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Desde la fe

Por: Camila Rozas, Schoenstattiana.


Desde la fe quiero mirar nuestra situación chilena actual.


Desde la fe quisiera mirar al otro como un otro, igual a mí en dignidad. Quisiera poder detenerme frente a cada chileno y chilena para mirar sus ojos, mirar su alma. ¿Qué motivos te mueven? ¿Por cuántas tristezas y alegrías has pasado? ¿Cuánto te ha faltado? ¿Cuánto has sufrido? ¿Te sientes solo o acompañado? ¿Está tu corazón herido? Quisiera mirar al otro como lo que es, una persona, a imagen y semejanza de Dios. Por lo tanto, quisiera ver una persona que me muestra Su rostro, que refleja para mí una parte del rostro del Padre, que me regala acercarme más a su misterio.


Cuando olvido que el otro es un otro, que es igual a mí en dignidad, que tal como a mí, el buen Dios lo soñó desde siempre, que le confió una misión en la vida, entonces dejo de mirarlo como una persona. Entonces, mi religión, postura o ideología me inunda y me nubla, impidiéndome ver con claridad. Entonces son el odio y el rencor quienes me poseen e invaden toda mi alma. Son la rabia, la tristeza y la decepción, la desesperanza, la angustia y el miedo, quienes me permiten olvidar que frente a mí hay una persona que, tal como yo, también ama, también sufre, también sueña y también espera.


Invalidar nuestros sentimientos nunca es bueno. Debemos reconocerlos; solo así podremos pedirle al Padre que tome aún con más fuerza nuestros corazones y los asemeje al suyo. Solo así podremos intentar vencer en nuestras pasiones y mirar al otro con bondad, ternura y comprensión. Podremos intentar sentir como él siente, y aunque sea por un instante, mirar el mundo desde su realidad.


Esto es lo que hizo Jesús durante toda su vida. Él vio bondad y buenas intenciones donde nadie más las vio: pecadores, prostitutas, cobradores de impuestos, judíos y no judíos, extranjeros, ricos, pobres, gobernadores y pescadores (hoy podríamos decir: gobernantes, manifestantes, carabineros, estudiantes, ricos, pobres, de izquierda y de derecha, profesores y saqueadores). Jesús no distinguió según dinero, historia de vida o profesión, porque Él mira el interior, Él mira nuestra alma. Un ejemplo muy gráfico de esto lo encontramos en la mirada que dirige Jesús a Mateo. Él mismo nos relata: “Cuando se iba de allí, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo, sentado en el despacho de impuestos, y le dijo: «Sígueme.» Él se levantó y le siguió” (Mt, 9:9). Jesús vio a un hombre llamado Mateo, no vio a un cobrador de impuestos. No vio a alguien a quien solo lo movía la codicia y el dinero. Vio más profundo, vio su interioridad, sus anhelos y esperanzas. Vio en él un rastro de bondad, un fragmento del rostro del Padre. Fue una mirada tan profunda y tan distinta a las que seguramente acostumbraba a recibir Mateo, que cuando lo invitó a seguirlo, se levantó y le siguió.


Mateo fue tratado con dignidad, no fue juzgado como juzga el mundo, sino como solo lo hace Dios. Al recibir esa invitación no duda, sino que inmediatamente se levanta y lo sigue.

Es esa mirada de Jesús la que, desde la fe, quisiera pedir para mí y para Chile. Esa mirada que traspasa prejuicios y etiquetas, y que ve en todos la dignidad de hijos del Padre del Cielo. “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor, 3:16). A veces se nos olvida. A veces elijo en quienes ver a Dios y en quienes prefiero no hacerlo. Quisiera poder sufrir de igual modo los daños ocasionados a manifestantes y a carabineros, quisiera que todos los chilenos podamos vivir en un país que nos asegure desarrollo y oportunidades de crecimiento. Quisiera poder vivir más mezclados y conocernos más. Quisiera más oportunidades de contacto, para ponerle nombre y cara a quienes etiqueto con tanta crueldad. Quisiera sueldos justos, y una justicia que se aplique a todos de igual forma. Quisiera que se valore el esfuerzo y trabajo de todos. Quisiera que se pueda continuar o apoyar lo que otro empieza, sin importar su ideología, sino lo que hay de fondo en cada propuesta.


