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Crucificadas: Entre el dolor y la mística

Por: Fray Víctor Treminio, OFM


La palabra mística ha sido la denominada para definir lo indefinible. Podemos entender que la mística nos refiere al misterio. Aquello que en la vida no alcanzamos a conocer meramente con nuestra razón. La admiración o la angustia se consideran nuestras respuestas naturales ante lo desconocido, ante aquello que es necesariamente oculto a nuestros ojos, los enigmas a nuestra mirada. Nos brota admiración cuando nos llenamos de asombro, solo nace nuestra angustia cuando experimentamos dolor.


El dolor es eminentemente misterio. ¿Por qué sufre el ser humano? Y peor aún: ¿Por qué he de sufrir precisamente yo? El sufrimiento golpea nuestras sociedades contemporáneas con la misma fuerza con la que puede golpear mi vida. No podemos huir de él, sino salvo en algún mundo escondido de fantasía, pero esto no nos sería humano. Lo humano es reconocer que al salir de casa encuentro pobreza, encuentro hambre. No he ido tan lejos y noto el dolor que provoca una injusticia histórica y presente. ¿Por qué tiene existir este sufrimiento?


Siempre he creído que existen dos tipos de sufrimiento. Uno necesario y otro innecesario. El necesario, quizás sea el dolor de los campesinos al trabajar la tierra. El esfuerzo que brota del sudor de los brazos esforzados para poder saborear el fruto de la tierra como sustento. También lo es el dolor de una madre cuando tiene que dar a luz a una hija, todo lo que esa vivencia implica. Cuántos esfuerzos indescriptibles hay en ese acontecer desconocido en el cuerpo al hombre.


Aunque todo lo anterior se da todos los días, el segundo tipo de sufrimiento me parece mucho más común. El sufrimiento innecesario es el que brota de la arbitrariedad irrespetuosa del propio ser humano. Aquel que violenta y no reconoce la altísima dignidad de un rostro semejante al suyo. Muchos de estos rostros son de muchas maneras femeninos. Cuánto dolor, que no necesitaba configurarse como tal, ahora nos habita desde nuestros hogares hasta nuestras calles, desde los centros de estudio hasta los centros de trabajo. Ellas: invisibilizadas, golpeadas, asesinadas, al igual que Cristo, también las encontramos crucificadas. Tristemente, van traicionadas hasta por quienes han pretendido amarlas. Muchas mujeres abrazan lo que ya se había dicho en la Sagrada Escritura:


«Aun mi íntimo amigo en quien yo confiaba,
el que de mi pan comía,
contra mí ha levantado su talón» (Sal. 41, 9).

A ellas, el dolor les habita en sus heridas y a otros la indiferencia les habita la ceguera. Los Judas Iscariotes nos abundan más que los José obreros. La carne herida de las hermanas ha de despertar la conciencia de quienes siguen guardando silencio, cómplices patriarcales del sistema-mundo, experto gestor de la muerte. En las cegueras no hay misterio, tan solo negación de la perspectiva de vida.


En cambio, en el misterio aun hay caminos a la vista. Todo dolor conlleva una herida y toda herida es historia. La historia y el tiempo son grandes médicos que convierten las heridas en cicatrices. Las cicatrices son palabras escritas en la piel, en el alma, en la memoria. Ellas también son palabra hecha carne, en ellas también nos habita el Verbo. Hay que dejar que nos hable y nos lleve a donde hay otras heridas que todavía necesitan sanar. No solo las mías, ni solo las de los míos, sino las heridas contaminadas de la creación entera que gime y grita como dolores de parto (cfr. Rom. 8, 22), pero que a lo mejor son sufrimientos innecesarios.


Entonces entendemos que solo en la mística del dolor hay mística de sanación. Sanar y salvar siempre son sinónimos en el amor. Solo el amor se compromete a sanar y solo el verdadero amor salva. Decía el doctor sutil de los franciscanos, el beato Duns Escoto, que el amor siempre es eminentemente praxis, por eso es que San Ignacio de Loyola no dudaba en afirmar que el amor se ha de poner más en obras que en las palabras.


Cuando detenemos la espiral de la violencia, traducimos el amor. Cuando denunciamos nuestras desaparecidas, traducimos el amor. Cuando no toleramos lo intolerable: la misoginia, el rechazo, el desprecio a la mujer, también traducimos el amor en acción. Luchar por la justicia social y el bien común son las formas más nobles del amor. Solo las supera la Misericordia, que es también la plenitud de la justicia. Todo ello solo es posible haciendo el amor: haciendo obra el amor.


El amor nos permite ver que la mística del dolor entrelaza nuestras historias personales y colectivas. El amor nos invita a confiar que, mujeres y hombres, crucificadas nuestras vidas con Cristo, resucitarán también con Él. El amor es una caricia en los sufrimientos y nos invita a sanar a su tiempo. Las crucificadas tienen esperanza, es tiempo de liberación para ellas. ¿Los hombres hemos de temer sus fuerzas? Solo aquellos que quieren dominar. Los demás nos uniremos a la fiesta. El dolor y la cruz no tienen la última palabra, sino la Palabra hecha ternura y justicia: Jesús de Nazaret. Palabra crucificada.