Catequesis: ¿De dónde vengo?
«El pájaro que no reconoce su nido no sabe hacia dónde va». Lo dice un proverbio africano, y tiene razón, si buscas saber hacia dónde quieres ir, necesitas conocer —y reconocer— de dónde vienes. Y esto no es tan fácil. Como el de los pájaros, nuestro nido suele estar escondido en un bosque tupido, entre ramas que lo ocultan y, al mismo tiempo, lo protegen de las aves de rapiña. Y además es un nido hecho de muchas piezas diferentes y a ratos divergentes…
Vengo de una familia, y las familias casi siempre cargan dichas y quebrantos. Vengo de una Iglesia que tiene en su seno gente maravillosa, pero que camina hoy humillada por sus propias faltas e incluso crímenes. Vengo de un país joven, lleno de contradicciones, de una tierra hermosa, pero amenazada de estar perdiendo el alma. Nuestro origen no es puro ni perfecto. Tiene grietas y fisuras. Y gracias a Dios que las tiene, porque si así no fuera, la gracia no podría colarse por esos entresijos.
Lo sorprendente es que el origen de Jesús también las tiene. El Evangelio de Mateo empieza con su árbol genealógico y no esconde nada. Vemos a Tamar, que consiguió su descendencia con engaño; Rahab, una prostituta de Jericó; Rut, una extranjera; y «la mujer de Urías», que recuerda el adulterio y el crimen del rey David (Mt 1,1-17). Dios no buscó una familia impecable para nacer. Entró en la historia por sus grietas para mostrarnos su amor reparador. Y eso mismo quiere hacer contigo y conmigo, hacer casa en nuestra historia real —no en la que nos gustaría tener— para sanarnos desde ahí y mostrarnos cuál es el próximo paso que tenemos que dar.
Desde 2014 hago en la universidad un curso que se llama ¿Creer o no creer?, como un eco del famoso «¿ser o no ser?» de Shakespeare. La idea que lo atraviesa es simple, pero toca el nervio de la existencia: creer me hace ser más yo. Lo más auténtico de quien soy tiene que ver con mi capacidad de confiar. Creer no es repetir ideas. Es pararse en el mundo desde la confianza en una verdad que me salió al encuentro, que me tocó por dentro y sin la cual ya no puedo vivir igual. Una verdad que me permite respirar, que me abre el horizonte y me da fuerzas para seguir caminando. ¿Y cuál es esa verdad? Que no estás aquí por casualidad. Que eres creatura amada, alguien querido/a incondicionalmente, antes del mérito y el esfuerzo.
El profeta Isaías lo dice así: «Ahora, así dice el Señor, el que te creó, Jacob, el que te formó, Israel: No temas, que yo te he redimido; te he llamado por tu nombre: tú eres mío» (Is 43,1).
Creer es confiar en que vengo del amor. Que en la base de tu vida hay una bondad más honda que cualquier herida, incluso las que dejan el abandono o el rechazo. Las heridas son reales; nadie te pide que las niegues. Pero no son la primera palabra sobre ti. La primera palabra es tu nombre, pronunciado con cariño por Otro. Ningún camino espiritual puede saltarse la batalla de atreverse a confiar en un Dios que es amor y que va haciendo suya nuestra historia, reparando lo que se rompió con hilos de ternura. Un Dios que da fruto en ti incluso cuando todavía no ves la flor, como la higuera, que esconde sus flores dentro del fruto. Isaías continúa diciendo «Si pasas por las aguas, yo estoy contigo; si por los ríos, no te arrastrarán; si pasas por el fuego, no te quemarás» (Is 43,2). Fíjate bien, Él no promete que no habrá agua ni fuego. Promete que no estarás solo.
Pertenecer es tener raíces en una comunidad, en un cuerpo, en una tradición. Es reconocer que tu nido no lo construiste tú; te fue regalado, con sus ramas chuecas y su abrigo. Esa tradición —con sus luces y sus sombras— es también el lugar donde alguien te enseñó a rezar, a creer, a esperar. Y la fe tiene muchos acentos distintos y polifónicos. La voz de tus abuelos, las de tus padres, la de tus tíos, la de tus amigos, la de una Palabra que te interpela, la de los rostros que te han llamado por tu nombre con amor.
Conocer el nido sirve para saber hacia dónde volar. No se trata de volver atrás, como Odiseo regresando a su Ítaca, buscando un origen perfecto que nunca existió. Se trata de emprender tu propio vuelo, un camino marcado por tu nido, pero no encerrado en él. Lo que recibiste te condiciona; no te determina.
Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen
Dios.
Nadie va a recorrer tu ruta por ti. Es tuya, como es tuyo el nombre con que fuiste llamado. Pero no la caminas solo. Vienes de un nido herido y amado. Vienes, antes que nada, de una Palabra que te dijo “tú eres mío”. Desde ahí puedes volar.
Para seguir pensando
• ¿Cuáles son las «ramas» de mi nido: mi familia, mi barrio, mi fe, mi país? ¿Qué agradezco de cada una?
• ¿Qué grieta de mi historia me cuesta mirar? ¿Puedo imaginar a Dios entrando por ahí?
• ¿Quién me ha llamado por mi nombre con amor?
• ¿Hacia dónde siento que quiero volar?




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