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Construcción de comunidad y desigualdad


Por: Lucía del Villar


La sociedad en la que vivimos sufre de una dicotomía absurda y dolorosa: Mientras unos compran y gozan de una calidad de vida excelente, otros sufren diariamente pues no son capaces de ganar lo suficiente para acceder a servicios básicos. La desigualdad social es uno de los grandes desafíos de las sociedades actuales, sobre todo de nuestro país. Pues Chile, se ha ganado (desafortunadamente) el lugar entre los países más desiguales del mundo. El que unas personas se beneficien del progreso del país y otros queden excluidos sistemáticamente, es lo que hace a la desigualdad injusta y problemática. No obstante, bajo mi perspectiva la desigualdad social no es grave solamente en tanto afecta la calidad de vida de los más empobrecidos, si no que su gravedad radica en que moldea todos los ámbitos de la vida en sociedad. Desde la creación de barrios cerrados, que perpetúan cánones sociales de estigmatización y violencia, hasta la concentración del poder en elites económicas.


Sin duda es difícil abordar un tema tan amplio como la desigualdad social, ya que esta permea todo el orden social. No obstante, me gustaría comenzar por lo que me parece más grave y me toca más directamente, la segregación urbana y los estigmas sociales. Las dinámicas desiguales de nuestro país han permitido la creación de una sociedad ordenada según grupo socioeconómico, donde ciertos barrios pertenecen a ciertas personas, y por lo general no hay encuentro real y significativo entre personas de distintos contextos. Esta situación permite que millones de jóvenes como yo, se mantengan al margen de la realidad social de la mayoría de los chilenos. Lo que resulta grave de dos maneras: en primer lugar, la falta de empatía respecto a las problemáticas sociales y en segundo lugar la perpetuación de estigmas sociales que no permiten una sociedad cohesionada.


La segregación provoca que personas nazcan, crezcan y mueran en el mismo lugar, relacionándose con las mismas personas, adoptando roles determinados a su origen social. Lo que al mismo tiempo produce que algunos tengamos la suerte de nacer en círculos de privilegio y oportunidades y otros estén condenados a la marginalidad y pobreza. Esta separación perpetua los estigmas, pues el país se divide un “nosotros, y ellos”. Los que pertenecemos y los demás. Lo que trae como resultado la creación de una sociedad clasista, donde solo nos interesan los demás en tanto se parezcan a nosotros. La desigualdad es un obstáculo a la conformación de un país como comunidad, donde existe solidaridad e interés real por los problemas de todos, sin importar su origen social.


La desigualdad produce un efecto contrario a lo que nosotros como católicos deberíamos esperar lograr. Nuestra misión es construir el reino de Dios en la tierra, donde haya cabida para todos, donde nadie se sienta excluido y donde podamos tratar nuestros problemas en comunidad. Las diferencias económicas lamentablemente se traducen en diferencias sociales que no nos permiten entendernos como una comunidad junto con aquellos que vienen de diferentes contextos.


Por esta razón, es que la invitación es a, en primer lugar, salir de nuestros círculos cerrados. Conocer la realidad de nuestro país, entrar en aquellos lugares en donde la gente está abandonada. Atreverse a conocer lo radicalmente distinto.


En segundo lugar, me parece fundamental que el/la católico/a comprometido/a no se conforme nunca. Con esto me refiero a que no es suficiente entrar en lógicas asistencialistas, no es suficiente con ir a construir o misionar. Si bien, esto si genera un bien a las comunidades, es necesario que nos hagamos cargo del problema de la desigualdad como una falla estructural. Para esto, es necesario una juventud comprometida y dispuesta a colaborar en el país entrando en política y participando de organizaciones que traten de buscar soluciones reales a los problemas provocados por la desigualdad.


Finalmente, necesitamos comprometernos en la construcción de un Chile donde no exista segregación, donde seamos capaces de compartir los beneficios que se nos entregan y asegurarnos de que nadie este condenado a una vida de pobreza solamente por donde nació.