La gracia de ser acompañad@
- Paula Torres ACI

- 13 jul
- 3 min de lectura
Soy santiaguina de toda la vida. Un día salí del metro y me desorienté: los edificios eran tan altos que no veía la cordillera, y al ser casi mediodía el sol tampoco me servía de guía. Me sentí confundida, perdida… me quedé un rato mirando en todas las direcciones. Yo sabía que había una avenida cerca, pero no sabía hacia dónde estaba; llegando a esa avenida me ubicaría. Hasta que vi a una trabajadora del Transantiago en un paradero. Me dio confianza preguntarle, y con esa simple indicación pude volver a ubicarme.
Eso mismo pasa con la vida. A veces, las referencias que siempre nos orientaron no son suficientes, y necesitamos a alguien que, con sencillez, nos ayude a mirar y a encontrar aquello que estaba ahí, pero que no sabíamos descifrar. Ese es el corazón del acompañamiento espiritual.
El acompañamiento espiritual no es dar respuestas ni decirte qué camino seguir. Tampoco es terapia ni consejo de vida en el sentido tradicional. Es, más bien, una presencia que escucha, acompaña y ayuda a mirar dentro de ti mismo, para que descubras y nombres lo que de verdad sientes, quieres y necesitas. Es alguien que camina contigo, a tu lado, a tu ritmo, no delante de ti.
En ocasiones tenemos mil ideas en la cabeza, y les damos vuelta una y otra vez. El acompañamiento te da la posibilidad de verbalizar aquello que está dentro: al ponerlo en palabras, lo formulas, te escuchas… y muchas veces eso ya es una ganancia.
A veces pensamos que debemos resolver todo a solas, pero conversar periódicamente con un/a acompañante espiritual (por ejemplo, una vez al mes, durante una hora) nos ayuda a poner en palabras lo que sentimos, a ordenar nuestras ideas y a encontrar claridad. Esto se da a través de la escucha profunda, de preguntas, de reflejos que el o la acompañante te puede ofrecer.
Y no olvidemos que es un acompañamiento con apellido: “espiritual”. Lo que buscamos descifrar es “lo de Dios en nosotros/as”. Dios se comunica, pero en medio de tantas voces, a veces no sabemos identificar SU VOZ.
Para muchos jóvenes hoy, que enfrentan decisiones constantes —estudios, trabajo, relaciones, identidad— este acompañamiento puede ser un buen espacio y una oportunidad. No es un lujo, ni un “lujo espiritual” reservado para unos pocos; es una ayuda que surge cuando uno se abre a recibirla, cuando se da cuenta de que hablar, escuchar y reflexionar con alguien de confianza puede hacer que el camino, antes confuso, empiece a tener sentido. Que puedo vivir más en coherencia con los criterios de Jesús y su Reino.
¿Quiénes realizan este servicio? Laicos/as, religiosas/os, sacerdotes que hayan recibido formación adecuada para este ministerio.
Volviendo a mi historia: la simple indicación de aquella persona en el paradero no me resolvió la vida, pero me permitió volver a orientarme. El acompañamiento espiritual funciona de la misma manera: no toma las decisiones por ti, no te dice lo que debes hacer… te permite encontrarte con lo de Dios que habita en ti, sentirte menos sola/o y más consciente de los pasos que das.
En un mundo donde todo parece urgente y confuso, donde nos comunicamos constantemente pero, muchas veces, sin profundidad… buscar acompañamiento espiritual es abrir un espacio para mirar, escuchar y descubrir, acompañado por alguien que simplemente está ahí para ayudarte a ver. Y, a veces, eso es todo lo que necesitamos para volver a orientarnos.




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