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100% independiente

“¡Soy 100% independiente!”. Escuchamos esa frase como un ticket de garantía en los debates, pancartas y toda la propaganda que inundó las redes sociales estos meses. En tiempos de crisis institucional y terremotos políticos varios, ser nombrado como candidata/o de esa categoría era sinónimo de poner sobre la persona una aureola brillante de idoneidad, pureza e integridad. ¿Pero independiente de qué? ¿con quiénes? Muchas veces la chapa de independiente era solo una estrategia de marketing más que partidos y movimientos políticos utilizaban por igual para llevar agua a su molino. Sin propuestas de fondo, sin un proyecto común. Solamente con la “virtud” de no pertenecer -o no decir que se pertenece- a un partido político.


Es que la figura tan popular del “llanero solitario” en las últimas elecciones y su positivo desempeño, que resultó con independientes ganando 48 de 155 escaños, fue una inequívoca muestra de la desafección y molestia de la ciudadanía con los partidos políticos tradicionales luego de años de corrupción. Es también el nacimiento de nuevas maneras de participar y aproximarse a la política, sin grandes bloques ideológicos como en el siglo XX, pero también un síntoma claro de una sociedad que se ha ido volcando cada vez más hacia la individualidad y la cultura de lo inmediato, cómodo y personalizable. La descomposición de la política tradicional y la crisis de las institucionalidades fueron catalizadores de un proceso sociológico que Zygmunt Bauman (filósofo y sociólogo polaco-británico) llama “la modernidad líquida”; este autor postula que la forma de entender el mundo y las relaciones (políticas, personales, espirituales, etc) de la sociedad contemporánea cambiaron tras la caída de los sistemas de creencia y políticos tradicionales luego del fin de la Guerra Fría. Hoy vemos que la tendencia de lo rápido y reemplazable le ha ganado a las creencias políticas, religiosas y vitales que tienden al enraizamiento, los proyectos colectivos y las relaciones duraderas. De esta manera, la ausencia de referentes validados por la sociedad, la fragmentación del tejido comunitario y las características economizantes que se le han otorgado a las personas y a la naturaleza generan un efecto de dispersión y una legítima rabia que se manifiesta más bien en pequeñas causas individuales que pueden o no conectar con otras, antes que en una voluntad de organización comunitaria y un cultivo de la propia interioridad y de un acercamiento efectivo y afectivo con las personas cercanas.


Esta falta de este acercamiento, que si bien no es definitiva y tras el 18-O vemos grandes intentos por revertirla, está muy fijada en nuestra cultura. Y es que el individualismo -sobre todo en tiempos de pandemia- ha ganado mucho terreno a través del aislamiento y el fenómeno social que significan las aplicaciones, donde ya no sólo se puede comprar en el supermercado o pedir un taxi, sino también encontrar la pareja con la que poder pasar el rato y tener ese gran dilema de qué mirar en Netflix. Contrapuesto a eso -que puede sonar un poco a caricatura- encontramos una mirada al otra/o no como una herramienta u obstáculo para llegar a un fin, sino como un otra/o que constituye parte de un sistema compartido: una persona que puede necesitar de nuestro apoyo, escucha y compromiso. Si la virtud del “no pertenecer” o de ir por fuera en nuestras relaciones e inquietudes se está transformando en hacer un scroll en la vida como lo hacemos en Instagram, entonces debemos comenzar a mirar el compromiso no como algo que nos amarra a una realidad desagradable, sino una cultura del encuentro que desborda las fronteras de la política, que nos invita a ponernos en el lugar de otras personas, a ser puentes en una sociedad de cada vez más muros y divisiones. Abrazar el compromiso implica ver a la otra y al otro como hermanos. El Papa nos escribe en Fratelli Tutti que la “cultura del encuentro significa que como pueblo nos apasiona intentar encontrarnos, buscar puntos de contacto, tender puentes, proyectar algo que incluya a todos.” (FT 216).


En tiempos que se debaten entre proyectos colectivos y el aislamiento, arriesguémonos al compromiso y construir juntas/os una sociedad encontrada que vuelva a darle sentido a nuestros sueños, esperanzas e inquietudes. Volver a encontrarnos y caminar juntas/os es imprescindible en tiempos donde la distancia social parece habernos quitado el afectarnos con y por los demás.


Por José María Jarry, pre novicio jesuita.


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