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Mujeres de Corazón

Por: Nataly Chamorro RSCJ


En el contexto actual, el hablar sobre la mujer es como imperativo y todos esperan (es mi sensación) que sea siempre algo irruptivo, revolucionario y confrontacional. Para mí, está suponiendo el preguntarme cómo, cuál es el rol que tengo o debemos tener como mujeres y mujeres creyentes en la sociedad y en la Iglesia. La respuesta que he estado pensando, desarrollando y sobre todo rezando… tiene que ver con que debemos jugárnosla por lo sencillo (entendiéndose como lo elemental, lo humilde, lo gratuito), porque es lo que construye Reino a largo plazo, y que va generando transformaciones significativas.


Pienso en las mujeres del Antiguo Testamento como las mujeres del éxodo, en Judith, Debora, Ruth, Noemí; en mujeres del Nuevo Testamento como María, Isabel, María Magdalena, la Hemorroísa, la Samaritana, la mujer cananea, Juana la mujer de Cusa; mujeres que fueron profetas, discípulas porque antes fueron llamadas, amadas, sanadas y enviadas. Esta experiencia es el primer paso (creo) que debemos hacer para vivir con libertad nuestro ser Iglesia… sentirnos cada uno/a llamados/as por Dios y amado/as como hijos/as queridos/as, únicos/as e irremplazables, sanar nuestras historias con la certeza que la Ruah (La Espíritu) acompaña nuestros procesos y que es LA que nos envía y acompaña y acompañará en nuestro quehacer en donde estemos: el colegio, en la universidad, en el trabajo, en la familia, en nuestras comunidades; y por supuesto en nuestra Iglesia. Por lo tanto, La pregunta ha hacerse es ¿me siento llamada/o, me siento amado/a por Dios, he sanado mis heridas, me siento enviado/a?


Hoy en día, las mujeres tenemos la oportunidad de mostrar el rostro amoroso, compasivo y alegre de Dios. Ese rostro del Dios Madre que ha estado en segundo plano por años, porque “¿Puede una madre olvidarse de su creatura, dejar de querer al hijo de sus entrañas? Pero, aunque ella se olvide yo no te olvidaré” (Is 49, 15); ser para otros y otras el rostro de Jesús que acompaña y camina junto a su Pueblo y al ritmo de su Pueblo, lo que como religiosas vivimos e intentamos vivir diariamente, en el quehacer cotidiano, y enseñar siempre deseando la Iglesia que queremos ser. Actualmente, tenemos la oportunidad como mujeres creyentes de aportar desde nuestra femineidad (seamos hetero u homosexuales, laicas o religiosas), desde nuestra sensibilidad de mujeres y no es lo rosadito ni flores; sino que vernos y valorarnos como hermanas en la fe (enseñar esto en la comunidad diaria) junto a tantos hombres que también quieren anunciar al Dios de Jesús, al Dios de los evangelios, trabajando juntas/os por y con los más vulnerables, haciendo y construyendo cada día un reino más justo, concretamente en acciones como informarse sobre la situación de género, organizándose y enseñar a las nuevas generaciones sobre esto, o incluso, abriendo mayores espacios de participación laical y religiosa en las obras y en las comunidades, etc.


Para finalizar, les comparto el párrafo de un documento que tenemos las RSCJ, que para mí ha cobrado mucho sentido los últimos meses, que me hace cuestionar constantemente el como continuar con este trabajo de mujeres resilientes, y que me renueva como mujer y como religiosa a seguir construyendo Reino con otros… “Como mujeres de fe, en la Iglesia, asumimos nuestra responsabilidad y queremos profundizar nuestro compromiso con el proyecto del Reino, con el mismo gozo y valentía que caracterizó a los hombres y mujeres de las primeras comunidades cristianas. Nos sentimos urgidas a reflexionar nuestra comprensión de Iglesia, los modos de situarnos en ella y nuestro sentido de pertenencia…. En este momento crucial de la historia, Jesús sigue llamándonos a ser «Mujeres de Corazón», dándonos la posibilidad de volver a escuchar el sueño de Dios para la humanidad” (Desplegar la vida… Ofrecer el don recibido, 2016).


De esta manera la invitación que queda es a ser “Mujeres de Corazón”, para construir un Reino con mayor equidad, justicia, y donde finalmente las mujeres puedan expresar y transformar desde su Fe, que al fin y al cabo, es lo que Jesús hubiera buscado en estos tiempos.

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