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El Evangelio de hoy (Lc 22, 7. 14—23, 56) corresponde a un relato de la Pasión de Jesús, desde la última cena con los apóstoles, pasando por la oración en el monte de los Olivos, la traición de Judas, el apresamiento, su comparecencia ante el consejo de ancianos, Pilato y Herodes, la condena, el camino de la cruz, la crucifixión y agonía en el Gólgota, la muerte y la sepultación. Un elemento clave que ayuda a entender toda la secuencia es el reconocimiento que hace el centurión romano, al morir Jesús, sobre su identidad: “realmente este hombre era un justo” (Lc 23, 47), es decir, un hombre bueno y que cumplía la voluntad de Dios. Pero esa justicia no lo eximió del sufrimiento ni la muerte. Sin embargo, es la que le da sentido a toda su vida.

Nunca hay que dejar de insistir en que la razón de la muerte de Jesús, más allá de las coyunturas históricas y de las “responsabilidades penales”, es el amor infinito e incomprensible de Dios por nosotros, que sin que lo merezcamos, envió al mundo a su único Hijo para salvarnos, es decir, para acercarse y hacernos parte suya. La muerte cruenta de Jesús no es el resultado de un hecho puntual, sino la consecuencia -tanto en el sentido de efecto como de coherencia- de toda su vida y del compromiso existencial con su misión liberadora.


Todo esto nos habla del Reino, ya que la fraternidad radical que consolida Jesús es un llamado para que todas y todos nosotros vivamos como Él: humildes, abiertos a la novedad de Dios, acogiendo a los demás con amor y sin el látigo del desprecio, como artesanos de la paz (Fratelli Tutti N° 231), sin odio ni ánimos de venganza, pero con una sed insaciable de justicia y un desvelo por la misericordia, que es el verdadero rostro de Dios.

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Por José Manuel Cruz SJ

“De la pasión del Señor”