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Elegir a Dios

Actualizado: 4 de sep de 2018

Por: Karina O'Ryan, Coordinadora Red Juvenil Ignaciana Arica


Discernimiento se asocia inmediatamente a elección, palabra que a todos los jóvenes nos causa ansiedad y temor. Una cosa o la otra, con el vértigo de no equivocarse. Discernir puede entenderse como la habilidad de juzgar y escoger entre muchas opciones en un momento determinado.


En el camino recorrido fui aprendiendo y desaprendiendo estos conceptos de discernimiento, para llegar a lo que siento y les comparto hoy. Una vez tuve una gran incertidumbre: la elección de seguir en la carrera que ya estaba estudiando o cambiarme a otra. Nublada por la inseguridad y sumida en la desolación hubo quien generosamente se paró frente a mí y me ayudó a mirar con distancia: a mí misma, a la situación, el camino avanzado y así, tomar una decisión.


No supe que eso había sido un proceso de discernimiento hasta años después en que, ahondando en la espiritualidad ignaciana, fui aprendiendo sobre las reglas y pasos de discernimiento. Confieso que me quedé con la idea que discernir se trataba de afrontar las grandes decisiones vitales, como la vocación o la profesión, pero en el día a día también van apareciendo pequeñas decisiones que tomar, las que de no ser miradas con distancia y detenimiento, como parte de un camino, pueden desembocar en muchas rutas confusas y sin sentido.


La vida confusa y sin sentido es uno de los grandes males que nos atacan a los jóvenes. La inmediatez de la vida, la presión de los estudios o trabajo y la infinidad de posibilidades a las que podemos optar, que significan sobrecarga de actividades hacen que la vida vaya rápido y detenernos a mirar la vida con distancia puede parecer una pérdida de tiempo. Corremos el riesgo de encapsular nuestro discernimiento a un fin de semana de ejercicios al año o para las grandes decisiones si no entendemos que discernir es un proceso que no acaba en la elección: es también caminar con firmeza por el camino mostrado por el Señor.

Discernir ha sido aprender que Dios tiene un sueño para mí, que su Voluntad es mi felicidad y la de todos, lo que se expresa día a día en la vida que nos regala. Discernir por tanto es, la búsqueda constante de Su Voluntad en cada uno de mis sentimientos, pensamientos y acciones, que se traduce en felicidad real, vital, profunda y duradera.


Encontrar la felicidad que permanece en la vida diaria tiene que ver con escoger aquello que nos acerca más a Dios en todo ámbito. En mi caso eso ha significado aprender a ser honesta en las relaciones, tener coraje para cortar aquello hace daño o no inspira felicidad. Porque Dios me quiere feliz. Asumir que hay momentos de estudio que son difíciles, de fracaso y dolor, pero necesarios, para en un futuro hacer de la profesión un aporte para el mundo, en mi caso, para las personas migrantes. Porque en el servicio soy feliz. Toca elegir ser ese aporte antes que el exitismo vano y los lujos. Porque en lo simple y auténtico soy feliz.


Siento que hay una primera gran elección que hay que hacer, que es la que marca el futuro y nos aliviana la carga al momento de optar en el día a día: Hay que elegir a Dios, elegir que viva en mi Vida, en todas sus dimensiones. Aprender que la Felicidad y Plenitud es su plan para mí y cada vez que tome una decisión, deba apuntar hacia ese horizonte. Así, encontrando sintonía con los deseos de Dios, sabremos dónde queremos estar, a quienes queremos servir, dónde queremos poner nuestros esfuerzos y nuestro amor.


Yo nos invitaría, poco a poco a ir revisando la propia historia y descubrir qué tanto hemos dejado que Dios viva en sus propias vidas. Y sobre todo, qué tanto hemos ido haciendo propia la elección de Dios: nuestra Felicidad.


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