Identidad y vocación: un camino hacia el Misterio
- Hernán Rojas SJ
- 22 jun
- 4 min de lectura
“Soy agua, playa, cielo, casa blanca.
Soy mar Atlántico, viento y América.
Soy un montón de cosas santas
mezclado con cosas humanas.
¿Cómo te explico? Cosas mundanas.”
La identidad personal se ha vuelto problemática en culturas que acentúan las posibilidades de cada persona de elegir entre incontables opciones disponibles en el mercado. Al mismo tiempo, a veces parece que se ha vuelto una imagen que posicionar en las redes sociales, una bandera que defender en las calles y una construcción amenazada desde fuera e incierta desde dentro. Vivimos las preguntas por la identidad con ansiedad y temor.
Como ante tantas cosas, también aquí el cristianismo dice: “No temas”.
El ser humano es un misterio. Tú mismo, tú misma, eres un misterio. Y lo eres porque la orientación última de tu existencia es el Misterio de Dios, que no se deja reducir en un nombre ni concepto, que se manifiesta como el que está siempre con nosotros (Éx 3, 14), que no tiene que defender su ser, que no amenaza nuestra existencia, sino que la sostiene en su amor (Sab 11, 24-26).
El dominico Timothy Radcliffe escribe: “Quiénes somos, nuestra más profunda identidad, la descubrimos respondiendo a alguien que nos llama por nuestro nombre.”[1] A veces pensamos la identidad como un núcleo escondido en nuestro interior que tenemos que descubrir. Otras, pensamos que la identidad es algo que tenemos que construir personalmente, a punta de golpes, como una estatua que se esculpe a sí misma. Otras veces, nos imaginamos que llegará repentinamente un llamado de Dios que bastará con seguir sin dudar. Las tres imágenes son insuficientes. Nuestra vocación se va recibiendo y construyendo a la vez: en la teología se habla de cómo la gracia de Dios y nuestra libertad humana se entrecruzan de una manera que no es posible distinguir con la precisión de un bisturí. Nuestra identidad se va modelando progresivamente, como la semilla que crece de día y de noche, sin que sepamos cómo (Mc 4, 26-28). Nuestra vocación e identidad es un camino en el que, a veces sin saberlo, vamos conversando con Jesús (Lc 24, 13-35).
Aspiramos a una identidad que sea como un aglutinador de todas las dimensiones de nuestra vida. Buscamos coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos, nuestro trabajo, nuestros sueños y proyectos, nuestro modo de relacionarnos con otros, nuestra manera de vivir. Queremos un centro. Y experimentamos nuestra propia pluralidad interna: soy muchos/as a la vez, no termino de ser coherente. Como en la canción, soy un montón de cosas santas y cosas humanas. El teólogo jesuita Karl Rahner dice que el ser humano es “esencialmente plural”, porque es creatura y no el Creador. El ser humano puede aceptar sin temor y con paciencia su propio pluralismo irreductible[2]. Puedo abrazar y amar mi pluralidad interna sin temor, porque sé que Dios es el origen de toda esa diversidad: “todas mis fuentes están en ti, ciudad de Dios” (Sal 87, 7).
Queremos un centro para nuestra vida y queremos amar la diversidad que nos habita. Si miramos a Jesús, vemos a un hombre con una misión que da forma y centro a su vida: el anuncio del Reino de Dios. Pero vemos también a un hombre que sabe descansar y reír, celebrar y tener amigos. Vive para su misión, pero se deja interpelar por su contexto y por otras personas, como esa mujer que lo obligó a repensar lo que entendía como tal misión (Mt 15, 21-28). Buscamos una identidad a la vez confiada y flexible, sin rigidez y sin disolución.
Hace algunos años, cuando todavía se escribían cartas, una joven de 19 años escribió al teólogo jesuita Karl Rahner, diciéndole que todavía estaba “buscando su identidad”. La respuesta de Rahner quizás la desconcertó en un primer momento:
“Dices que todavía andas buscando tu identidad. Confieso honradamente que yo no sé muy bien en qué consiste eso, porque uno no llega a conocerse verdaderamente del todo hasta el final de su vida, y sólo alcanza realmente la identidad consigo mismo cuando, con todo lo que desconoce de sí, con todas sus contradicciones, se entrega confiadamente a Dios, que, como dice la Escritura, es en realidad el único que conoce nuestro corazón.”[3]
Estamos en camino. La propia identidad, lo que hemos hecho de nuestra vida y lo que Dios ha hecho en ella, se nos revelará en la muerte. El misterio de nuestra vida, la coherencia de nuestra pluralidad y el sentido de nuestro camino no está en nuestra manos, sino en las manos del Padre de Jesús, que es nuestro Padre (Jn 20, 17). Dios es el Señor de mi vida, la fuente de todas mis fuentes, el origen y destino de todos mis caminos.
¿Ganas de más?
Rojas, H. “Dinámica vocacional de los Ejercicios Espirituales.” Perspectiva teológica 55/2, 451-468. https://www.faje.edu.br/periodicos/index.php/perspectiva/article/view/5159/5062
Rojas, H. – González, L. – Acuña, N. “Identidad y vocación: exploraciones para un diálogo interdisciplinar entre psicología y teología.” Escritos 34/72, 1-26. https://revistas.upb.edu.co/index.php/escritos/es/article/view/psicologia-teologia-identidad-vocacion/psicologia-teologia-identidad-vocacion
[1] T. Radcliffe, “Carta a nuestros frailes y hermanas en formación inicial”, 4. https://www.dominicos.org/media/uploads/recursos/documentos/1999-02-13_carta_a_nuestros_frailes_y_hermanas_en_formaci%C3%B3n_inicial_radcliffe.pdf
[2] K. Rahner, “Espiritualidad antigua y actual”, Escritos de Teología VII (Taurus 1967), 27.
[3] K. Rahner, Tengo un problema (Sal Terrae 1984), 21.




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