contra las mujeres y las minorías sexuales, o su desplazamiento injusto por actos y políticas monolíticas, opresoras y reificadas?


3. ¿Cómo crecer en comunidad para ser y hacer juntos en la crisis?


Siguiendo la intuición de que la crisis nos implica desde lo íntimo hasta lo público, la dimensión comunitaria se presentaría como vía privilegiada de acción y conversión, y dentro de la cual habría que discernir aquello que nos tienta con su apariencia de bien y aquello que son invitaciones para crecer en madurez. Inicialmente, sería útil caer en la cuenta de nuestro ser comunitario en la diferencia. A pesar de que el Papa tenga claridad con respecto a la distinción entre unidad y uniformidad, pareciera ser que nuestra Iglesia en crisis justamente ha rehuido de la diferencia, silenciándola con violencia.


El no estar siempre de acuerdo nos devela el valor de la diferencia y el diálogo, las cuales parecieran ser pistas relevantes para crecer en tiempos de crisis, pues nos habilitan a construir con una realidad diversa y con nuestras propias inconsistencias internas. En este sentido, y desde la diferencia, la comunidad será un agente propicio para intervenir sobre las lógicas trastocadas de la idolatría, la sumisión, la irreflexión y el infantilismo, las cuales brotan de una dialéctica corrompida del pastor y su rebaño. Justamente una comunidad sana y madura se dejará interrogar sin miedo y con propiedad sobre estas temáticas que emergen de la toma de consciencia de la crisis y que la trascienden.


Así, vale la pena preguntarnos juntos: ¿Cuándo la cautela y la conformidad nos ha impedido monitorear, evaluar, corregir y enmendar a nuestros hermanos en la fe? ¿A qué privilegios tenemos que renunciar para poder crecer en madurez comunitariamente? ¿Qué significa para nosotros hoy ser una comunidad madura?


Ser juntos en tiempos de crisis nos invita a dejarnos afectar y conmovernos en todos los niveles de nuestra vida eclesial, para así discernir caminos posibles con otros y otras. Animarnos a dejarnos interrogar por la crisis es un primer paso hacia la conversión.