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Ser feminista y católica

Por: Nashmia Beysaga y Melanie Mendieta.


"Que la voz de la mujer sea verdaderamente escuchada y sobre todo tenida en cuenta tanto en la sociedad como en la Iglesia", es uno de los deseos que el Papa Francisco ha expresado de corazón en varios momentos.


Este nos parece un buen puntapié inicial para comenzar a contar sobre un tema que tanto moviliza hoy, en lo positivo y en lo negativo. En esta pequeña columna, queremos abordar aquello tan sencillo y básico en nuestra espiritualidad, como lo es la hermandad y la justicia fraterna. Esa es la raíz que queremos resaltar para lo que queremos charlar a continuación.


En principio nos parece muy importante que todos nos situemos en un mismo espacio y realidad (en lo posible) y por qué no ponernos en los zapatos de otra persona. Está a la vista de todos como día a día las mujeres siguen siendo ignoradas, explotadas y abusadas; víctimas silenciosas de una violencia física, psicológica y verbal que lamentablemente, con frecuencia, les arrebata la propia vida. Sin ir muy lejos seguramente a tu hermana, mamá, prima, alguien quiso o se sobrepasó sin su consentimiento. Seguramente tu esposa, tu mamá son las primeras en levantarse para limpiar la mesa, o es la que se encarga de toda la crianza de los niños. Y no, no está en su “naturaleza”, no es su “instinto” ni nació con capacidades “biológicas” que la determinan a esas tareas. Seguramente también, a alguna conocida o por qué no a tu novia la acosaron en el trabajo o creen que su puesto es ese, solo porque es la “novia de”. Quizás la despidieron por estar embarazada o le pagaron menos que un hombre aunque haga las mismas tareas. Tampoco le dieron ese ascenso porque se necesita un hombre para “liderar”. Además, ¿Qué mujer no tuvo miedo de caminar sola?, ¿Quién no mandó incontable cantidad de mensajes avisando “ya llegué” como si fuera un milagro. Porque lo sentimos así, una cuestión de suerte.


Todo esto no nos lo contaron, lo vivimos, todos los días de nuestra vida. Duele, pesa, cansa, frustra pero también empuja a accionar para evitar que algunas más lo vivan así. Hoy no lo contamos como un reclamo hacia vos, lo contamos como una hermana que acude a su fraternidad, a la Iglesia para que ayude y actúe en estas injusticias.


Queremos que como Iglesia podamos crear una conciencia colectiva que ayude a luchar por la igualdad de derechos en todos los ámbitos de la sociedad. Porque como muchos temas que nos interpelan hoy, lastimosamente el machismo y la desigualdad golpean fuertemente a las mujeres y no podemos quedarnos de brazos cruzados. Pedimos igualdad de derechos y oportunidades. Como Jesús lo hacía con cada uno de sus hermanos.


Creemos fundamentalmente que ser católicas, nos exige actuar por la justicia de género y que la religión es y puede ser un espacio donde podamos construir a partir del evangelio.


Se cree y percibe constantemente a través de esto una incompatibilidad entre ser feminista y católica, y principalmente es por la disputa del derecho a decidir por nuestra vida, nuestros cuerpos, nuestro desarrollo libre en cuanto a la sexualidad y la libertad misma.


Cuando nuestros discursos se transforman en imponer verdades y nos aferramos en defender nuestras posturas antes de comprender las del otr@, es ahí donde creamos brechas separadoras que nos ubican en polos que pareciera que son casi imposible de encontrarse.


Como mujeres católicas que vivimos nuestra fe activa y constante, en medio de una Iglesia dirigida por hombres, es importante escribir nuestra propia historia, escribir de nosotras mismas, porque la doctrina que debemos seguir al pie de la letra es la del amor propio y a mis hermanas, y el dogma más sagrado debería ser la empatía por la vida que elige vivir la otra.


Ser compañeras en la amplitud de la palabra, acompañar nuestros procesos, tomarnos de la mano, abrazarnos cada vez que sea necesario e intentar comprendernos y escucharnos desde el amor, ser pacientes, y principalmente comunicarnos desde un diálogo sororo.