Quisiera mirar mi Chile con los ojos de María.


Quisiera poder exclamar como Ella: “No tienen vino” (Jn 2:3) y hacer notar y exigir dignidad para nuestro pueblo. Ni María ni Jesús se callaron frente a las injusticias. Anhelo de corazón la paz para mi país. Pero esta no llegará si el simbólico vino embriaga a unos pocos y escasea para muchos, quienes solo pueden mirarlo y soñarlo a distancia, en luminosos carteles o lejanos hospitales. Creo que María hoy volvería a exclamar por el vino de salud, de educación, de justicia y de dignidad. Como nos dice el profeta Isaías, “el producto de la justicia será la paz” (Is 32:17).


Anhelo la paz, profundamente. Anhelo volver a una nueva normalidad. No a la antigua normalidad; no a esa falsa normalidad que estalló, al no poder más de indignación frente a un país que pareciera no escuchar a su pueblo. Escuchémonos. Escuchemos la postura diferente a la mía, tal vez me enriquezca un poco. No nos burlemos del dolor ajeno, no juzguemos lo que es para nosotros distinto o novedoso. No nos des-humanicemos. Como dice el Papa Francisco: “en la vida no todo se resuelve con la justicia, es necesario el amor, por eso Jesús introduce en las relaciones humanas la fuerza del perdón, para que podamos amar ‘más allá de lo necesario’ y no permitir a la venganza del mal propagarse hasta asfixiar al mundo entero”. Me gusta el término “amar más allá de lo necesario”, urge en nuestro Chile actual. Deberemos esforzarnos por ir contra nuestros impulsos y amar más allá de lo necesario, más allá de los límites conocidos. Sólo así lograremos ser Patria, lograremos ser “la copia feliz del Edén”.


Quisiera terminar con un pensamiento del Papa Francisco, que manifiesta en una entrevista realizada el año 2015, y que creo que tiene vigencia en el Chile de hoy: “El capitalismo y el provecho no son diabólicos si no se les convierte en ídolos. No lo son si se mantienen como instrumentos. Si en cambio, domina la ambición desencadenada del dinero, si el bien común y la dignidad de los seres humanos pasan a un segundo o tercer plano, si el dinero y el provecho, y el provecho a todo costo se convierten en fetiches de adoración, si la codicia está en la base de nuestro sistema social y económico, entonces así nuestras sociedades corren hacia la ruina. Los hombres y la creación entera no deben estar al servicio del dinero: ¡las consecuencias de lo que puede suceder están ante los ojos de todos! (…). Se puede tratar de resolver este drama mirando solamente a lo lejos. Actuando para favorecer la paz. Trabajando concretamente para resolver las causas estructurales de la pobreza. Comprometiéndose para construir modelos de desarrollo económico que tengan en el centro al hombre y no al dinero. Trabajando para que la dignidad de cada hombre, de cada mujer, de cada niño, de cada anciano, sea siempre respetada”.


Me encanta el cambio de nombre de Plaza Italia a Plaza Dignidad. Mi lucha es la lucha por la dignidad. La dignidad del encuentro diario y el trato cotidiano, la dignidad de los diálogos en redes sociales, la dignidad al tener la certeza de que el otro merece el mismo trato que yo misma, mi hermano o mi hija. Es por esta dignidad que depende de mí, pero también por la dignidad que menciona el Papa, la de un modelo económico que tenga en el centro a las personas.


A veces se necesita poco para restaurar la esperanza: basta detenerse, sonreír, escuchar.  Por un día, dejamos de lado las estadísticas; los pobres no son números a los que apelar para presumir de obras y proyectos; los pobres son personas” (Papa Francisco, 2019).

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