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Y si la pregunta no es ¿a dónde voy? sino ¿con quién?

María José Schultz
9 sept
4 min de lectura

La pregunta ¿a dónde voy? acompaña al ser humano desde el primer momento que toma consciencia de sí mismo, de su libertad y capacidad de elegir, y le acompañará a lo largo de la vida, pues cuando ha creído que ya ha llegado, nuevas posibilidades se le abren para seguir construyendo, anhelando, proyectando. Es la pregunta que aborda la cuestión del origen de la propia vida, su propósito y también su final último. Siendo una pregunta tan fundamental en la vida humana las Escrituras también hacen eco de las diversas respuestas que el creyente israelita y luego los discípulos de Jesús, fueron atisbando en su historia. Esos ensayos de posibles respuestas se fijaron por escrito y su registro permanece hasta hoy como unas propuestas más dentro de miles que se ofrecen al que se pregunta por el camino que debe tomar. Los relatos de la creación en el Génesis (Gn 1,1-3,24) intentan responder a la pregunta por la libertad, el origen del mal y el propósito de la existencia humana (Gn 2,15). El Éxodo revela a un Dios que se opone a la opresión, la esclavitud y vela por los pobres, mostrando de este modo un camino nuevo e inesperado hacia una tierra donde se aplique la justicia y se proteja y cuide la vida del otro, especialmente del más vulnerable (Ex 3,3-11). Los relatos de reyes y profetas de los libros históricos darán cuenta de que para gobernar y hacer el bien deseado por Dios demanda conocer su voluntad y pedir su sabiduría (1Re 3,4-15), pues los caminos para el bien y la paz no son obvios y, como Elías, muchas veces te llevan a tierras extranjeras que no estaban en el horizonte ni el plan original (1Re 17).


Job demostrará que, aunque se escoja el bien y se camine en la justicia, nada evitará el sufrimiento y el dolor porque es parte de la realidad humana, pero la fe devolverá la certeza de que Dios es nuestro defensor (Job 19,25) y camina con uno como un Buen pastor (Job 42,3; Sal 23). Los relatos de vocación de patriarcas (Gn 12,1-8), caudillos (Ex 3,3-7) y profetas (Is 6; Jr 1,4-19; Ez 3,18-21) revelan que la vida tiene un propósito, una finalidad, que Dios llama a pesar de la fragilidad, contando con los talentos propios, con la historia personal y con nuestra ignorancia y, con todo, la tarea demandada va acompañada de un don: Yhwh, el Emmanuel es un Dios que es, que está con nosotros (Is 7,14; Mt 1,23).


Como los personajes bíblicos, se puede escoger seguir ese llamado y apreciar cómo Dios va en ese mismo camino (Lc 24,13-35). Un camino que no está escrito en ninguna parte ni está planificado previamente, pero que se hace de la mano de otro que atisba el horizonte mejor que tú. Las mujeres en las historias veterotestamentarias te mostrarán que la oración, el coraje, la perseverancia siempre trae sus frutos. Sara esperó años para ser madre (Gn 18,1), Mariam llevo a todo el pueblo a celebrar y alabar las proezas de Dios a pesar de haber pasado por un mar que acechaba sus vidas (Ex 15). Rajab abrió su casa a los israelitas aunque corría el riesgo de ser juzgada por traidora por los suyos, pero lo hizo porque admiraba al Dios de Israel (Jos 2), Ana rogó al Señor por su maternidad y su hijo Samuel terminó siendo un gran profeta consagrado a Dios (1Sm 1,9-2-11); Jonás se negó a acoger el llamado de Dios hasta que se convenció que no podía hacer otra cosa y vio los frutos de su tardía fidelidad. Salmos y escritos sapienciales dejan en evidencia que el ser humano nunca sabe a ciencia cierta qué debe hacer o hacia dónde dirigir sus pasos, la incertidumbre, el miedo, las dificultades, lo difuso del horizonte futuro jamás es claro, nunca será claro (Sal 26; 32; 34; 37; Ecles 3,1-12). Sin embargo, los salmistas confirman que confiar en Dios y su presencia, buscar el bien y la justicia, reconocer al pobre, a la viuda, al huérfano y al extranjero son las pistas que Dios pone en el camino para descubrir su voluntad. La búsqueda de la propia satisfacción, del saber por mera soberbia, de la riqueza y el lujo, el atesorar sin dar, son decisiones que también trazan una senda, pero una vez más los relatos bíblicos nos recuerdan que por ahí no está el Señor (Eclo 5). 


Finalmente, en la plenitud de los tiempos con la encarnación del Hijo de Dios, Jesús, de forma definitiva se revela a la humanidad el modo de ser hijos de un Padre que sueña con la plenitud de cada una de sus criaturas. Y su Hijo, en su modo de ser y estar revela cómo buscar esa vida en abundancia cotidianamente (Mt 5-7). Pero una vez más, no se trata de un camino de rosas. Lo mataron cruelmente por sus opciones, por los senderos que transitó y por las personas a las que amó y se puso al servicio (Mc 14-15). De ahí la pregunta tan radical a sus discípulos si están dispuestos a beber de su copa, si están dispuestos a correr su suerte. 


La oración, como bien lo dicen las Escrituras, no dirá qué camino tomar, pero sí con quiénes se puede hacer camino, en quién confiar, a quiénes servir y cómo puede transitarse, el dónde siempre será difuso porque se construye. El futuro se desarrolla desde la incipiente semilla de mostaza (Mc 4), si se cuida como lo hace el buen sembrador será grande y dará mucho fruto, pero nadie podrá anticipar cuantas pestes tendrá que evitar, de cuántas sequías tendrá que salvarla, o qué pájaros vendrán a robar la semilla antes de que germine. Saber que debes cuidarla, protegerla y esperar que mientras duermes o te levantas Dios es quien vela por ella y la hace crecer, es el camino. Nadie sabe a dónde va realmente dicho sendero, pero es posible definir desde muy pronto cómo quieres caminar y qué persona quieres llegar a ser para ti misma, para Dios y para los demás mientras lo transitas si escoges un modelo de humanidad que oriente tus pasos.

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