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El magis y el mérito

Actualizado: 19 jul

Por Mariana Cejudo García de Alba Desde Guadalajara, México


Hace tiempo que suena en ciertos círculos de la sociedad el debate sobre la meritocracia. Mucho se dice, pero poco se entiende y menos se hace. Leyendo un libro sobre el tema me vino a la mente el contraste entre aquello que representa el mérito y lo que para la espiritualidad ignaciana es el magis. Comencemos definiendo ambos conceptos. Primero, el magis: simplificándolo quizás demasiado, consiste en elegir, de entre muchos bienes, el bien mayor. Optar por aquello que da más gloria a Dios. Luego, el mérito: en su versión tiránica (cf. «La tiranía del mérito» de Michael J. Sandel), es la creencia de que tenemos lo que merecemos por nuestro trabajo o esfuerzo. Si éste fue más que el de otros, nuestra recompensa será mayor. En apariencia, son conceptos inconexos. Lo único que tienen en común es que hablan de «más». Pero, en cada caso, ¿dónde está puesto el más? Ciertamente, no en el mismo lugar.


El magis no equivale al mérito. Para medir el mérito es necesario hacer listas, cronometrar, repartir posiciones y reconocer a los sobresalientes. El magis trasciende todo cálculo, porque la escala del amor es aquella de dar la vida. En el Reino de Dios no cabe la competencia, sino la comunión; se trata de compartir más que de comparar. El mérito solo puede ser para unos cuantos. El magis lo buscamos juntos, para todos y no solo para uno o pocos. Al final de las carreras y maratones, suben al podio los que han llegado primero, destacando el tiempo en que han logrado terminar, pero todos los que participan reciben una medalla, no importando el lugar en que hayan llegado, resaltando que el haber llegado es lo que constituye el logro. Lo mismo en la carrera al cielo de la que San Pablo solía hablar. Cada cual la corre, a su propio ritmo, bajo los términos que Dios le propone, sabiendo que el camino y la meta son lo fundamental. Que lo que vale es correr, y hacerlo lo mejor que se puede, hasta alcanzar la meta.


El mérito está basado en la idea errónea de que, por lo que hacemos, merecemos. De esta idea también se han derivado herejías. La salvación rompe con estos esquemas cuando se reconoce como algo independiente a nuestras obras y no como algo que nos ganamos con nuestros esfuerzos. Los episodios del joven rico y el mago Simón tienen mucho que enseñarnos: lo que viene de Dios no se hereda ni se compra, se acoge. No se puede negociar con la gracia. Pero es verdad que las obras confirman la fe, son la consecuencia lógica de sabernos salvados, son correspondencia a la iniciativa del amor divino. Sin ellas, la fe está muerta, declararía en su carta Santiago (cf. St 2, 17). Se queda como un regalo al que no se le ha quitado la envoltura.


Buscamos el magis no para merecer más, sino para dar más, porque hemos recibido más. No más que otros, sino más de lo que merecemos. Lucas ponía en boca de Pablo unas palabras que él refería a Jesús, y en las que vemos claramente cómo se expresa el magis en contraste con el mérito: «Hay más alegría en dar que en recibir» (cf. Hch 20, 35). Seguimos al que nos dio todo, su misma vida inclusive. Estamos llamados también a dar más, a servir más, a amar más, como Él.

Si leemos la vida con los lentes del mérito, caeremos en la cuenta de que no merecemos todos los bienes que Dios nos provee. Si, en cambio, la vemos con los ojos del magis, brotará en nosotros la gratitud y el deseo de sacarle el mayor jugo posible a los frutos que, sin bastante esfuerzo, hemos recolectado. Es verdad que a veces nuestros trabajos nos harán cosechar éxitos, recibir diplomas y aplausos. Pero no es la consecuencia o el premio lo que buscamos. A todo ello somos santamente indiferentes. Ignacio lo dice mejor en sus ejercicios: no querer «más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta» (cf. EE 23). Cuando estas recompensas lleguen sabremos mirar al Señor y en lugar de decirle: «Me lo merezco», podremos decirle: «Soy un siervo inútil, solo hice lo que tenía que hacer» (cf. Lc 17, 10).