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¿Dónde está tu prójimo?

Por: Soledad Aravena, profesora del Instituto de Teología de la Universidad Católica de la Santísima Concepción.


“Durante milenios un doble mandamiento rigió la moral judeocristiana: ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo. A finales del siglo XIX, Nietzsche anunció: Dios ha muerto. Terminando el siglo XX, ¿acaso no ha llegado el momento de decir lo que todos vemos? También ha muerto el prójimo”.


Con estas palabras el psicoanalista y economista italiano Luigi Zoja introduce su libro; “La muerte del prójimo”. El libro continúa haciendo una crónica de datos que evidencian el estilo y la forma de vida centrada absolutamente en el yo que ha ido ramificándose casi como un cáncer a nivel mundial, potenciado por la globalización, el modelo neoliberal y, por supuesto, las redes sociales.


¿Será posible la resurrección de Dios y la del prójimo en esta cultura? ¿no estaremos agotados de tanto yo? ¿es éste el kairós que llevamos tres siglos esperando para volver a mirarnos como hijos y hermanos? ¿será posible recuperar nuestra re-ligación filial y fraternal para que propongamos nuevos y mejores caminos de comunión y esperanza?


Los acontecimientos ocurridos en estas últimas semanas manifiestan el hastío de una sociedad cansada de abusos. Es al menos la primera lectura a los gritos desesperados de millones de personas en Chile, Ecuador, Perú, antes Nicaragua y Francia (los chalecos amarillos) entre otros. Millones de personas han salido religiosamente a reunirse y cantar cantos de protesta y de descontento. Sin embargo, una gran mayoría, al menos en Chile, también ha tomado esto como una fiesta ciudadana, como un momento histórico, más allá de los actos de extrema violencia y vandalismo que han circundado las manifestaciones.


Las redes han elogiado el espectáculo de ver familias enteras caminando, adultos dando su opinión en diversas plataformas y siendo escuchados y tomados como fuente de sabiduría. Las demandas sociales se han tomado las calles, las mesas, las peluquerías, los cafés, las esquinas y las conversaciones en los buses. A pesar del caos, la sensación constante de incertidumbre, de no saber qué va a suceder un par de horas después, del tiempo que se ha vuelto una letanía a la espera que las autoridades manifiesten algo, a pesar del olor a las lacrimógenas y humo que serpentea en las calles, hay una sensación de alegría. Tenemos un tema en común, algo que le está dando sentido a nuestras vidas, estamos de algún modo retornando a nuestra naturaleza primigenia.


Abunda el miedo, la incertidumbre, pero también la confianza y la unidad, el bienestar de la comunidad. ¿Será que este estallido social, no sólo responde a un hastío de las injusticias sociales sino también un hastío del vivir solo en sí mismo?


Hasta ahora, los análisis políticos coinciden que ésta era, al menos en Chile, una crisis que se veía venir. Hemos leído tantas veces durante estos días “se destapó la olla a presión” que al parecer la hipótesis y el diagnóstico están claros, sólo están faltando las soluciones. Sin embargo, si esta crisis va más allá de lo político y económico entonces la solución no puede estar centrada en resolver la distribución de las riquezas y en una mejora a la desigualdad económica, sino en dar respuesta a la crisis antropológica que tiene su raíz en el corazón humano.


Hace unos días el Obispo de Concepción, Fernando Chomalí decía que esta crisis antes que política, es una crisis moral y ética. Una crisis ética en una sociedad evidentemente desemboca en una crisis política. Que la crisis sea ética pasa por la concepción de ser humano que tiene una sociedad. Por lo tanto, hoy más que nunca volvemos a la vieja pregunta filosófica ¿qué-quién es el hombre?


¿Quién soy yo? Es sin lugar a dudas la pregunta más compleja que afecta el acontecer del ser humano. En tiempos de la hiper-información, en tiempos donde pareciera que tenemos más respuestas que preguntas ¿cómo vamos a responder a esta vieja pregunta? Difícil respuesta. Las clases de historia, literatura, filosofía y religión, ya no tienen cabida en una sociedad que lo ha apostado todo por formar un profesional técnico al servicio del modelo económico. Un hombre que pueda hacer (más o menos) y que su valía esté en el tener. Acumular más fotografías de viajes, llenar más los clósets de zapatos, aprender las últimas técnicas de maquillaje, parecerse lo más posible a los influencers de Instagram, en fin. La apariencia y el consumismo, se han tomado al hombre y a la sociedad y quizá por eso no había estallado esta crisis antes, quizá estábamos lo suficientemente entretenidos en nosotros mismos como para hacernos esa vieja pregunta.


