¿De dónde vengo?

Toda historia tiene un origen
Muchas cosas no las elegimos. No elegimos la familia en que nacimos, el país, el barrio, el tiempo histórico. No elegimos el cuerpo que somos, ni el idioma en que empezamos a pensar, ni los dolores enquistados antes de los recuerdos. Y sin embargo, todo eso nos constituye. ¿De dónde vengo? es quizás la pregunta más incómoda de las que hemos hecho en el último tiempo, porque nos enfrenta de lleno con lo que no controlamos. Y si hay algo que nos cuesta, es exactamente eso.
Como país no somos la excepción: nos cuesta meternos de verdad en la pregunta por nuestra historia. No solo por visiones contrapuestas, sino por el miedo a que algo de ella nos salpique. No te quedes pegado en el pasado, nos dicen. Hay que mirar para adelante. Es más fácil hacer borrón y cuenta nueva, reseteando la historia cada vez que nos incomoda. Pero, ¿es eso posible? ¿No incuba ese “olvido” un germen destructivo? San Ireneo de Lyon responde con precisión quirúrgica: “No se redime lo que no se asume.”
Otros no evaden la pregunta, pero la simplifican. La historia se vuelve un trauma que superar. El origen, una etiqueta que justifica mis puntos de vista. El pasado, una sombra que decide quién debo ser. ¿Te suena? Ninguna de esas lecturas se toma en serio lo que realmente implica venir de algún lugar. Todas reducen el origen a algo manejable. Controlable. Y lo que no entra en el molde, se descarta.
La tradición cristiana, en cambio, no esquiva ni facilita la pregunta. Porque su respuesta de fondo es una sola: somos creados por Dios. De ahí venimos. No somos accidentes ni productos del azar: somos amados, pensados, llamados a existir. “Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía” (Jr 1,5). Ser criatura, lejos de quitarnos autonomía o predefinirnos, nos funda. Nos dice que hay algo en nosotros que ninguna cultura ni ningún algoritmo puede definir del todo. Somos únicos, porque estamos ligados originariamente a nuestro Creador. ¿Te das cuenta de eso? Creador y criatura unidos por un lazo eterno de amor.
Jesús nos reveló esto. Con su vida, muerte y resurrección, nos hizo saber que vamos hacia el Padre porque venimos de Él. ¡Somos sus hijos! Toda la vida de la Iglesia supone reconocer esa condición, creerla y vivirla. Así, el origen y la historia no son un punto inmóvil en una línea de tiempo. Son un puente: entre lo que recibo de Dios y lo que hago con ello, ofreciéndolo nuevamente a Él. El amor – dice San Ignacio- consiste en comunicación de las dos partes, es a saber, en dar y comunicar el amante al amado de lo que tiene o puede, y así por el contrario el amado al amante [EE 231]. Preguntarse, entonces, de dónde vengo, es reconocer que existe una fuente anterior a nosotros, que nos sostiene, impulsa e invita. Sólo desde ahí podremos responder quiénes somos y adónde vamos.

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