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Pandemia y economía: la salida es en común.

Por: José María Jarry, Pre-novicio jesuita.


Me cambié de barrio, y la verdad es que la sensación de desamparo es palpable y las insuficientes y escasas medidas estatales para paliar la pobreza, donde abunda la “letra chica” trunca las esperanzas de miles de familias.


Mientras las esperanzas se achican, las filas en la olla común crecen. Entre la incertidumbre, el miedo y la rabia se desencadena también todo el amor que llevamos dentro. La salida del túnel es en común; salieron las bolsas de trabajo, las redes de solidaridad barriales y toda la belleza de un amor tan profundo, pero a la vez crudo y urgente. Ese amor, que se ve en la olla común en donde vecinas y vecinos donan de lo que no les sobra para que nadie se quede un día sin un plato de comida, es un amor que con dolor no hemos visto en cómo se toman las decisiones y las políticas económicas desde la institucionalidad.


Me pesa la pregunta ¿es desconocimiento o desinterés? Me da rabia, aprieto los puños. Rezo. Me da pena.


El aumento de la precariedad laboral y la vulneración de miles de personas es un hecho que no solamente se constata en gráficos de estudios de organismos internacionales, sino caminando por el barrio, conversando desde la reja con la vecina, escuchando la música fuerte de familias que tratan de distraer el encierro con los últimos hits que puntean en las listas.


San Alberto Hurtado decía: “Que los detalles para dignificar al pobre sean lo más importante; que Cristo tenga menos hambre, menos sed, que esté más cubierto gracias a ustedes. Sí, que Cristo ande menos ‘pililo’, puesto que el pobre es Cristo.” ¿Cómo mejoramos las leyes y las estructuras injustas? ¿Cómo hacemos que Cristo que es nuestra gente tenga menos hambre y menos sed? Un cambio en la seguridad social y en el modelo de crecimiento económico se hace urgente entre tanta desesperanza. En este proceso constituyente, donde estamos prontos a decidir entre todas y todos un nuevo pacto social, viene bien hacer materia los sueños de un Estado que se parezca más a una olla común que a un edificio de acero y cristal.


Pensar en medidas, no desde si es que estas hacen más o menos productivas a las personas, sino cómo cambian las condiciones de sus vidas de manera amplia y teniendo en el centro siempre la dignidad. Las instituciones no pueden estar desligadas de la comunidad, lo que pasa en el barrio no puede estar ajeno de lo que pasa en las salas donde se diseñan las políticas sociales para la gente.


Esto que parece utopía es en realidad una situación que exige nuestro trabajo. La tecnocracia que por tantos años ha empapado las políticas públicas no está dando el ancho para hacerle frente a la crisis social y sanitaria que ha generado el COVID-19. Idear una economía y Estado desde la solidaridad con amor profundo y no a partir la frialdad subsidiaria, es un camino que necesariamente debemos comenzar a transitar como sociedad para lograr que la calidad de vida de todas/os, con el foco de quienes sufren en carne propia las consecuencias de modelos centrados en el crecimiento económico y no en el desarrollo integral de nuestra gran comunidad, que es el país donde habitamos. Se hace necesario pensar en medidas que den alivio a las personas, con políticas que abracen el sufrimiento con atención al cuidado de los derechos humanos y del diario vivir miles de familias.

Si por estos días estamos hablando de la necesidad de que el Estado sea comprendido desde un paradigma solidario, algunas medidas que se proponen como la renta básica universal o modificaciones tributarias son pistas a las que seguirles el paso y abrir la discusión para que la resolución de los problemas económicos sea en común, escuchando a las comunidades con sus necesidades y no solamente considerando criterios utilitarios.

Hoy no es poesía decir que diseñar políticas públicas con amor y escucha es algo que puede hacer la diferencia.


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