Al hombre y a la mujer modernas les aburre leer. Prefieren el material listo en los cinco minutos que explican la guerra en Siria, o la Segunda Guerra Mundial, a leer libros de historia y análisis filosóficos sobre estos tremendos acontecimientos. Pero no porque simplemente no les guste, sino porque, así como se le enseña a un niño a masticar con la boca cerrada, también se le enseña a un niño a leer y motivarse por la búsqueda profunda de su ser humano, de compartir la humanidad con otros, que no pasa por esos slogans baratos pegados en las salas de clases de las escuelas, hablando de solidaridad y respeto, pero sin ningún trasfondo filosófico y religioso (religado a otro - Otro). Al ser humano moderno no les acomoda saberse–entenderse porque hay una sensación de saber y autoridad intelectual-moral que imposibilitan esa suficiente humildad que se necesita para aprender, que nos enseña a no mirarnos como enemigos y a comprender que en la historia humana al bien y el mal los divide una muy delgada línea.


El vacío que ha dejado la falta de pensarnos en la cultura actual es un vacío que se ve en el rostro de los otros. Por eso, no nos sorprenda que los empresarios y políticos hayan hecho un sistema económico basado en la muerte del otro, pues casi sin darnos cuenta nosotros también somos de algún modo culpables por la muerte del otro. Dice el evangelio que antes de mirar la paja en el ojo del otro debemos mirar nuestra propia viga (cf. Mt 7, 1-5). El sistema no se mueve solo, es movido por nosotros, por todos. Es cierto que algunos son más inocentes que otros, y algunos más culpables que otros pero, así como esta crisis nos ha devuelto a la unidad y a la caminata de la manada, también ha salido un sentimiento de ira y rabia que pareciera en ciertos momentos que estamos presenciando un espectáculo romano. Pedimos cabezas, mandamos a la hoguera, queremos ver muertos y sangre, ¡que arda todo Chile! Se ha leído por ahí. Por esto no debemos dejar de preguntarnos ¿cuál es mi responsabilidad, mi respuesta al otro en esta crisis?


¿Dónde está tu prójimo? ¿Quién es tu prójimo? Si no sabemos qué somos nosotros mismos, difícilmente sabremos reconocer el lugar donde habita nuestro prójimo. La única vía posible es volver a la comunión, a la misión compartida. El rostro del otro devela mi propio rostro. Si la sociedad en su conjunto lo entiende así, y dejamos de mirarnos desde las clases sociales, desde las trincheras ideológicas y políticas, veremos seres humanos caminado y trabajando unos junto a otros, no unos contra otros. Esta crisis ética, es la crisis del poder, la crisis del tener, es la crisis del yo que ha penetrado en la cultura y no sólo en unos pocos poderosos.

Es cierto que hay más responsables que otros en esta muerte del prójimo, pero también es cierto que todos somos co-responsables. Quién se crea suficientemente inocente, permítasenos sospechar.


La posibilidad de construir una sociedad más humana, más dialogal, más comunitaria y más justa, es una tarea de todos. Ya lo decía Joseph Ratzinger en su libro Teoría de los principios teológicos: la crisis actual no es una crisis teológica, es sobre todo una crisis antropológica, porque estamos en una crisis de la comunión humana. El hombre es un ser relacional, pero esa relación debe ser sana y moralmente buena, condicionada por el amor (el don de darse a sí mismo para el bien del otro) y la libertad. De otro modo, esta crisis social, no será más que un ritual de expiación y catarsis colectiva. Pero cuando se apaguen las luces cada uno volverá a la vieja preocupación del hombre post moderno: el puro y angustiante yo. En el yo absoluto ¿dónde hay lugar para Dios? ¿dónde hay lugar para el prójimo?


Para que el gran Sábado Santo que atraviesa a occidente, como decía Benedicto XVI, vuelva a ser un domingo de resurrección de Dios y del prójimo, debemos volver a la comunión que siembra esperanza. Que se abran las Iglesias, que seamos una Iglesia sinodal y en salida como quiere Francisco, que vuelvas las juntas de vecinos, que vuelvan los centros de madres. Que las plazas se llenen de conversaciones. Solo así podremos combatir a nuestro gran enemigo: el poder de ser tan solo yo. Solo Dios salva, porque Dios es amor y Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo, es una comunión de vida y amor. Y quién permanece en Dios permanece en la entrega, permanece como hijo y como prójimo.


Caín dijo a su hermano Abel: Vamos afuera. Y cuando estaban en el campo se lanzó contra su hermano Abel y lo mató. Dios dijo a Caín ¿dónde está tu hermano, Abel? Y Caín respondió: No sé ¿soy yo acaso el guardián de mi hermano? Gn 4, 8-9 ¿Qué responderás tú a Dios cuando te pregunte por tu prójimo?