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Iglesia y Feminismo: un recorrido tras los pasos de Jesús

Por: María Sol Galera, del Centro Manresa en Córdoba, Argentina.


En Argentina, el año pasado se debatió por primera vez en el Congreso la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Más allá del resultado de la votación, el tema cobró una visibilidad inaudita dentro y fuera del país; y con él, las mujeres como actor político y social alcanzamos un rol protagónico, generando reacciones de todo tipo. Entre ellas, obviamente las de la Iglesia y la de muchos y muchas que ponían al feminismo como la antítesis de la fe en Jesús.


Esto me ha parecido, al menos, injusto, porque cuando repaso, en mi propia historia, cómo acabé asumiéndome e identificando como feminista, me encuentro que ese camino ha estado marcado por el Evangelio de Jesús; y por la persona misma de Jesús. Por eso, voy a poner tres pasajes del Evangelio donde Jesús interactúa con las mujeres que han sido luz para conciliar mi fe con mi ser mujer feminista dentro de la Iglesia.


- Entonces Jesús le dijo: Ni yo te condeno; vete, y no peques más. (Juan 8, 11)


Me parece sumamente cuestionador este Jesús que no apela a la culpa ni a la condena. Históricamente, la culpa ha sido uno de los métodos más eficientes, tanto de la religión como de la sociedad en general, para manipular y subyugar a las mujeres (Margaret Antwood lo ha desarrollado muy bien en ‘The Handmaid’s Tale). Con esto, las mujeres han cargado a lo largo de la historia responsabilidades que no eran únicamente suyas; y, por esto, han soportado castigos totalmente desproporcionados al lado de los que les daban a los hombres cuando ellos incurrían en pecados similares. Esto todavía se ve de un modo muy palpable cuando se plantean situaciones relacionadas con la salud reproductiva, con las opciones de vida, con la familia. Un hombre aterrorizado por ser padre o por casarse es algo, no sólo aceptado sino hasta dado por hecho en muchos casos. Una mujer en cambio, que no quiera casarse, o tener hijos o hacerlo en el momento en el que el varón lo desea es (por lo menos) una egoísta. Un hombre que salga con muchas mujeres sin responsabilizarse afectivamente con ninguna es un campeón, mientras que las mujeres… son cualquier cosa, menos merecedoras de ser amadas. Y ni hablar de cuántas mujeres se sienten ‘culpables’ cuando ocurre un embarazo no deseado. Porque claro, toda la responsabilidad sobre la anticoncepción es de ellas. Aquí vemos realidades de injusticia, de desigualdad y de condena social tan claras como cotidianas. Y frente a ellas, este Jesús del Evangelio, que pone en su lugar a estos varones que quería acusar a la mujer adúltera, que se queda solo con ella, que la ayuda a ponerse de pie y que le dice ‘yo tampoco te condeno.’


- “Mujer, ¡qué grande es tu fe!” (Mateo 15, 28).


Así le dice Jesús a una mujer cananea que viene a demandarle ayuda para su hijo enfermo. Esta mujer no era del pueblo de Jesús, sin embargo, la demanda evidencia que algo espera de él. Y Jesús se deja interpelar y se sorprende. Tanto, que le hace un cumplido. Hoy, nos encontramos con que los movimientos de mujeres también tienen demandas a la Iglesia. Aunque a veces esas demandas tienen que ver con que haga silencio y no se entrometa para cercenar libertades en las vidas de quienes no forman parte de ella. Sin embargo, dentro de la Iglesia, muchas mujeres desde hace años demandan también un mayor reconocimiento, un rol más protagónico, respuestas frente a situaciones de abusos de diferentes tipos y frente a verticalidades a la hora de tomar decisiones y ejercer ministerios. Y si bien hay quienes de a poco parecen abrirse a escuchar y a tener en cuenta estas demandas, no son pocos los que aún las mirar con desprecio y un llamado a ‘poner a las mujeres en su lugar’ antes que se desate un apocalipsis y las cosas tengan que cambiar. En cualquier caso, ¿alguno se imagina a un obispo, párroco o alguna otra autoridad diciéndole a estas mujeres un cumplido?: ¡qué grande es tu fe! ¡Que incansable tu lucha! ¡Qué admirable tu paciencia para explicar una y mil veces las mismas situaciones y argumentos! ¡Qué evangélica tu empatía para con otras mujeres! Pero esta situación no se da, porque, en algún punto, la preocupación por tener bien delimitados los límites y reglas de la institución nos ha llevado a dejar un poco de lado a este Jesús que cruza las fronteras para reconocer y admirar el bien en el mundo allí donde lo encuentra.


-“Les aseguro que esta viuda pobre ha dado más que todos los otros que echan dinero en los cofres; pues todos dan de lo que les sobra, pero ella, en su pobreza, ha dado todo lo que tenía para vivir.” (Marcos 12, 43b-44)


Aquí Jesús se refiere a una viuda pobre que deja dos moneditas en las arcas del templo mientras los hombres ricos se acercan a dejar grandes cantidades de dinero. La viuda era, socialmente, el tipo de mujer que, por no tener un varón que la auspiciara, no tenia entidad ni pertenencia. Su vida estaba relegada a la marginación y la invisibilidad. Y en ella, creo que están representadas tantas mujeres relegadas por no cumplir con ciertos cánones. Madres que entran al transporte público con niños y reciben (por lo menos) una decena de miradas de reprobación, cuando no malos tratos. Mujeres avergonzadas por amamantar a sus hijos en lugares públicos. Mujeres pobres a las que se niega acceso a la educación formal, a la salud reproductiva, al conocimiento de sus derechos. Mujeres a las que se prefiere no mirar porque no responden a los cánones estéticos hegemónicos, y por eso se les niegan puestos de trabajo, roles de protagonismo, etc. Estas situaciones se dan, de modo particular, también en la Iglesia. Sin embargo, las mujeres siguen acercándose, siguen creyendo, sigue dándose desde lo que son y lo que tienen. Y allí lo tenemos a Jesús, que fija su mirada en ellas, que las reconoce y las pone en primer lugar. Porque sabe que, en general, en ellas habita una generosidad innegociable que las hace, día a día, dar todo lo que tienen para vivir.


Con esto no quiero decir que Jesús sea el primer feminista, aunque haya quienes hagan esa interpretación; sino que su figura es una invitación ineludible a dejarnos interpelar y cuestionar como Iglesia en el modo en que nos plantamos frente al feminismo, frente a sus demandas, slogans, manifiestos y manifestaciones, aunque algunas de ellas acaben con las Iglesias pintadas. Creo que en el modo de proceder de Jesús hay una invitación clara a abrir el corazón de la Iglesia a las críticas, cuestionamientos y búsquedas de los feminismos. Asumiendo la responsabilidad que toca en la opresión que muchas hemos sufrido; con el deseo de reconciliar, de pedir perdón, de descubrir la dignidad, la verdad y la presencia de Dios que se esconde en cada una de ellas y de sus búsquedas por construir un mundo más justo, desde lo que ellas consideran justo. Quizás, ahí nos esté esperando Jesús para enseñarnos y explicarnos algo más de su evangelio.

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