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La Iglesia: ¿es para todos?

Por: Cristian González, estudiante de pedagogía en religión católica.


Nuestra Iglesia hoy tiene desafíos importantes a los que responder en la sociedad – más bien deudas - y no son temas doctrinales o morales de los que debe preocuparse. Mas bien, debería estar orientada en cómo acoger e integrar a las personas homosexuales en su práctica y quehacer eclesial. El Papa Francisco en el número 250 de Amoris Laetitia nos recuerda: “toda persona, independiente de su condición sexual, ha de ser respetada en su dignidad y acogida con respeto”.


Constantemente el Evangelio nos relata acerca de los encuentros de Jesús con diferentes personas: la mujer samaritana, la adultera, el recaudador de impuestos, los pescadores, entre otros. Esta vez quiero enfocarme en el encuentro de Jesús con Mateo. El Evangelio nos dice que en la mesa había un recaudador de impuestos, odiados en aquella época, porque abusaban de su poder para enriquecerse a costa de los que menos tenían. Jesús lo mira y le dice: “sígueme”, en ese simple gesto el Maestro le hace sentir toda su confianza a Mateo.


Jesús nos comparte un mensaje de amor y acogida. No un mensaje de pureza doctrinal o moral. Jesús quiere que lo sigamos de corazón y respondiendo humildemente desde nuestra propia historia de vida ¿eso que significa? Que, desde nuestras carencias emocionales, heridas y cicatrices tenemos que dar una respuesta al Señor. Jesús a Mateo no le pide nada, solo le hace una invitación generosa y gratuita: “sígueme”.


El mensaje de Jesús es duro porque nos invita a salir de nuestra zona de confort, nos invita a movilizarnos por su causa, nos llama a la construcción del Reino. Ese Reino por el que entrego su vida en la cruz y donde todos tienen cabida: las prostitutas, los migrantes, los enfermos, los pecadores, los homosexuales, los abusadores, divorciados y los que no son capaces de cumplir con las cargas pesadas que exigen los actuales maestros de la ley. Todos hemos sido llamados.


¿Por qué la Iglesia parece ser diferente? ¿Por qué parece que hay que cumplir ciertos requisitos para formar parte de ella? ¿A quiénes queremos dejar fuera? ¿Qué nos atemoriza? ¿Lo diferente, lo desconocido? Son preguntas que nos pueden orientar en la reflexión acerca de qué tipo de Iglesia tenemos o queremos construir. La Buena Noticia no puede ser monopolio de algunos pocos.


La Iglesia tiene que ser una comunidad de puertas abiertas no una aduana - como nos recordó Francisco en su viaje apostólico a Colombia - donde todos tengan espacio para poder compartir en y desde la diferencia, aportando desde su historia de vida personal. Jesús nos presenta a un Dios-Padre de todos, no de algunos.


El 19 de septiembre en una entrevista para la Civiltà Cattolica (revista católica italiana de la Compañía de Jesús) Francisco nos dice que: “tenemos que anunciar el Evangelio en cada calle, predicando la buena noticia del Reino y curando, tambien con nuestra predicación, cada tipo de enfermedad y herida”.


El Evangelio es para todos y tiene que ser anunciado por todos. En nuestras parroquias, movimientos o pastorales participan personas homosexuales, que viven reprimiendo su sexualidad, por el miedo que sienten a la respuesta que puedan tener los otros miembros de la comunidad, una respuesta, que no condice con lo que Jesús nos muestra en el Evangelio. Y esa es la herida que tenemos que curar: pasar del rechazo a la acogida. ¿Por qué si hablamos de un Dios que es amor, las personas tienen miedo de abrir su corazón? Amar no es pecado. Jesús amó, amó hasta entregar su vida en la Cruz.


Hermano, la Iglesia no te condena.